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Uzbekistan turismo


Un mar que mató el hombre.

Moynaq es un lugar donde se aprende de las terribles consecuencias ambientales a causa de la estupidez humana.

Uzbekistán es un país de ciudades de leyenda. Samarcanda, Bujara y Jiva, con sus mezquitas, minaretes, seminarios y murallas evocan tiempos de sultanes y largas caravanas de camellos, inciensos, especias, joyas y sedas. Los viajes, sin embargo, no sólo nos pueden embarcar en placeres y lujos. También sirven para aprender.
Unos 400 kilómetros al norte de Jiva está el Mar de Aral. O estuvo, mejor dicho. El cuarto cuerpo continental de agua salada del mundo, con 68 mil kilómetros cuadrados, hoy se ha partido en dos y tiene una extensión de 17 mil kilómetros cuadrados. En donde había agua, peces y aves, ahora sólo hay arena, sal, polvo, y decenas de cadáveres de metal oxidado. Moynaq, un antiguo puerto pesquero de 40 mil habitantes, al que llegaban los turistas para disfrutar sus playas y tomar sus baños medicinales, ahora es un pueblo semiabandonado.
La desaparición de un cuerpo de agua masivo afectó el clima en una extensa región de Asia Central. Los días sin lluvia aumentaron de 35 al año a 120. El aire se hizo más seco. De las 173 especies animales que había, sólo sobreviven 38. En el antiguo lecho marino, ahora expuesto al sol, se forman inmensas tormentas de arena, sal y compuestos químicos tóxicos que barren la zona. A cientos de kilómetros de Moynaq, al margen de la carretera, se pueden ver depósitos blancos y pardos de los residuos arrastrados por el viento. Más cerca del pueblo, la última parte del camino, es como un estrecho terraplén construido sobre una planicie seca. Hace 25 años, Moynaq estaba en Ush Say (Cola de Tigre), una península conectada a tierra firme por esta calzada. Y lo que se puede ver a izquierda y derecha -dunas y más dunas-, entonces estaba cubierto de agua.
Tras llegar, un grupo de adolescentes se acercó a preguntarme si era un investigador con una solución para el desastre. Dicen ahí: “Si cada científico que viene a estudiar la desecación del Mar de Aral llegara con una cubeta de agua, ya lo hubieran llenado de nuevo”.
En-1959, los burócratas de Moscú concibieron un plan ambicioso para irrigar extensos pedazos de desierto y transformarlos en plantaciones de algodón. El agua del Mar de Aral provem’a de los ríos Amu Dar-ya y Syr Darya. Desviaron el líquido a través de extensas redes de canales. Como no estaban entubados, sino al aire libre, y no los hicieron a prueba de filtraciones, una parte considerable del agua se pierde por evaporación solar y fugas. Además, convirtieron los ríos en un vertedero de desechos químicos, que fue lo que llegó al Mar de Aral. En dos décadas, los peces y muchas especies murieron por envenenamiento y las aguas se retiraron. Hoy, la costa está a 160 kilómetros del antiguo puerto.
Llegué al viejo muelle. Años atrás había visto la foto de un grupo de marineros que mostraban la captura de pescado. Ahora, sólo encontré un extraño cementerio. Siete cadáveres de barcos se oxidan casi en fila. Unos 500 metros a la derecha, hay otros dos. A un kilómetro y medio, más o menos, se asoleaba uno más.
Bajé por las escaleras que antaño conducían al agua. Los botes descansan sobre dunas de arena. Uno había perdido la cubierta metálica de la popa y parecía el costillar de un buey argentino tras el paso de cinco gauchos hambrientos.
Levanté escotillas, abrí puertas, me planté en un puente de mando. Quise imaginar días mejores, las manos del capitán sobre el timón, los marineros recogiendo las redes. Seguramente reían. Pero tal vez ya no mucho. Acaso ya se daban cuenta del triste futuro que se les vem’a encima. Seguramente constataban que el Aral era menos profundo, que las orillas retrocedían. ¿Habrán pensado en oponerse? ¿En actuar para proteger el medio ambiente para sus hijos?
La crisis llegó con una lentitud de décadas. ¿Cómo habrá sido la última jornada? Esos siete barcos están alineados por alguna causa. En cierto momento, los rudos hombres debieron haber comprendido que no se podía más. Trajeron sus botes con la última marea. Al descender de ellos, el charco ya se había alejado. Bajaron por las escalerillas, salvavidas al hombro, y plantaron sus botas impermeables sobre montones de arena reseca. Caminaron hacia el muelle. Y se despidieron para siempre del Mar de Aral y de sus vidas de pescadores. De un día para otro, los marineros se convirtieron en hombres del desierto.

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