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Planeando viajar a alaska


Nos veíamos en la pileta durante los veranos o, cuando entrenábamos básquet y hockey, en el Club El Nacional de Bahía Blanca. En el 2002 ya éramos novios, y unos años después salíamos de viaje a empezar una aventura que se llamaría: una vida juntos. La verdad es que siempre nos gustó viajar; cada vez que podíamos agarrábamos la mochila y nos íbamos por ahí, de camping, a dedo; la idea era recorrer. Pero cada vez que salíamos, había que volver. Un día nos preguntamos:”¿Somos felices?” y fue ese interrogante el que nos llevó a asumir que nuestra mayor felicidad sería conocer lugares y gente de otras latitudes.
Así empezamos a pensar en “el viaje” con la idea de salir a recorrer América de punta a punta, desde Argentina hasta Alaska, en una camioneta. No nos importaba cuánto tiempo nos tomaría, ni todo lo que había que dejar, ni todo lo que habría que enfrentar. No nos importaba nada.
Viajar era para nosotros una manera de aprender, porque si bien estábamos en la etapa de la vida en que todos se zambullen en la universidad, nosotros creíamos que no había mejor lección que la que da la “universidad de la vida”. Estábamos convencidos de que viajando conoceríamos nuestro continente, su gente y las diferentes culturas, que exploraríamos sensaciones desconocidas y nos veríamos obligados a resolver todo tipo de situaciones para volver a esa práctica esencial: la supervivencia. Finalmente, teníamos la esperanza de descubrir una Aymará y un Juan que estaban dormidos y esperaban despertarse. I lora de partir
Elegimos Alaska porque es la última frontera, la excusa perfecta para tener que atravesar todo lo que hay antes de ella. Decidimos hacer el camino en Estanciera, con la intención de lograr algo casi imposible con lo mínimo: una camioneta vieja. Nos pusimos a trabajar. Hicimos listas de cosas necesarias, de países por recorrer; investigamos las rutas, compramos mapas y empezamos a programar nuestro gran viaje. Durante esos días de preparativos tuvimos miedo de no llegar al final y, en varias oportunidades, sentimos la necesidad de partir al día siguiente para achicar la ansiedad de la espera. Años atrás, mientras viajábamos en plan mochilero por la Patagonia, vimos por primera vez una Estanciera. Graciosa y simpática, toda pintada de amarillo, ella apareció mientras buscábamos un camping en San Martín de los Andes. Entoncedijimos “queremos una como ésa”. Así, empezamos a buscar en el diario de los domingos nuestro vehículo, hasta que después de un tiempo, Analmente apareció.
Aquel mediodía del 15 de junio de 2008 dejamos el trabajo, las obligaciones, las actividades que nos gustan, dejamos todo. Nos reunimos en el Teatro Municipal de Bahía Blanca con nuestras familias y amigos y nos subimos a La Celestina, nuestra Estanciera 65, pintada de celeste y blanco, con un mapa de América donde se veían los nombres de pueblos y ciudades por los que soñábamos pasar. Partimos sin tiempo y casi sin rumbo -sólo con dirección norte- en busca de aventuras. Una cámara de fotos, ropa de abrigo, una cama en la parte trasera, una rueda de auxilio, un cuaderno para escribir, botas para la montaña, tres mil dólares y mucha curiosidad. No nos importó salir casi sin dinero, incluso sin tener mucha idea de mecánica (partimos sin hacer cambio de aceite); sabíamos que nunca íbamos a estar totalmente preparados. Además, estar preparados significaba pocos problemas, pocas situaciones por resolver, significaba emprender un viaje muy aburrido. A los diez días se nos congeló el radiador en Mendoza, a los doce se quemó la junta y tuvimos que abrir el motor en San Juan, y a los tres meses nos quedamos sin plata. Así empezó una larga lista de lo que algunos podrían llamar problemas, pero que para nosotros sólo fueron oportunidades para pedir ayuda, conocer gente, en fin, oportunidades de aprender.

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