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Turismo de mendoza argentina


El elíxir de los dioses.
La exuberante naturaleza mendocina es, en gran parte, la responsable de los excelentes vinos que se producen. Un sol que abraza, una tierra fértil, las lluvias justas y necesarias, son la llave para que el producto llegue en óptimas condiciones.
Es posible que muchos de los que visitan las bodegas sean conocedores del buen vino; pero para aquellos que les gusta beber y desconocen el arte de catar, Trapiche invita con una degustación de vinos. El espacio para la degustación está en la planta alta, un lugar minimalista, con sillones cómodos en colores tierra y una mesa baja en el centro; pisos entarugados combinados con cemento alisado. A un costado, una barra doble con taburetes altos, iluminados por luces que se desprenden del techo y una lámpara de mesa despojada, crean el clima ideal para concentrarse en la calidad de los vinos que se van a degustar, servidos en cinco copas de diseño.                                                                              Con los sentidos a pleno.
Una vez completados los asientos con los comensales, los mozos acercan tablas con diversas variedades de queso: de cabra, Camembert; Brie; Cheddar; Emmenthal; Gouda y gruyere, acompañados con almendras, pasas de uva y nueces, todas exquisiteces que se utilizan para neutralizar las papilas gustativas entre una variedad de vino y otra.
Llega el enólogo, comienza a descorchar las botellas y a explicar el cepaje. Con una música suave, que invita al placer, todo está listo para comenzar a catar el elíxir mendocino. El experto explica que lo primero a tener en cuenta es que tanto la vista, el olfato como el gusto deben estar abiertos para poder apreciar la calidad de la uva, y procede a servir el vino en cada copa. Es una ceremonia digna de experimentar, no sólo por la excelencia de las bebidas, sino porque en la cata se despiertan todos los sentidos. Tras una hora y media de mezclar sabores y sensaciones, en otro salón, tan despojado y elegante como el resto, espera el almuerzo: ensalada de hojas verdes con queso palmesano y olivas verdes y negras; cordero patagónico relleno con hongos frescos con timbal de polenta y, de postre, helado con salsa de maracujá y zócalo de brownie de chocolate.
Mientras el almuerzo transcurre se pueden admirar las montañas nevadas que se cuelan por un gran ventanal que da a una terraza con deck, con lustrosas poltronas de madera oscura. Un mirador ideal para descansar y tomar un poco de todo el sol que inunda Mendoza, un paraíso enclavado en el noroeste argentino.

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