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Camino a alaska


Viajar para sobrevivir:
Recorrimos el norte argentino, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Belice, México, Cuba, Estados Unidos, Canadá, y llegamos a Alaska el 17 de junio de 2010, dos años y dos días después de haber salido. Manejamos 52 mil kilómetros, bordeamos precipicios, atravesamos cordilleras, pasamos volcanes, selvas, desiertos, puna y salares, pero también anduvimos por magníficas autopistas. Dormimos en cuarteles de bomberos, en la playa, bajo los árboles de un bosque, en barcos, en casas pobres, en el piso, en hamacas, en estaciones de servicio, en la calle, en estacionamientos, en el campo, pero también en mansiones. Comimos maíz en todas sus versiones, pezuñas, hormigas culonas, caña de azúcar, huevos de iguana, frijoles; pasamos días enteros a pan y agua, a coco, a almejas, a grillos, a huevos de hormiga, a yuca fermentada. No faltaron las sopitas instantí pero también comimos exquisitos platos gourmet. Para sobrevivir trabajamos en una parrilla, tejimos pulseras, hicimos trenzas en la playa, vendi mos postales en los restaurantes, cosechamos en una granja, escribimos un libro, lo imprimimos y lo vendimos, pescamos, cortamos leña, servimos mesas, tejimos crochet, hicimos empanadas, construimos casas prefabricadas, j untamos hongos y también recibimos regalos. Estuvimos rodeados de contrastes, aprendimos a aceptar cada situación que nos tocó vivir y siempre esgrimíamos nuestra frase: “por algo será”. Salimos con algunos miedos, sin saber con qué nos encontraríamos, qué haríamos cuando no hubiera más plata, o cuando no tuviéramos dónde dormir. Experimentamos nervios, como aquella vez en BolMa cuando los mineros cortaron la ruta y se respiraba olor a dinamita, o cuando entramos en Colombia. Vivimos situaciones de ansiedad cuando esperamos por dos meses un barco que nos cruzara gratis a Panamá, y pasamos momentos de adrenalina montados en una balsa de madera que nos llevó por las aguas de un violento mar Caribe. Más adelante, sentimos el poder arrollador de la naturaleza en la selva, en Costa Rica, bajo una gran tormenta con rayos que caían a sólo metros de nosotros. Es justo decir que además conocimos la solidaridad del pueblo americano; siempre recordaremos a aquel campesino nicaragüense que nos alojó en su casa junto a la frontera con Honduras, mientras esperábamos que pasara el estado de sitio por un golpe de Estado. La misma solidaridad experimentamos con los meseros que sacrificaban su propina para comprarnos las postales que vendíamos en los restaurantes de Centroamérica con que nos ganamos la vida un tiempo.
Aprendimos de todo con la ayuda de mucha gente que soñó con nosotros. Pero lo más importante de toda esta gran aventura, lo más importante, es que aprendimos a reír cada día.
Aymará y Juan Francisco uniendolastresamericas@hotmail.com www.uniendohstresamericas.blogspot.com

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