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La independencia de Puerto Rico


LOS INTENTOS INDEPENDENTISTAS.
La nacionalidad puertorriqueña ya estaba bien definida hacia fines del siglo XVIII, y Puerto Rico, al igual que las demás colonias españolas de América, tuvo sus trajines independentistas contra la metrópoli española… y sus mártires. En un principio, la repercusión que tuvo en Puerto Rico la emancipación de las colonias españolas de América del Sur fue más bien positiva, debido a la llegada de numerosos profesionales, técnicos y comerciantes que habían emigrado de los países recién liberados, llevando a San Juan un grado visible de prosperidad. Sin embargo, era inevitable que la idea de un Puerto Rico independiente germinara en las mentes de los intelectuales y patricios del país. A esto se unió el descontento que produjo en 1825 la concesión por la Corona española de facultades omnímodas a los gobemadores españoles de la Isla, a la que siguió en 1837 la promulgación de una nueva constitución en la Península que negaba a Puerto Rico, Cuba y Filipinas representación ante las Cortes de Madrid. De este modo, los puertorriqueños que trataban de lograr dentro del marco colonial español las reformas administrativas tan necesarias, vieron cerradas todas las posibilidades de reforma. Esto robusteció la ¡dea que pretendía romper totalmente los vínculos con España: el separatismo.
En los años 1835 y 1838 ocurrieron dos intentonas revolucionarias que tuvieron su centro en el regimiento de Granada, pero ambas fueron descubiertas por las autoridades españolas y sus dirigentes fueron apresados. La conspiración de 1835 sólo había tenido por objeto la restauración en Puerto Rico de la constitución liberal española de 1812. Pero la de 1838 fue de carácter francamente independentista, y produjo el primer mártir del separatismo boricua: Buenaventura Quiñones, uno de los dirigentes revolucionarios, quien fue ahorcado en su celda del Morro al poco tiempo de ser capturado.

EL GRITO DE LARES
Al comenzar el año de 1868, ya había emigrados políticos puertorriqueños, principalmente en la ciudad de Nueva York, donde habían entrado en contacto con revolucionarios cubanos. Entre aquéllos se destacaron un médico, el Dr. Ramón Emeterio Betances y un abogado, don Segundo Ruiz Belvis, contra quienes había dictado orden de arresto y destierro a España el gobernador José Marchessi, acusándolos falsamente de haber instigado en 1867 un motín de los artilleros españoles de San Juan.
Ruiz Belvis murió prematuramente en Santiago de Chile, a donde había ido en busca de apoyo para la causa independentista, y Betances quedó como alma e inspiración de la idea revolucionaria. En enero de 1868 dejó constituido en Santo Domingo el Comité Revolucionario de Puerto Rico, el cual se dedicó de inmediato a organizar juntas o delegaciones dentro de la propia Isla.

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El cementerio de San Juan


Sin duda alguna, el carácter isleño de Puerto Rico ha influido hasta en la selección del lugar donde se estableció el Cementerio de San Juan: junto al mar. Se trata de una necrópolis de franco estilo español, con sus panteones y mausoleos de mármol adornados con artísticas esculturas de temas religiosos o alegorías al descanso eterno. Las banderas indican que en esas tumbas yacen veteranos de distintas guerras, figuras prominentes o, simplemente, ciudadanos que sintieron especial amor por su tierra. Al fondo se pueden apreciar los muros del Fuerte Brooke, prolongación del Morro.

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Historia y lugares de Puerto Rico


EL VIEJO SAN JUAN.
Al fundarse, la nueva capital contaba con unas ochenta casas, de las cuales sólo dos eran de manipostería. Las demás eran de madera, y en su mayoría tenían techos de hojas de palma. A los vecinos de Caparra que la ocuparon inicialmente se unieron algunos estancieros o colonos de la región oriental de la isla, que huían de los frecuentes ataques de los indios caribes, procedentes de Barlovento, en las Antillas Menores. En total, la población inicial de San Juan fue de unos 300 habitantes, quienes pronto comenzaron a construir la primera iglesia al oeste de la isleta, mientras que los frailes dominicos levantaban en una de sus colinas un monasterio que dedicarían a Santo Tomás de Aquino. El edificio más importante, sin embargo, lo era la Casa del Rey, sede de la administración de los servicios reales, de la fundición de oro y de la aduana, la cual tenía unos 28 metros de frente por once de fondo.
Entre las calamidades que asolaron a los primeros vecinos de San Juan figuraban los constantes ataques de los indios caribes, a los que pronto se añadieron las incursiones de piratas y corsarios. Así, en 1533 se inició la fortificación de la ciudad mediante la construcción de un pequeño fuerte, primeramente, y de otro mayor, más tarde. A este último se le conoció como La Fortaleza, siendo el mismo que casi tres siglos más tarde —en 1822— sería declarado residencia oficial del gobernador de Puerto Rico, jerarquía que hoy mantiene y que ha hecho de ella la mansión ejecutiva más antigua en uso continuo en todo el hemisferio occidental.
Y por esa misma época, se construyeron también otros dos emplazamientos militares: el Ca-ñuelo y el famoso Castillo del Morro (que domina la entrada de la bahía); pero la obra de fortificación de la ciudad no se completó hasta el siglo XIX, con los fuertes de San Antonio y de San Jerónimo del Boquerón. (Este ultimo fue restaurado en 1956 por el infatigable Instituto de Cultura Puertorriqueña y convertido en Museo de Historia Militar y Naval de Puerto Rico.)

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Conociendo la perla del caribe Puerto Rico


Para uno de sus hijos más destacados, el poeta José Gautier Benítez (1851- 1880), Puerto Rico es “La Perla de los Mares”. Para Rafael Hernández (1893-1965), el inmortal compositor que recogió en su música el alma de su pueblo, es “la reina del Edén”. Para los miles de turistas que visitan anualmente sus incomparables playas, la Isla es “uno de los pocos paraísos tropicales que quedan en el mundo”. Para los economistas, “un milagro en pleno desarrollo”. Y, para los radicales sociopolíticos, “uno de los últimos baluartes del colonialismo, una sociedad que se ha vuelto culturalmente híbrida y cuya identidad nacional no parece acabar de perfilarse”.
¡Perla, reina, paraíso y milagro es Puerto Rico hoy! Y si bien es cierto que en su paisaje urbano, y especialmente en el de San Juan —su ciudad capital, que ya casi alcanza el millón de habitantes—, se nota la huella de una profunda influencia cultural estadounidense, y en la manera de hablar de muchos de sus habitantes se advierte un peculiar repertorio de anglicismos castellanizados, no es menos cierto que el pueblo puertorriqueño, a lo largo de su historia, ha sabido combinar los diversos elementos étnicos y culturales que lo componen en una fórmula única que hace de él uno de los mejor diferenciados de la Tierra, con una identidad nacional perfectamente bien definida y un acendrado orgullo de su ancestro hispánico, celosamente preservado tanto a nivel gubernativo como en el hogar del más humilde jibarito o campesino. Y, para comprobarlo, nada mejor que hacer un recorrido en tiempo y espacio por la tierra que todos —aun los radicales— están de acuerdo en llamar La Isla del Encanto.

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