París Archive

El parque André-Citroén


En los terrenos junto al puerto de Javel, que antes ocupaban las fábricas de automóviles, fue construido en 1992 el parque André-Citroén. Además del invernadero, el jardín cuenta con 10.000 árboles y 40.000 arbustos distribuidos en sus catorce hectáreas.

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San Luis en París


San Luis está hoy poblada de restaurantes encantadores, cafés, hoteles y puestos de helado.
En Los Vosgos se encuentra uno de los hoteles con mayor capacidad de seducción de la ciudad, el Pavillon de la Reine, donde dormir con complejo de conde sale por unos cuantos euros. Anticuarios, modistos, restauradores y propietarios de salones de té se reparten los soportales que parecen un hormiguero humano durante los fines de semana; para evitar incomodidades, mejor volver entre semana.
Avanzar por la Rué Francs-Bourgeois, en pleno barrio de Le Marais (cerquita de donde Gérard Dépardieu hizo de Cyrano de Bergerac y de la encantadora plazuela del Marché de Sainte-Catherine), para salir por una de las esquinas de la plaza es una de las sensaciones más placenteras que pueden vivirse en París.
También lo es cruzar el Sena por el Pont Marie y convertirse en un Robinson urbanita y burgués en la bucólica e impasible isla de San Luis. El amanecer en esta pequeña ínsula salpica de malvas y naranjas los muelles adoquinados que recorrían Camille Claudel y Baudelaire cuando vivían aquí. La gran escultora y amante de Rodin tenía su estudio en la isla, y el más maldito de los poetas malditos escribió en ella sus salvajes Flores del mal. Refugio tradicional de artistas, músicos, escritores y regios representantes de la alta política, la isla está hoy poblada de restaurantes encantadores, pequeños y caros hoteles, cafés y los puestos de Glaces Bertillon, los helados más famosos de la capital. Tal es así que puede decirse que es una diminuta ciudad dentro de la gran urbe.
París apaga sus días, nunca sus luces. La ciudad alarga su poética existencia por los muelles del Sena, entre las olitas de los bateaux-mouches y a la vera del Pensador de Rodin que, subido en su pedestal frente a la cúpula de los Inválidos, parece reflexionar antes de tomar la decisión más importante del mundo.

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La basílica de Saint Vincent de Paul


A los pies de la basílica de Saint-Vincent-de-Paul, unas escaleras conducen a los pequeños jardines que rodean la basílica, dedicada al santo fundador de la comunidad de las Hijas de la Caridad. Al fondo, el tráfico discurre por la plaza Franz Liszt y la calle Fenelon, a la derecha.

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La plaza del Marché Saint- Catherine


Desde el ángulo de la calle Carón, la plaza del Marché Sainte-Catherine es una isla de sosiego en el barrio de te Marais. Como está cortada al tráfico de automóviles, los restaurantes montan sus terrazas al aire libre en cuanto el tiempo lo permite. Pese a estar muy próximo a la ruidosa calle Saint-Antoine, el ambiente silencioso sólo es roto por las melodías de los grupos musicales callejeros. La plaza debe su nombre al antiguo priorato de Sainte-Catherine-du-Val-des Ecoliers, derribado en 1783 para abrir la citada vía.

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El barrio de Montmartre y su historia


Todavía quedan en pie algunos de los molinos de Montmartre:
El norte de París está dominado por la grandiosa cúpula blanca del Sacre-Coeur, reina perenne en la colina de Montmartre. Hay que acercarse a la Comuna Independiente de Montmartre al final de una tarde cualquiera entre semana, lejos de las hordas de turistas que cada sábado y cada domingo colapsan la Place du Tertre, ex universo mágico en el que los viejos y deliciosos émulos de los impresionistas dejaron paso hace años, muchos años, a vendedores de serigrafías de pintura naif fabricadas como rosquillas, y a caricaturistas de a menudo dudoso gusto y caché suntuoso.
Un poco apartado del mundanal ruido, el Museo de Montmartre ofrece un recorrido sentimental por aquella época dorada en que la colina atraía como un poderoso imán a los artistas del mundo entero.
Maurice Utrillo plasmó como nadie las borrosas tardes de la Butte Montmartre, de ese tejido abigarrado de calles y plazuelas con nombres como Rué des Saúles, Alameda de las Brumas, Rué Cortot o Rué Saint-Vincent. Hoy, todavía queda en pie alguno de los molinos de la Galette, cerca del Bateau-Lavoire de Picasso y del cabaret Le Lapin Ágil (El Conejo Ágil), casa de moral distraída y refugio recurrente para las inquietudes etílicas y sexuales de los habitantes de la colina a principios de siglo.
A Montmartre puede accederse a pie, serpentando por sus jardines, o en el encantador funicular que llega a la falda de la colina o, más prosaicamente, en un pequeño autobús llamado Montmartrebus, y que a la vuelta deja al viajero en pleno barrio de Pigalle. Donde, por cierto, la vida ya no es lo que era. El progreso ha traído los sex-shops y los peep-shows, shows-hard y demás variantes de espectáculos eróticos.
Abandonadas las alturas de la colina mágica y deslizándose hacia los alrededores del centro geográfico de París, los pies del visitante casi le obligarán a detenerse en la que muchos consideran invariablemente como la más parisiense de las plazas de París: la de los Vosgos. La que fuera antigua plaza Real convierte en puro ensueño algo tan frío como la simetría. Incrustada en el extremo este del barrio de Le Marais, a pocos minutos del Museo Picasso y casi a la sombra de La Bastilla, sus fastuosos pabellones de ladrillo rojo y tejados de pizarra son uno de los más codiciados objetos de deseo inmobiliario de la capital francesa.
No se sabe qué encierra más encanto, si los soportales de arcos redondeados, las mansardas (cubiertas de pendiente acentuada donde suelen abrirse buhardillas) que culminan cada pabellón, las cuatro fuentes de la plaza cuando se encienden sus luces a la caída de la noche, o la propia paz que se respira en el recinto, a pesar de estar junto a la Rué Saint Antoine, una de las principales arterias de esta zona de París. Aquí vivieron el cardenal Richelieu, Víctor Hugo (su casa, en el número 6, se puede visitar) y el ex superministro de Cultura francés, el socialista Jack Lang.

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París y sus calles famosas


París es un tarot gris, porque una especie imperceptible de destino aguarda a sus visitantes. En esa baraja donde apenas cabe el azar y donde, es bien sabido, todo ocurre porque ha de ocurrir, caben infinitas versiones del mismo mundo: entre los tejados aéreos y grises de Doisneau y las callejuelas empedradas y húmedas fotografiadas por Atget hay parecida distancia que entre el canal Saint-Martin, filmado por Carné, y los viejos cafés inmortalizados por Renoir.
París, el tarot, el octaedro que diría Julio Cortázar desde su tumba de Montparnasse, está escondido o puede estarlo, según acierte su peregrino a sepultar evidencias, a olvidar estereotipos estomagantes.
Contemplando de frente el universo poliédrico llamado París, según se mira hacia arriba a mano derecha, una mancha verde en forma de hígado y con un punto azulado en el centro aparece ante los ojos reivindicando los galones de parque más misterioso de la ciudad.
El jardín Buttes-Chaumont (las Colinas de Chaumont), creado por Napoleón III al igual que los grandes pulmones verdes de Bolonia y Yincennes, surge entre el cemento y el asfalto como un islote solitario, a pesar de estar enclavado junto a Belleville, uno de los barrios más bulliciosos de la ciudad, una especie de pequeño Magreb en medio de París. Buttes-Chaumont: sólo el nombre evoca la triste suerte de las legiones de suicidas que, a principios de siglo, elegían el leve puente colgante para poner fin a sus días. El templete de Sybille, una copia fiel del que existe en Roma, constituía su última visión de este mundo.
Muy cerca, levemente hacia el oeste, entre el gran estanque de La Villette y la populosa y multirracial plaza de la República, el canal Saint-Martin extiende su bucólica silueta acuática. Es el lugar en el que Marcel Carné situó su inolvidable película Hotel du Nord, una de las expresiones culturales de más intenso aroma francés. Son las mismas manzanas, los mismos tejados de latón y los mismos muelles diminutos que inspiraron a Georges Simenon, las verjas negras y las mismas compuertas ante las que permanecía extasiado durante horas Cortázar antes de volver sobre sus pasos, hacia su casita de la Rué Gay-Lussac, para retomar con la pluma sus cronopios y sus famas.

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Viajeros en paris


París cuando se congela.
Enero en París. Creímos haber conseguido una tarifa excelente. Error. Al llegar, el clima era tan crudo que apenas podíamos salir. Nada de visitar el cementerio de Pére-Lachaise, subir la Torre Eiffel o caminar por el Jardín de Luxemburgo. Pasamos nuestros días revoloteando de un lugar acogedor a otro: cafés para beber chocolat chaud, boutiques, librerías y bistrós. El invierno nos recuerda que a pesar de sus atractivos culturales, las ciudades se edificaron para proteger a su gente que requieren algo más que un espolvoreo de la bonne vie. -Megan Wong, colaboradora de Christian Science Monitor.

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