Archivos de sidney 2011

Turismo en sidney


Estoy sentado debajo de un toldo que distrae al sol en el Australian Hotel, en un bar como de la era eduardiana, estilo outback (desierto de Australia) cerca del Muelle Circular (Circular Quay) de Sídney enfrentando un feroz dilema: si ordeno el canguro, ¿podré seguir mi vida sin remordimientos? Déjame explicarte. Crecí en Canadá y pasé mi infancia viendo Skippy el Canguro, una serie de televisión australiana sobre un antípoda tipo Lassie de patas largas que siempre rebotaba para rescatar a bebés en problemas o pilotos desafortunados cuyos paracaídas se habían atorado en los árboles.
Sólo dos días en Sídney y mi amiga Heather, una periodista amante de la comida, que trabaja para una red de televisión pública, deja caer la bomba. Los australianos, me dice, de hecho comen canguros. También comen emúes, larvas y cocodrilos. La comida del outback se conoce como “bush tuc-ker” (comida típica del desierto) y los steaks de canguro, especialmente magros y jugosos, son deliciosos marinados en salsa de tamarindo y asados al carbón. Vine al Australian Hotel por su extenso menú de comida local, pero si me como a Skippy quizá no sea capaz de volver a mirarme en el espejo. Recuerdo que he cruzado el Pacífico por una misión: estoy buscando el sabor de Sídney, ese momento en que la cultura y el paisaje engranan y de pronto te das cuenta lo que pone el “ahf’ en el punto del planeta que has venido a visitar desde muy lejos. Para mí, este tipo de cosas tiende a suceder sobre un platillo de algo desconocido y delicioso. Sé que cuando ese sabor llegue, si sucede, lo reconoceré inmediatamente. Pero mejor que no sea a través de un cangurito. Parte del problema es que además pasé la tarde en el zoológico de Taronga, observando a extraordinarios dingos, ornitorrincos escurridizos y koalas de cara redonda. Pasé una media hora idílica entre los wallabys (crías de canguros) y emúes. El zoológico te permite pasear libremente en un área cercada que tiene a todo el reparto no humano de Skippy. Los canguros saltaban, metían el hocico en su marsupio y se acurrucaban en la sombra. Parecían terriblemente buenos y totalmente no comestibles.
Así, mientras escucho a la familia en la mesa de junto dudar entre ordenar el canguro o el emú, finalmente tomo una decisión. Olvídate de Skippy: comeré cocodrilo de agua salada. En el zoológico vi a estas acechantes bestias dentro de los estanques, con las fauces apenas asomándose sobre el agua. Pueden llegar a medir hasta seis metros y se estima que en Australia han atacado al menos a 60 personas en los últimos 35 años. Así que comer cocodrilo es como una especie de venganza kármica. El mesero me trae algo así como una pizza pequeña con el trozo de cocodrilo encima, la corteza está rellena de una crema de coco y encima lleva hierbas tailandesas y un trozo de limón. La carne, de corte delgado, ligeramente carbonizada en las orillas, parece como una rueda de queso mozzarella derretido.

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