Viajar a shanghai Archive

China hoy en dia


Manejar para ir a un centro comercial es un concepto nuevo en China. “Hace 10 años -me explica- sólo los directivos de empresas y los funcionarios del gobierno tenían automóviles. Ahora hasta la gente ordinaria tiene un vehículo”. Mucha gente ahora puede darse el lujo de comprar computadores, departamentos, acciones, teléfonos celulares y tener tarjetas de crédito, por no hablar de la mercancía de marca. (‘A mí me gusta Burberry -confirma Ling desde el asiento posterior-. También Tommy Hilfiger. ¡Muy buenos!”).
De hecho, esos cambios fundamentales en el estilo de vida han sido, a su modo, igual de sorprendentes que la transformación física más obvia de la ciudad. Por eso, en estos días, puedes asomarte en una entrada abierta en una calle de Shanghai y no saber qué hallarás: una escena de la antigua Catay, con jubilados en pijama quebrando frijoles y jugando mah-jongg, o un grupo de operadores bursátiles por día con su Blackberry en la mano mirando los precios del mercado en un tablero electrónico. Después de una hora de tráfico, llegamos a Shanghai Oudets, un centro comercial nuevo impecable ubicado en los barrios periféricos occidentales. Y ahí es donde Ling asume el mando. Con la autoridad de un teniente de combate, nos dirige en batallas consecutivas con las contrapartes de Givenchy, Lacoste y sus equivalentes chinos nacionales, hablando todo el tiempo sobre temas como las diferencias entre Shanghai y Pekín (“las mujeres de Shanghai son más elegantes y más conscientes de la categoría social”) y sobre los mercados en callejones de la ciudad como un destino popular de las celebridades a la caza de gangas (“¡Hasta Celine Dion!”, quien, supuestamente, compró una verdadera carga de camión de bolsas de imitación en una reciente gira de conciertos).

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Turismo en shanghai


Cuando menciono a regañadientes que mi intención es adquirir un regalo para Elizabeth más modesto -quizá un suéter muy bonito- la siempre entusiasta Ling exclama: “¡No hay problema!” y me lleva a Baichun Digao, un fabricante, con sede en Shanghai, de prendas de cachemira de calidad.
Nos lanzamos a la sección de suéteres femeninos, Ling entabla negociaciones de alto nivel con tres de las vendedoras revisando al mismo tiempo cada prenda para verificar la calidad del material y su manufactura. Y antes de que me entere, hemos hallado el regalo que buscaba: un suéter negro confeccionado en cachemira, bellamente tejido y una delicada suavidad al tacto. Es absolutamente perfecto. Hasta el precio es correcto: 65 dólares por un suéter que en Estados Unidos costaría el triple por lo menos.
“Misión cumplida”, afirmo listo para dar por terminado el recorrido. Pero como Ling nos lleva otra vez hacia el centro comercial, es obvio que ella está lejos de haber terminado. “¿Qué sigue?”, pregunta mirando hacia ese mar de posibilidades de compra a nuestro alrededor. El día es joven y Ling -al igual que más de 17 millones de otros habitantes de esta urbe siempre cambiante- está lista para gastar hasta el último céntimo en compras sin escatimar.

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Moganshan road


Más de mi gusto es 50 Moganshan Road, que aún es un vecindario de artistas con edificios destartalados que recuerda al Soho neoyorquino hacia 1982. Cuando las fábricas dejaron este complejo a finales de los noventa, se mudaron artistas para montar sus estudios, seguidos por boutiques y cafés. Hoy día, el distrito ofrece galerías para husmear (ShangART y Art Scene Warehouse son las mejores) e incontables tiendas. Por ejemplo, Artdeco vende muebles bellamente restaurados del auge de la década de los treinta; y el Número 17 ofrece ropa con estética actualizada de imitación revolucionara conocida localmente como “McStruggle” (piensa en Helio Kitty en un traje Mao).
En Moganshan Road conocí a Jimmy Wang, director de la galería epSITE Shanghai y un antiguo guía de turistas. Un hombre compacto, con aspecto de neo-beatnik (perilla, vaqueros negros), Wang me da pistas sobre la estructura jerárquica de la venta al menudeo en Shanghai. “El lugar donde compras lo determina la clase de persona que eres”, explica ante una taza de té en su galería. “Sólo los extranjeros o los muy ricos van a West Nanjing Road o al Bund. Los empleados de oficina treintañe-ros van a Huaihai Road; los menores de 30 y con menos dinero van a Xujiahui. Por último, East Nanjing Road en su mayor parte es visitado por chinos de otras provincias”.
Más tarde descubrí que las verdaderas gangas de Shanghai se encuentran en otro lado: en los mercados de productos falsos que ofrecen imitaciones y los excedentes de existencias de los fabricantes. Encontré a los tres colosos de los bazares de productos de marca falsificados: Plaza Fenshine en West Nanjing Road; Yatai Xinyang, en la estación del metro debajo del Museo de Ciencia y Tecnología de Pudong, y Qipu Road, al norte de Suzhou Creek.
Una cosa es segura: estos no son lugares para los timoratos. Entre apretujones de comerciantes con artículos, sucumbo a la “catatonía del consumidor”, empezando a cuestionar los principios de las compras. ¿Realmente necesito esa bolsa “Louis Vuitton” de 25 dólares, aunque se vea que no es auténtica? ¿No tengo ya muchas cosas?
Sin duda, mis humores corporales tienen la drástica necesidad de reordenarse. Hago una rápida peregrinación a Jing’an Park, un antiguo cementerio al otro lado de la calle del Templo Jing’an. Una hora al lado del estanque, observando a una anciana hacer sus ejercicios de tai chi ayuda a devolverme mi propio sentido del equilibrio. Aunque, para recuperar plenamente la paz interior, decido que necesito un masaje terapéutico en los pies. Por suerte, juzgando por la enorme cantidad de locales de masaje en las calles, Shanghai quizá sea la capital china de la manipulación de tejidos blandos. Pero, a riesgo del cliente: si el letrero de “masaje” en un aparador es en neón chillante, quizá estás viendo un burdel. Para no errar, escogí una sucursal de Dragonfly, una cadena popular. Después de 45 minutos en una habitación iluminada por una luz débil, escuchando caer el agua de una diminuta fuente, mientras una esbelta pero notablemente fuerte mujer joven trabaja mis plantas y talones (más o menos por 20 dólares, incluidas dos tazas de té verde) me siento rejuvenecido.

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Comprar en shanghai


Fan y yo empezamos con cosas pequeñas, negociando uno de los relojes que muestra a Mao Zedong saludando con la mano. El primer comerciante a quien nos aproximamos propuso un precio de 150 yuanes (22 dólares). Fan chasqueó la lengua en señal de desaprobación y contraofertó 20 yuanes (tres dólares), que el vendedor consideró una broma. No hubo trato, así que continuamos el recorrido; su precio aún demasiado alto bajaba con cada paso que dábamos.
“Bueno, ahora sabemos que 20 es muy poco”, Fan susurró. “Si no, no habría dejado que nos fuéramos”. Unos pasos más adelante, ofrecimos 25 yuanes con firmeza por un reloj del mismo estilo en otro puesto. De nuevo nos dejaron ir. Lo logramos en el tercero, donde tuvimos éxito con una inflexible oferta de 30 yuanes, la compungida propietaria se quejó de que era “muy, muy barato”.
¿El reloj realmente fue barato? Probablemente no. Es iluso pensar que uno pueda ganarle en el regateo a estos profesionales. Pero el precio final fue satisfactorio para ambas partes, que es justo lo que se pretende.
Fan y yo hicimos compras el resto de la tarde sin hallar el regalo perfecto para Elizabeth. No era del todo inesperado, sabiendo lo quisquillosa que es mi amada esposa. Pero en un mercado de materiales de hilado suave llamado South Bund, un laberinto de tres pisos de puestos de telas y tejidos al sur de la Ciudad Antigua, negociamos una pashmina color granate para mi hija (cinco dólares). Y ordené varias copias de una camisa de lino de Perry Ellis que me encanta y que traje conmigo para este propósito (27 dólares por dos, que estuvieron listas en cinco días).
Después -en Wang Bao, el restaurante que sirve cangrejo en la ciudad desde hace 264 años- Fan me explicó algunas de las sutilezas generacionales del mundo de las compras en Shanghai. “Sólo los más jóvenes compran por placer”, señaló, mientras le hincábamos el diente a unos salobres ravioles de hueva de cangrejo. Durante la Revolución Cultural, Fan era una adolescente a quien enviaron a trabajar a una remota granja agrícola; así que nunca le picó el gusanillo de las compras. Pero su hijo de veintitantos, que aspira obtener una maestría en administración de empresas de una facultad norteamericana, tiene una perspectiva diferente. “El ve toda la nueva riqueza que ahora hay en China y quiere ser parte de ella”.
Desde luego que al igual que la riqueza de Shanghai ha aumentado, también lo han hecho la cantidad de lugares para gastarla. Sí, los mercados tradicionales sobreviven. Aún puedes ir a la Ciudad Antigua y comprar teteras en el bazar Yuyuan Gardens o gusanos vivos (para alimentar a tus peces de colores) en el mercado de aves, peces e insectos. Y la “milla dorada” de East Nanjing Road, una de las áreas comerciales y turísticas más importantes que aún es un animado emporio comercial para las perlas, la seda, los utensilios y platos de recuerdo (58 dólares por seis pares de palillos de madera de teca con punta de plata, en la tienda Yunhong Chopsticks). Pero las opciones para las compras de mejor calidad -no sólo las marcas internacionales, sino también arte y ropa única en su generóse han multiplicado de manera asombrosa.
Por ejemplo, Taikang Road es un laberinto de casas tradicionales shikumen y de pequeñas fábricas convertidas en boutiques, estudios de diseñadores y cafeterías. Preciándose de su excentricidad (como esta mujer con minifalda que lleva a un conejo blanco en una jaula de color rosa encendido) este distrito, en evolución constante, recuerda el olor tanto de café expreso como de diesel.
Uno de los lugares de compras mejor ponderado es Xintiandi, una especie de álter ego de categoría de Taikang Road. Dos cuadras en este lugar -una flanqueada por casas tipo shikumen restauradas y la otra con moderna arquitectura de líneas elegantes-albergan negocios que son la contraparte de los de Shanghai Tang (la marca de lujo china) y restaurantes exclusivos como el T8 y Paulaner Brauhaus. La gente parece orgullo-sa de este ejercicio en aséptico desarrollo urbano tipo Disneylandia -excepto, se supone, por los que no tienen suficiente dinero para cruzar las puertas custodiadas por los guardias de manera discreta-; pero mi consejo es tomar una copa aquí y seguir circulando.

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Turismo en shanghai


Me encuentro con Gao Lele, sobrina de mi esposa, en la estación del metro South Huangpi Road en una tarde con llovizna en Shanghai. Nuestra misión: encontrar un regalo de aniversario para Elizabeth, la mujer con quien me casé en Estados Unidos, mi país, hace 25 años. Tengo 10 días, y esta es sólo una de las excursiones de compras que he planeado junto con la familia de mi esposa (enorme, vital e ingeniosa) . El plan parece infalible: ellos conocen la ciudad y a Elizabeth. Esto debe ser fácil.
“¿Qué buscas?”, Lele me pregunta en un inglés fluido pero que denota poca práctica. Hace unos días, Lele -de 32 y casada durante cinco años- me mandó un mensaje electrónico haciéndome tres propuestas para la salida de compras de esta tarde, anexando los mapas digitales respectivos. Como mucha gente del moderno Shanghai, Lele, quien trabaja para una empresa multinacional, está totalmente actualizada. “No estoy seguro de qué comprarle; ya sabes, es muy quisquillosa”.
Lele frunce el ceño. ‘Todas las mujeres lo son”, contesta con aspereza. Tras revisar rápidamente sus mensajes en su iPhone, me lleva hacia el inmenso bazar que es Shanghai.
Cada ciudad, desde luego, es una especie de arena multifuncional para actividades políticas, financieras, culturales, incluso espirituales. Pero algunas se especializan. Por ejemplo, Washington y Brasilia son capitales eminentemente políticas; Kioto existe para la cultura, la Meca para la religión, Las Vegas para el esparcimiento. Pero Shanghai es, esencialmente, un centro comercial. Y así ha sido siempre en esta abarrotada ciudad ubicada en la orilla del río Huang-pu. “Tradicionalmente, gente de todos los puntos de China ha venido a hacer sus compras aquí’, me explica un comerciante local. “Shanghai hace toneladas de cosas para vender”. Después de que se suscribieran los acuerdos en el siglo XIX, las principales casas comerciales de Europa y Estados Unidos también se lanzaron. Dejaron atrás un legado de arquitectura posvictoriana y art decó (y una reputación de decadencia) que sigue influyendo en la identidad de la ciudad.
Incluso durante la Revolución Cultural, la gente seguía viniendo a comprar en los apenas üurninados pasillos de la Tienda de Departamentos Número 1 de Shanghai.
Desde entonces Shanghai se ha transformado. Ostentosos rascacielos modernos (como el Centro Financiero Mundial de Shanghai) han aparecido como hongos por doquier, arrasando con antiguos vecindarios. Ha surgido un nuevo espíritu de riqueza y sofisticación. Ahora apenas puedo distinguir a la ciudad que vi por vez primera en 1988.
Esta noche, mientras Lele y yo nos abrimos paso por los corredores de Almacenes Pacificques, los precios son negociables. Por desgracia, las normas generales del regateo -como ofrecer una tercera parte del precio inicial que pide el vendedor- son inútiles porque ese precio inicial varía muchísimo, depende de lo atrevido que sea el comerciante.
Aprendí a lidiar con eso a principios de la semana. Yen Fan, otra pariente de mi esposa, me llevó al mercado de Dongtai Road para mostrarme su táctica de regateo. Los puestos de Dongtai se especializan en “antigüedades” chinas para los extranjeros -jarrones “antiguos” verde celedón, muebles “prerre-volucionarios”, artefactos surtidos de la “era de Mao”, todos de reciente fabricación en serie y envejecidos artificialmente para simular originales auténticos. En Huaihai Road, que Shanghai reivindica como el gran mercado de China, parece más fuerte que nunca. “Empecemos por aquí”, anuncia Lele mientras me lleva al departamento de bolsas y accesorios. Abundan las superficies brillantes, al igual que las etiquetas de precios caros. “Sólo vengo aquí para ver -me comenta-, luego salgo a las calles cercanas a comprar algo similar”.
Lele me explica que Huaihai Road, al igual que otros distritos de tiendas departamentales como Nanjing Road y Xujiahui, está rodeada por calles llenas de tiendas y boutiques más pequeñas. Tienen nombres como Skylight Shop, Riot GRRLy la Dote de Madame Mao. “La calidad quizá no sea tan buena. Pero el precio puede ser mucho más barato; si sabes regatear”, agrega Lele.
¡Oh, regatear! Habilidad indispensable para cualquier comprador en Shanghai. Aquí fuera de los almacenes, los supermercados, los centros comerciales de lujo y las bouti-

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