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Paseando por copenhague dinamarca
Christianshavn, del otro lado de los puentes Langebro y Knippelsbro, es una paz a la que se puede llegar vinculando el boulevard H. C. Andersens con el Amager Boulevard. La quietud del estrecho canal favorece esa sensación de nirvana perpetuo, con sus barcos y veleros que ni amagan con bambolearse. “Es el milagro de Copenhague -dice la dueña de un bar que hace esquina con la marina-, hay ruidos de ciudad que aquí nunca se escucharon. Una gloria.” Arraiga a la orilla del canal el rosario de casas muy antiguas, y en el agua flotan las embarcaciones del presente. Ninguna hay que no merezca ser mirada, ninguna que peque de ostentosa. Creativos, arquitectos, familias con niños y unos cuantos misántropos se mueven a gusto en esta realidad aparte, sin necesidad de darle la espalda al mundo. Del otro lado del canal ya es Islán ds Brygge. De la calma chicha a Christiania, territorio libre establecido en 1971 por un grupo de hippies en pleno centro de Christianhavn. Su lema: la creación de una sociedad basada en la autogestión y en el rechazo a las obligaciones impositivas. El asentamiento se realizó en lo que había sido una base militar y el gobierno dejó hacer. Pero se habla más y más de una inminente intervención. Lo cierto es que aquí cada vez viven menos de espaldas al mundo que los rodea. El cultivo de vegetales orgánicos, la cría de animales de granja, las artesanías, el reciclado de materiales y la educación de los hijos sin escuelas sigue siendo ley de vida en esta isla urbana donde residen poco menos de mil personas. Pero muchos ya salen de la reclusión voluntaria para ir a trabajar a la ciudad o beneficiarse con alguna subvención del estado. Y además se les está complicando la existencia a partir de los que mercan con drogas duras y se refugian aquí para eludir a la policía. Todo un tema. Christiania es una de las atracciones de Copenhague que más visitantes convoca. Sus residentes son muy poco amigables con “los de afuera”, pero aprovechan su curiosidad para venderles sus productos de huerta (cannabis incluida) y mucha ropa made in donde sea (es la misma que hay en cualquier mercado de cualquier parte), actividad comercial que se desarrolla en Pusher Street y sus adyacencias. A la salida de este fuero hippie, un cartel advierte que “Usted está ingresando a la UE”. Agosto en Copenhague tiene su grandiosa fiesta con el Gay Parade. El desfile es el cierre de una serie de actividades que se llevan a cabo durante varios días en la Radhuss Pladsen (Plaza del Ayuntamiento). El día anterior, las carpas promocionando productos diversos y afines al movimiento gay llenan el corazón de la plaza. “Is ok to be gay”, “we love freedom”, etcétera, son algunas de las consignas. Un grupo de fornidos promotores masculinos, vestidos de rojo con los glúteos al aire, reparten profilácticos de una marca específica. Los puestitos de comida y bebida, felices vendiendo a precio de oro… Y por fin, la tracamundana de comparsas y sus delirantes disfraces hace su aparición en el centro de Copenhague, y el desfile no cede durante dos generosas horas. Según Mireia, la catalana, “prepárate para el de Berlín, chica: esto es muy doméstico, poquita cosa”.
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En 2008, Copenhague fue elegida como la mejor ciudad del mundo para vivir. Por su cualidad friendly, el culto a la bicicleta, su belleza urbana, los muchos espacios verdes y la felicidad de sus habitantes.
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Con el calor, el sentido de la vida se apodera de los espacios al aire libre en los países nórdicos. El largo sueño invernal se desintegra, devorado por la fuerza de los días que se van llenando de luz, hasta alcanzar su máxima expresión durante el solsticio de verano. E igual que en las eras lejanas de las grandes migraciones, hordas de seres rubios y rosados bajan hasta las costas danesas en busca de la redención solar. Dinamarca es a Escandinavia lo que Uruguay a esta parte de América del Sur. Y aunque Argentina no sea Suecia ni Brasil Noruega, valga la analogía para entender que aquel es el país más relajado de todos sus vecinos, el escenario donde más a gusto se sienten los nórdicos de arriba. El frío cede, y los suecos llegan desde Malmó con el principal objetivo de hartarse bebiendo durante el fin de semana a precios más razonables que en su país, donde los impuestos pesan demasiado sobre el alcohol. Llegan, toman hasta caerse y se vuelven a casa (o los devuelven) hechos un estropicio, pero contentos como chicos por la trasgresión cumplida. No hay mercados de productos frescos en Copenhague, así que hay que esperar al verano para beneficiarse de la aparición circunstancial de un puesto de fruta en la plaza Nytorv (por ejemplo), con pelones y otras delicias provenientes de las lejanas huertas del Mediterráneo, o uno de garrapiñadas de almendras (las verdaderas, únicas e insustituibles) a pasos de la Citadel (fortaleza de la zona portuaria). La energía, renacida, impregna el aire como el zumbido de un enjambre de abejas. Cualquier retazo verde da para un picnic al solcito; una muchedumbre silenciosa hace cola todas las horas de cada jornada estival para pagar su derecho de ingreso al Tivoli, uno de los parques de diversiones más antiguos que existe (éste es de 1830), donde además se celebran encuentros musicales multitudinarios; los bares y restaurantes de Nyhavn desbordan de turistas, y las embarcaciones que recorren la red de canales jamás salen con un asiento vacío, jamás. Hay en los días de agosto, benditos de tanta luminosidad, una insistencia de recién casados celebrando con sus invitados a cielo abierto, chinchín en copas flauta y la abundancia apilada sobre el mantel blanco en parvas de bocados suficientes para saciar diez bodas juntas. El verano danés resplandece desde las cinco de la mañana hasta las diez de la noche, y las calles de Copenhague son un fluir de centenares de bicicletas. La riish hour casi no registra ruido de motores ni bocinazos. mientras el paisaje urbano se transforma en un aleteo masivo de faldas y vestidos amplios, de sacos y botamangas flameantes; se ven muchas señoras de tailleur, tacos altos y maletín en banderola, pedaleando sin titubeos; madres con niños que los transportan en unos cajones profundos, acoplados a la bici; si hasta hay servicio de bici-taxi para borrachos… Todos sacan provecho del medio de transporte más ecológico que existe. Y donde las ruedas ya no pueden avanzar, allí se las deja para recuperarlas en el camino de regreso. O no, a juzgar por el número apabullante de velocípedos amontonados en los estacionamientos de las estaciones, con sus encajes de telarañas lacias. Será que el verano los cría, y luego el invierno los amontona… Quién sabe.
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