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Turismo en sidney


Estoy sentado debajo de un toldo que distrae al sol en el Australian Hotel, en un bar como de la era eduardiana, estilo outback (desierto de Australia) cerca del Muelle Circular (Circular Quay) de Sídney enfrentando un feroz dilema: si ordeno el canguro, ¿podré seguir mi vida sin remordimientos? Déjame explicarte. Crecí en Canadá y pasé mi infancia viendo Skippy el Canguro, una serie de televisión australiana sobre un antípoda tipo Lassie de patas largas que siempre rebotaba para rescatar a bebés en problemas o pilotos desafortunados cuyos paracaídas se habían atorado en los árboles.
Sólo dos días en Sídney y mi amiga Heather, una periodista amante de la comida, que trabaja para una red de televisión pública, deja caer la bomba. Los australianos, me dice, de hecho comen canguros. También comen emúes, larvas y cocodrilos. La comida del outback se conoce como “bush tuc-ker” (comida típica del desierto) y los steaks de canguro, especialmente magros y jugosos, son deliciosos marinados en salsa de tamarindo y asados al carbón. Vine al Australian Hotel por su extenso menú de comida local, pero si me como a Skippy quizá no sea capaz de volver a mirarme en el espejo. Recuerdo que he cruzado el Pacífico por una misión: estoy buscando el sabor de Sídney, ese momento en que la cultura y el paisaje engranan y de pronto te das cuenta lo que pone el “ahf’ en el punto del planeta que has venido a visitar desde muy lejos. Para mí, este tipo de cosas tiende a suceder sobre un platillo de algo desconocido y delicioso. Sé que cuando ese sabor llegue, si sucede, lo reconoceré inmediatamente. Pero mejor que no sea a través de un cangurito. Parte del problema es que además pasé la tarde en el zoológico de Taronga, observando a extraordinarios dingos, ornitorrincos escurridizos y koalas de cara redonda. Pasé una media hora idílica entre los wallabys (crías de canguros) y emúes. El zoológico te permite pasear libremente en un área cercada que tiene a todo el reparto no humano de Skippy. Los canguros saltaban, metían el hocico en su marsupio y se acurrucaban en la sombra. Parecían terriblemente buenos y totalmente no comestibles.
Así, mientras escucho a la familia en la mesa de junto dudar entre ordenar el canguro o el emú, finalmente tomo una decisión. Olvídate de Skippy: comeré cocodrilo de agua salada. En el zoológico vi a estas acechantes bestias dentro de los estanques, con las fauces apenas asomándose sobre el agua. Pueden llegar a medir hasta seis metros y se estima que en Australia han atacado al menos a 60 personas en los últimos 35 años. Así que comer cocodrilo es como una especie de venganza kármica. El mesero me trae algo así como una pizza pequeña con el trozo de cocodrilo encima, la corteza está rellena de una crema de coco y encima lleva hierbas tailandesas y un trozo de limón. La carne, de corte delgado, ligeramente carbonizada en las orillas, parece como una rueda de queso mozzarella derretido.

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SYDNEY – AUSTRALIA.
Durante ocho años, fue votada la mejor ciudad del mundo por los lectores de la revista especializada Travel + Leisure, y si bien hace dos años que dejó el primer puesto, se resiste a abandonar el top 5, mientras este año está a la cabeza de la lista de otra prestigiosa publicación, Conde Nast Traveller. Es que Sydney, la ciudad más grande y antigua de Australia, está a la altura de cualquier gran capital mundial, pero con una característica que la hace única: sus maravillosas playas. Sí, además de tener una interesante oferta cultural y una bulliciosa vida nocturna, Sydney tiene unas 50 playas de arenas blancas, a orillas de un mar azul, que nada tienen que envidiarle a las costas más paradisíacas del planeta. Lo más interesante es que se extienden hacia el interior de la ciudad, en la medida en que impactan notablemente en su modo de vida: Sydney, que es el centro financiero y corporativo de Australia, tiene la peculiaridad de ser una gran urbe de espíritu playero, donde el saco se combina con las hojotas para sorpresa de nadie.
Pero no sólo de relax al sol se trata. Además de la emblemática y famosísima Ópera de Sydney, diseñada por Jorn Utzon en 1957, que recién se terminó e inauguró en 1973, la ciudad tiene unos cuantos hitos más: desde el Harbour Bridge, uno de los puentes de arco más largos del mundo, hasta el Parque Olímpico que se construyó para los juegos de 2000, pasando por uno de los pocos lugares del mundo donde se puede descubrir y conocer la historia del arte plástico de Oceanía, la Galería de Arte de Nueva Gales del Sur, y los Jardines Botánicos Reales que albergan la inusual y exótica flora australiana. Pero hay un dato que define más que ningún otro la esencia de Sydney: es “el” lugar para romper las reglas en el imaginario australiano, razón por la que muchos la identifican como una ciudad de “excesos”. Y si bien esta imagen cambió desde que se transformó en sede olímpica, lo que coincidió con un renovado impulso en la entonces alicaída propuesta cultural de la ciudad, lo cierto es que continúa siendo una ciudad en la que, como dice el dicho popular, “el que busca encuentra”. Será por eso que desde hace más de diez años está entre las favoritas.

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