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Turismo en shanghai


Cuando menciono a regañadientes que mi intención es adquirir un regalo para Elizabeth más modesto -quizá un suéter muy bonito- la siempre entusiasta Ling exclama: “¡No hay problema!” y me lleva a Baichun Digao, un fabricante, con sede en Shanghai, de prendas de cachemira de calidad.
Nos lanzamos a la sección de suéteres femeninos, Ling entabla negociaciones de alto nivel con tres de las vendedoras revisando al mismo tiempo cada prenda para verificar la calidad del material y su manufactura. Y antes de que me entere, hemos hallado el regalo que buscaba: un suéter negro confeccionado en cachemira, bellamente tejido y una delicada suavidad al tacto. Es absolutamente perfecto. Hasta el precio es correcto: 65 dólares por un suéter que en Estados Unidos costaría el triple por lo menos.
“Misión cumplida”, afirmo listo para dar por terminado el recorrido. Pero como Ling nos lleva otra vez hacia el centro comercial, es obvio que ella está lejos de haber terminado. “¿Qué sigue?”, pregunta mirando hacia ese mar de posibilidades de compra a nuestro alrededor. El día es joven y Ling -al igual que más de 17 millones de otros habitantes de esta urbe siempre cambiante- está lista para gastar hasta el último céntimo en compras sin escatimar.

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Moganshan road


Más de mi gusto es 50 Moganshan Road, que aún es un vecindario de artistas con edificios destartalados que recuerda al Soho neoyorquino hacia 1982. Cuando las fábricas dejaron este complejo a finales de los noventa, se mudaron artistas para montar sus estudios, seguidos por boutiques y cafés. Hoy día, el distrito ofrece galerías para husmear (ShangART y Art Scene Warehouse son las mejores) e incontables tiendas. Por ejemplo, Artdeco vende muebles bellamente restaurados del auge de la década de los treinta; y el Número 17 ofrece ropa con estética actualizada de imitación revolucionara conocida localmente como “McStruggle” (piensa en Helio Kitty en un traje Mao).
En Moganshan Road conocí a Jimmy Wang, director de la galería epSITE Shanghai y un antiguo guía de turistas. Un hombre compacto, con aspecto de neo-beatnik (perilla, vaqueros negros), Wang me da pistas sobre la estructura jerárquica de la venta al menudeo en Shanghai. “El lugar donde compras lo determina la clase de persona que eres”, explica ante una taza de té en su galería. “Sólo los extranjeros o los muy ricos van a West Nanjing Road o al Bund. Los empleados de oficina treintañe-ros van a Huaihai Road; los menores de 30 y con menos dinero van a Xujiahui. Por último, East Nanjing Road en su mayor parte es visitado por chinos de otras provincias”.
Más tarde descubrí que las verdaderas gangas de Shanghai se encuentran en otro lado: en los mercados de productos falsos que ofrecen imitaciones y los excedentes de existencias de los fabricantes. Encontré a los tres colosos de los bazares de productos de marca falsificados: Plaza Fenshine en West Nanjing Road; Yatai Xinyang, en la estación del metro debajo del Museo de Ciencia y Tecnología de Pudong, y Qipu Road, al norte de Suzhou Creek.
Una cosa es segura: estos no son lugares para los timoratos. Entre apretujones de comerciantes con artículos, sucumbo a la “catatonía del consumidor”, empezando a cuestionar los principios de las compras. ¿Realmente necesito esa bolsa “Louis Vuitton” de 25 dólares, aunque se vea que no es auténtica? ¿No tengo ya muchas cosas?
Sin duda, mis humores corporales tienen la drástica necesidad de reordenarse. Hago una rápida peregrinación a Jing’an Park, un antiguo cementerio al otro lado de la calle del Templo Jing’an. Una hora al lado del estanque, observando a una anciana hacer sus ejercicios de tai chi ayuda a devolverme mi propio sentido del equilibrio. Aunque, para recuperar plenamente la paz interior, decido que necesito un masaje terapéutico en los pies. Por suerte, juzgando por la enorme cantidad de locales de masaje en las calles, Shanghai quizá sea la capital china de la manipulación de tejidos blandos. Pero, a riesgo del cliente: si el letrero de “masaje” en un aparador es en neón chillante, quizá estás viendo un burdel. Para no errar, escogí una sucursal de Dragonfly, una cadena popular. Después de 45 minutos en una habitación iluminada por una luz débil, escuchando caer el agua de una diminuta fuente, mientras una esbelta pero notablemente fuerte mujer joven trabaja mis plantas y talones (más o menos por 20 dólares, incluidas dos tazas de té verde) me siento rejuvenecido.

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