Viajar a la india Archive

El hormiguero humano de Pushkar


EL VARIADO HORMIGUERO HUMANO QUE SE DA CITA EN PUSHKAR
Durante los días en que se celebra la Feria, la actividad es extraordinaria y la variedad del espectáculo humano impresionante: comerciantes de telas, de joyas, de animales; camelleros que tratan de mantener controlados a los animales; gurús y saddhus (hombres santos o sagrados) predicando con vehemencia a la multitud la palabra de las sagradas escrituras hinduistas; mendigos harapientos que suplican unas monedas o un poco de comida con qué mitigar el hambre, tan extendida en la India; turistas occidentales cuyas cámaras no cesan de funcionar; y hippies que han recorrido enormes distancias desde Europa y América en busca de una nueva fe religiosa.
La actividad bulliciosa y mundana del día cede el paso a las celebraciones nocturnas, convirtiéndose la luna llena en factor de comunión espiritual para todos. No hay palabras con qué describir la sensación que experimentan los que presencian por primera vez el espectáculo, más que impresionante, de miles de hombres y mujeres que prácticamente inundan las calles de la población, como un río humano desbordado, cantando al unísono mantras y plegarias cuyos ecos resuenan claramente en las cercanas estribaciones del desierto. Después de recorrer la ciudad, esta fervorosa masa humana escala las colinas que se alzan a cada lado de Pushkar, dirigiéndose hacia los templos de Brahma y el de su consorte Savitri o Saraswati.
Al amanecer del día siguiente, concluye la procesión que ha recorrido las callejuelas del pueblo y los peregrinos, que ya han llegado a orillas del lago, comienzan a sumergirse en sus aguas benditas para purificarse, ante los ojos omnipresentes del Creador del Universo.
Una vez que las aguas sagradas han bañado sus cuerpos, y cumplida su misión en Pushkar, los peregrinos empacan sus pertenencias, cargan sus camellos y, montados en ellos, se pierden en la distancia, levantando tras sí nubes de polvo y arena del desierto. Los turistas, satisfechos con la experiencia y cargando numerosos rollos de imágenes y otros recuerdos, suben a los autobuses que esperan por ellos. Los hippies, por su parte, emprenden también el viaje de regreso, llevando consigo, si no la nueva fe que esperaban hallar, sí al menos las enseñanzas recibidas de un contacto humano poco común. Y Pushkar, el lago cuyas aguas brotaron de los pétalos de la flor divina, queda atrás, con sus pobladores que otra vez reposan tranquilos y que aguardarán, durante un año más, el siguiente episodio de esta tradición que se viene observando desde hace siglos.

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El pueblo de pushkar


DE PUEBLO SOÑOLIENTO AL TORBELLINO DE UN FESTIVAL RELIGIOSO Y COMERCIAL:
Durante todo el año, el aspecto exterior de la pequeña ciudad de Pushkar (cuyo nombre a veces se escribe también Pushkara) es el de uno de tantos pueblos de la India, con sus vacas sagradas deambulando por las calles estrechas, sin ser molestadas siquiera cuando, hambrientas, se alimentan de las telas de algodón de los mercados (lo más que pueden hacer los comerciantes en tales casos es arrodiliarse ante el animal y rogarle que deje de comerse la tela); con sus mendigos semidesnudos, implorando la caridad pública; con sus comerciantes, luciendo en las cabezas turbantes de color rojo o anaranjado brillante, típicos de este estado, efectuando sus habituales transacciones mercantiles; sus mujeres vistiendo los hermosos saris de Rajasthan —tan apreciados en toda la India— y regateando precios en los puestos de verduras. Pero ya a finales de octubre, todo comienza a cambiar. Pushkar deja de ser un remanso de paz para convertirse en una extraña paradoja en la que el fervor y el misticismo se combinan con los negocios; los sabios y los peregrinos intercambian pensamientos e ideas filosóficas y los pecadores se purifican en las aguas sagradas del Lago del Loto.

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La feria de Pushkar


El lago y la ciudad de Pushkar se encuentran casi en el centro del populoso estado de Rajasthan (cuya población es de más de 20 millones de habitantes), en el que se celebran otros dos festivales anuales: el Holi (en febrero y mar-zo), y el Teej (en junio y julio). La Feria de Pushkar, sin embargo, tiene características propias, no sólo por la peregrinación en masa que atrae, sino también por esa curiosa mezcolanza de asuntos divinos con actividades comerciales, ya que los campesinos de la región aprovechan la extraordinaria afluencia de peregrinos para venderles sus productos agrícolas y animales domésticos
Además de los mercaderes locales y de los labriegos de la campiña circundante, acuden a Pushkar para participar en la Noche de Plenilunio y en el extraordinario intercambio comercial a que ésta da lugar, miles de caravaneros procedentes de todos los rincones del estado de Rajasthan y de los estados aledaños. Aun desde el Irán llegan numerosas caravanas, siguiendo una ruta que tiene miles de años de existencia.
La mayoría de los viajeros procedentes del interior del país utiliza camellos y dromedarios como medio de transporte, llegando a concentrarse anualmente en Pushkar más de 80 mil ejemplares de esos animales. Esto ha dado al festival el tercer nombre por el que es conocido: la Feria de los Camellos. Los peregrinos llevan además un buen número de animales de otras especies para venderlos durante la celebración, y lo mismo hacen los campesinos de toda la región, entablándose entre ambos grupos una feroz competencia por la clientela, la cual consiste principalmente de turistas occidentales y de aquellos peregrinos cuyo motivo más poderoso para asistir es de tipo religioso.
Una vez en los alrededores de la población, los integrantes de las caravanas levantan sus campamentos. Mientras los hombres atan las patas de los camellos para que no puedan escaparse y perderse (cosa que puede suceder muy fácilmente por el gran número de estos rumiantes concentrados allí), las mujeres colocan las ropas sobre las rocas de la orilla del lago y las golpean con un mazo de madera hasta dejarlas limpias. Al atardecer, comienzan a encenderse hogueras, utilizando como combustible el excremento seco de los camellos. Y al caer la noche del primer día de la Feria, el ruido que producen los cientos de animales y los miles de peregrinos allí congregados es ya ensordecedor.

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Pushkar el valle del loto


EL DESENVOLVIMIENTO RELIGIOSO DE PUSHKAR.
Con el transcurso de los siglos, fueron surgiendo los templos dedicados a las distintas deidades de la religión hinduista: los de Visnú Siva y, en lugar prominente, el dedicado a Brahma, el Creador, uno de los pocos que existen en su honor en toda la India. Desde este templo de Brahma se contempla lo que probablemente sea uno de los paisajes más impresionantes del mundo: el desierto visto a través del lago. El viajero o peregrino que llega a sus puertas, después de cruzar a pie o a lomo de camello la vastedad del desierto, no puede menos que experimentar una profunda sensación de paz al encontrarse ¡al fin! en un oasis.
De los distintos templos, los peregrinos escogen el que les quede más próximo, ya que cualquiera sirve “para comunicarse con el Infinito”. Según la religión hinduista —la más tolerante del mundo— Dios es el mismo para todos los seres humanos. La forma en que se le adore depende simplemente de las inclinaciones personales de cada individuo. Para ellos, los maestros fundadores de todas las grandes religiones —llámense Zaratustra, Gautama Buda, Jesús de Nazaret o Mahoma— han sido encarnaciones humanas del Dios único y, por tanto, cualquier templo es apropiado para acercarse a El.

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Pushkar un lugar exotico


Brahma, el creador del Universo, después de buscar por largo tiempo un ¡ugar adecuado para orar v meditar, se detuvo en las tierras del actual estado de Rajasthan, en la India. De la flor de loto que llegaba en la mano cayeron tres pétalos a tierra; y de estos tres puntos comenzó a brotar agua en tal abundancia que pronto se formó un gran lago al que el pueblo consideró sagrado desde su nacimiento, al que puso por nombre Pushkar, que quiere decir “Lago del Loto”.
Aquel lago, que según la tradición fue creado milagrosamente por los pétalos de la flor de Brahma, no tardó en convertirse en punto obligado de reunión de peregrinos procedentes de todas partes de la India e inclusive del extranjero. Con el transcurso de los años, creció a sus orillas una apacible población —llamada también Pushkar— cuya fecha de fundación no se conoce siquiera con aproximación.
Este misterio, en realidad, no tiene nada de extraño. Los historiadores siempre se han enfrentado a grandes dificultades al tratar de desenredar la madeja de leyendas, mitos y épicas que integran los más de 5.500 años de historia del pueblo hindú, y todos los esfuerzos realizados para ordenarla cronológicamente han sido inútiles. Por consiguiente, la mayoría de los textos explica simplemente que la fundación de Pushkar y la iniciación de su extraordinario Festival del Plenilunio —así llamado también porque coincide con la luna llena de octubre— ocurrieron “…en épocas muy remotas”.

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La cultura de calculta


La vida cultural es aquí más rica que en otras ciudades con mayor pujanza económica: obras de teatro, conciertos y recitales de poesía se anuncian todos los días en los periódicos locales.
Y luego resplandece la belleza furtiva de algunos de sus rincones: los vendedores de claveles entre la neblina a orillas del Hooghly; la perspectiva majestuosa del Maidan; el interesantísimo Museo Indio de Arqueología; la catedral de San Pablo; o el Marble Palace, un edificio del siglo XIX, destartalado y lleno de polvo, pero surrealista y fantástico, que alberga una curiosa colección privada de esculturas y pinturas.
Uno de mis viajes coincidió con una huelga salvaje de siete pilotos de Indian Airlines: protestaban por la decisión de la compañía de destinarles a Calcuta. ¡Ni siquiera los indios quieren vivir aquí! Al igual que la mayoría de los visitantes extranjeros, ellos prefieren recordar la ciudad como una experiencia más en sus vidas, una oportunidad de ser testigos de lo peor que puede ofrecer la existencia. Pero nada más lejos de la realidad: Calcuta es el lugar idóneo para replantearse la escala de valores y curarse el “mal de civilización”.
A los depresivos de los países del Primer Mundo yo les recomendaría, pues, venir aquí. El éxito terapéutico está garantizado. La ciudad no cambia, pero transforma a quienes la conocen. Pobre, sucia y caótica, pero ante todo generosa. Es la paradoja de Calcuta.

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Tour a la india


Aparte de la religión, la política, la anarquía y el caos marcan la vida de la capital de Bengala. Y sin embargo, es una de las urbes más seguras de la India. Una mujer puede pasearse de noche o de día por todos sus barrios con toda tranquilidad. Los extranjeros también. Es lo insólito de este lugar, una calamidad perpetua que se redime constantemente. A ello ayudan sus poetas y artistas: no es casualidad que el mayor director de cine indio, Saty aj it Ray, fuese oriundo de aquí.

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Circuitos por la india


La miseria es tan tremenda que quien la conoce levanta las manos horrorizado y se da la vuelta; sin embargo, la ciudad es también un prodigioso muestrario de la capacidad humana para enfrentarse a situaciones límite. Basta con pasear de noche por las calles. Entre los miles de infiernillos centelleantes, pertenecientes a las familias que viven en las aceras, baja de un carrito de la Orden de la Madre Teresa una joven misionera envuelta en un sari blanco y recoge el cuerpo de un indigente al borde de la muerte. En momentos como este, Calcuta deja de ser la puerta trasera del infierno para convertirse en la ciudad de la esperanza.

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Calcuta y su turismo


Incluso los mendigos están organizados. En el templo hindusta de Kali, uno de los más sagrados de la India, un indigente ciego de 25 años ha conseguido imponer un sistema para que los tres tipos de menesterosos -niños, religiosos y discapacitados- dejen de pelearse y compitan limpiamente por las limosnas. Con la mayor densidad humana del planeta, Calcuta está llena de gente que ilumina con su dedicación, inteligencia e imaginación la oscuridad de la pobreza.

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Postales de Calcuta India


Dentro de la jerarquía social desparramada por las calles de Calcuta, parece que siempre es posible encontrar a alguien aún más desvalido. Grupos de mujeres del estado de Bihar, el más pobre de la India, viven en la acera de la avenida Chandra Bosé. Su trabajo consiste en buscar entre las cenizas trozos de carbón que no se hayan consumido para revenderlos a los vendedores ambulantes de té. En otras zonas actúan las basum wallahs, dedicadas a cambiar platos de hojalata por saris usados, que luego arreglan y revenden. O los thela wallahs, los individuos que empujan esos largos carritos utilizados para el transporte local de mer-
cancías. O los famosos hombres-caballo, que tiran de sus ciclocarritos entre el tráfico endiablado; es la única ciudad del mundo donde todavía existen los taxis humanos.

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