Archivos de piña

Exportación de piña


El Gobierno quiere que se exporten nuevos productos como la piña.
En Ivirgazama conocemos a Adrián Flores, de 3 8 años. Nos cuenta cómo los policías le sacaron de su casa en plena noche, le pegaron, devastaron su hogar y asustaron a los niños. Adrián constituye un problema, pues es -mej or dicho, era- cocalero. Como la casi totalidad de los 20.000 campesinos de laregiónha destruido sus campos a cambio de una indemnización de 2.500 euros por hectárea. Ahora crecen plátanos, pinas y granadillas en las 1,5 hectáreas situadas detrás de su cabana de bambú. El Gobierno quiere que exporten estos productos, pero Adrián está enfadado. Cultivar la coca es fácil, da tres o cuatro cosechas anuales, y además no requiere ni abonos ni pesticidas. Así ganaba 3.000 euros al año. Y desde que todos cultivan la pina, los precios han caído en picado.
-Esto es la ruina, sin la coca no podemos sobrevivir-se lamenta Adrián.
Estima que el 90 por ciento de los co-caleros han comenzado de nuevo aplan-tar el arbusto prohibido por pura desesperación. Dentro de algunos meses, las plantas serán tan grandes que los satélites las descubrirán. ¿Y después?
El coronel se encoge de hombros. La ley exige la “detención automática”, el encarcelamiento de cualquiera que tenga productos de esa planta. ¿Meterá en prisión a la mayoría de la población?
-No llegaremos a esos extremos -me responde Cruz colocando sus gafas.
Evo Morales, el líder de los cocaleros, no comparte tal opinión. Ante un grupo de campesinos presenta la visión de una auténtica industria de la coca que produciría dentífricos, harina y medicamentos para el mercado mundial.
-Si en Estados Unidos existieran leyes más severas, no tendrían problemas con la cocaína. ¿Por qué vamos a sufrir nosotros sólo para que unos cuantos gringos celebren en Washington sus éxitos en la lucha contra la droga?
En la cárcel de Chimoré vemos el resultado de la campaña. Acaban de ingresar a Elias, de quince años, detenido con unas hojas de coca. Su mirada llorosa recorre los barrotes, los presos sentados en el suelo, las celdas habitadas por mujeres y niños que viven con sus madres, pues de otra manera no tendrían hogar. Algunos reclusos animan al “nue-vito”; una mujer le da un pañuelo para secarse las lágrimas. Fuera, los guardias juegan al fútbol con los prisioneros. Todos son campesinos: en esta cárcel no hay criminales, ni armas ni drogas.
La mayoría pasará años encerrados, pues no sólo el fiscal no tiene la obligación de demostrar su culpa, sino que la ley 1.008 obliga a los presos a aportar pruebas de su inocencia. Al lado se construye un nuevo edificio para acoger a más reclusos.
-Es una necesidad -comenta el coronel Cruz-. Venceremos.
Volvemos al Altiplano para visitar la legendaria ciudad minera de Llallagua, rodeada de montañas grises y arrugadas como un rostro cansado. El mes pasado, cuatro mineros perdieron la vida en un desprendimiento de rocas; cada año, una veintena muere así.
Avanzamos, a veces a gatas, por una galería angosta, baja y oscura. Cuesta respirar su aire, que huele a excrementos y sudor. Antes, dice nuestro guía Antonio, existía una ventilación. Antes. Desde 1900, cuando deparó una fortuna a su descubridor, Simón Patino, Siglo XX alimentó a media Bolivia.

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