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Turismo rural en inglaterra


LA ALDEA Y SU TORRE
Las esperanzas de un día soleado se desploman nada más al subir al auto que me llevará a Broadway. El chofer, un señor joven que presta servicios privados, parece estar familiarizado con los viajeros que se acercan aquí, a lo que él define como “la verdadera Inglaterra”. En cierto modo se alegra de que no lleve auto y de que la mayoría de mis recorridos sean a pie: “Es la única manera de ver esto”, me dice.
Veinte minutos después, y bajo un cielo igual de gris que el día anterior, nos detenemos frente al Bell Inn, un hotel situado a cinco minutos de Broadway, en la aldea vecina de Willersey, donde pasaré mi última noche. Tras dejar mi equipaje y reservar lugar para la cena, emprendo una caminata hasta mi verdadero destino, con la firme convicción de subir las colinas que alcanzo a ver entre la bruma, en donde se yergue desde 1799 The Broadway Tower, una locura arquiteet: rj es -o “Folly” en inglés- construida a partir del diseño del famoso arquitecto James Wyan y a petición del sexto Conde de Covenm; quien a su vez cumplía un capricho de su esposa. Desde la cima, en un día claro se alcanzan a ver 13 condados, de ahí que sea una de las principales atracciones turísticas de toda la región.
De todo mi recorrido, Broadway es el lugar que mejor calza con la definición de aldea. Una sola calle que colinda con el campo en sus cuatro extremos es todo lo que hay para ver. Para fines prácticos, la calle ha sido dividida en dos: The High Street y Upper High Street. La primera alberga toda la actividad comercial y económica. Algunos anticuarios, tiendas de interiorismo y dulcerías constituyen la mayor parte. Sin embargo, hoteles como The Lygon Arms -uno de los más grandes y lujosos, pero también uno de los más viejos, con cerca de 500 años de antigüedad- se asientan a cada uno de los lados de la acera. La carnicería, la tienda gourmet, la farmacia, un HSBC y la tienda de autoservicio recuerdan al paseante que por más lejos que parezca estar de las grandes concentraciones de gente y las manchas urbanas, el progreso propio de los países desarrollados no ha hecho excepción alguna con esta aldea que pareciera resistirse con toda su belleza a que el con-sumismo le robe su encanto.
The Upper High Street encierra el silencio de la zona residencial y también esconde la entrada al sendero que llega hasta The Broadway Tower, hacia donde finalmente me dirijo.
Una caminata de 40 minutos a campo traviesa me lleva a recorrer grandes extensiones de un verdor que se mezcla con el amarillo intenso de las flores silvestres. Cientos de ovejas balan a mi paso, pero no se acercan ni parecen asustarse. Deben estar acostumbradas al hombre que desde tiempo inmemorial las trasquila, sobre todo ahí en los Cotswolds, en donde la lana llegó a ser fuente de riqueza y motor comercial cuando nada de esto existía.
Arriba, en la punta de la torre, la atmósfera no pierde su magnetismo pese a que no alcanzo a ver ni un solo condado debido a lo nublado del día. En cambio veo a algunos paseantes que han salido a caminar con sus perros, pero fuera de eso la soledad es absoluta y el silencio elocuente.
Antes de que oscurezca debo volver a la aldea, el camino no es fácil para el que no lo domina y ya han dado las cinco. Broadway debe estarse preparando para la cena.
De nuevo en High Street, en la parada del autobús que me llevará a Willersey, no me queda más que esperar y echar una última mirada para despedirme del lugar que ya luce desierto. No sé si volveré alguna vez pero sé que cuando esté de vuelta en mi país, me consolará mirar mis fotos y saber que ese lugar -al igual que el resto de los otros que visité- permanecerá ahí, bello e impasible, tal y como lo ha hecho desde hace siglos. Me quedo pensando en eso y repasando k> que he visto; me servirá al momento de redactar un reportaje, supongo. Así que cuando el camión finalmente se detiene en la parada y me subo, estoy tan absorto que no escucho al chofer que me pregunta adonde me dirijo. Noto que me mira y le digo “a Willersey, al Bell Inn, que me esperan a cenar”.

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Kingham


CABALLOS, GITANOS Y ANTICUARIOS
A la mañana siguiente el clima ha cambiado. Toca ahora el turno a la lluvia y a un cielo cerrado. Stow-on-the-Wold no parece tan hospitalario como el pueblo vecino. La mayoría de las tiendas están cerradas y tras las ventanas de los hoteles no hay más que oscuridad. Un taxista de la zona, el señor Tony Knight, me explica rumbo a Kingham -una aldea situada a seis kilómetros de Stow, donde se encuentra mi hotel- que al día siguiente tendrá lugar como cada año “The Horse Fair”, una tradición gitana que encuentra sus orígenes en 1476 cuando Stow-on-the-Wold ya era el epicentro comercial de la región. Fue por lo mismo que en su día la autoridad eclesiástica de Evesham recibió una solicitud de los gitanos para que se les permitiera realizar dos ferias al año en esas tierras. El permiso fue concedido y desde entonces cada 12 de mayo y 24 de octubre tiene lugar esta feria que atrae a cientos de gitanos de toda Inglaterra para intercambiar caballos y saludar a viejos amigos.
Para el viajero suena como algo que valdría la pena presenciar, pero entonces, ¿dónde está la gente y por qué hay policías patrullando las calles y deteniendo a personas sospechosas? ¿Dónde están los demás?
“Hace todavía 15 o 20 años Stow recibía con gusto a la feria y sus gitanos, pero desde pocos años esto se ha convertido en un verdadero problema”, me dice Tony. “Los gitanos llenan las calles e irrumpen en los comercios, roban, asaltan y crean disturbios. La gente no sale de sus casas. Es por eso que los comercios cierran y los hoteles aprovechan esta semana para remozar sus instalaciones”.
Es una pena que todo esté tan muerto y que el único día que permaneceré ahí no pueda acercarme a la esencia del lugar, pienso para mis adentros. Mientras, Tony Knight cambia de tema: “Gloucestershire es el lugar donde toda la gente rica quiere tener su casas de campo. Tienen establos y gente a sus servicio, casas grandes, mansiones. Son tan ricos que no deben tener idea de lo que es la pobreza. Hasta el príncipe Carlos tiene aquí una residencia y a veces se le ve por ahí caminando, como si nada”. Me gusta que Tony sea tan amigable y que esto último no lo diga con resentimiento y que más bien lo comparta como un hecho o una referencia. Al llegar otra vez a Stow -ya de vuelta de dejar el equipaje en el hotel- noto que muchos locales sí están abiertos y que, aunque así no fuera, eso no debería importarle tanto a quien nunca antes ha estado ahí y todo debería resultarle más bien nuevo y digno de una mirada.
Casi a punto de detener el auto, Tony señala una vieja casa que dice The Royalist Hotel, considerado el Inn más viejo de toda Inglaterra, con partes del edificio que pertenecen al 947 d.C. Quizás sea este viejo vínculo con el tiempo lo que ha convertido al pueblo en un importante centro para el comercio de antigüedades. The Market Square o plaza central exhibe por lo menos dos o tres escaparates donde se apiñan muebles y cuadros que entonan bien con la atmósfera, aunque sin duda lo mejor de los anticuarios está en las callejuelas y sus vericuetos. Por suerte, a pesar de la lluvia y los gitanos encuentro una tienda de antigüedades que cuelga en su puerta un letrero de “Open”, y aunque el silencio y el olor a viejo que hay dentro de la estancia es abrumador, el dueño parece afable. Sus canas, su mirada y su vestimenta clásica encajan a la perfección con ese refinamiento que cabría esperar del verdadero anticuario. Desde luego los precios también encajan con esta idea; uno de los libreros que exhibe cuesta 25 mil libras, lo cual me recuerda que estoy en Inglaterra y salgo de la tienda.
Justo enfrente está The Borzoi Bookshop, una librería independiente que resguarda un verdadero festín para los amantes de los libros. Abundan los títulos relacionados con la vida del campo inglés y diversos tomos de Peter Rabbit. En especial, llama mi atención una colección de Penguin titulada English Journeys, compuesta de 12 libros escritos por autores clásicos que encierran reflexiones sobre las costumbres, la arquitectura y la gente del “Countryside”. En las calles somos ya pocas personas y el día empieza a declinar. Mi hotel en Kingham está a 10 minutos de distancia en tren, así que debo ir de nuevo a Moreton-in-Marsh para subirme al vagón y llegar sin tener que pagarle otra vez a los taxistas que ya han dejado de transitar. En el Tollgate Inn, la cena y dos vasos de Hook’s Norton, la cerveza local, ponen punto final a mi día justo antes de que la negrura de la noche envuelva los árboles que alcanzo a ver desde mi cama.

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Bourton-on-the-water


Mi primera parada es Bourton-on-the-Water, probablemente -según dice una página de internet- la aldea más fotografiada de los Cotswolds. En realidad es difícil saber si esto es o no cierto, de cualquier modo averiguarlo sería irrelevante, aunque no me extrañaría que así fuera dado que le llaman la Venecia de los Cotswolds, debido a un pequeño canal de aguas cristalinas que recorre la aldea de punta a punta y que de vez en cuando surcan diminutos puentes que son la delicia del lugar. The Oíd Manse Hotel, al igual que el resto de los restaurantes y tiendas, mira hacia estas aguas con el afán de atraer a los turistas e incluso a los locales que viven ahí, tras esas casas de piedra que parecieran no haber sido nunca construidas para ser habitadas, sino más bien con el fin de decorar el paisaje. Pero un recorrido a pie por las calles y senderos más alejados del centro termina por convencerme de que en efecto hay ahí un vida que discurre con una calma que permanecerá por siempre ajena no sólo a quienes vivan en una ciudad, sino a todo aquel que simplemente no viva ahí.
Conforme el día avanza, las calles, los pubs, y otros lugares comunes se convierten en un crisol donde la curiosidad del viajero se funde con la inercia de la cotidianidad. Es entonces cuando, por fin, uno tiene la sospecha de estarse acercando a la verdadera vida del lugar. Esta impresión la complementan unos niños uniformados, que de la mano de sus maestros abandonan la escuela situada justo enfrente de la iglesia, un edificio cuya parte más antigua, ubicada al pie del altar, data de 1328. Cosa curiosa es que los niños a su corta edad se vean obligados a mirar todos los días -al entrar y salir de sus clases- el cementerio que rodea al casco central de la iglesia (cristiana, como la mayoría de la región). Sin embargo, las lápidas están ya tan erosionadas y cubiertas de un fino musgo aterciopelado, que apenas se adivinan tras los árboles que protegen la intimidad de los muertos. De ahí que el andar de los niños rumbo a sus casas no se vea interrumpido por la presencia de viejas tumbas que seguramente ya nadie visita ni recuerda.
El reloj marca las cinco y el centro se ha despoblado casi por completo. Los comercios, discretamente, han empezado a cerrar y el silencio invita a acercarse al río y observar a los patos que nadan a contracorriente. No hay nadie afuera y el sol apenas ha cambiado del amarillo al dorado. ¿Adonde se han ido todos? El pueblo se ha sumergido en un mutismo que desorienta a los turistas. No me queda más que preguntarme qué diablos hago aquí, tan lejos de todo cuanto conozco; entonces, me doy cuenta de que a orillas del río hay unas bancas vacías que el sol todavía calienta; de que el silencio y la soledad, persuasivos, sugieren que me entregue a la mera contemplación del momento.

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Cotswolds de inglaterra


LOS COTSWOLDS.
Corazón de la vida inglesa.
Casi desconocido para el turismo latinoamericano, este rincón de Inglaterra esconde en su gente y en sus costumbres un estilo de vida que permanece ajeno al transcurso del tiempo y a los impulsos consumistas que riqen la vida de las grandes ciudades.

aleja de la estación de Paddington y la urbe comienza a diluirse con el campo, la idea romántica de que aún existan en Inglaterra aldeas y pueblos perdidos en medio del campo resulta más verosímil de lo que podría parecer estando en medio del West End londinense a las dos de la tarde. Pero no es hasta que el tren deja atrás las ciudades de Slough, Reading y Oxford que la idea toma una forma verdadera y entonces sí se convierte en certeza. Afuera, en la ventanilla, sólo hay un verde uniforme que se extiende hasta donde alcanza la vista; por allá, algunas ovejas alegran la vista y a lo lejos destaca, entre las copas de los árboles, el pico de una iglesia.
Cuando el tren se detiene, el letrero de la estación dice Moreton-in-Marsh, mi parada. Al menos por tren, este pueblo es la mejor puerta de entrada a una región rural donde la belleza y la calma, junto con el color de las casas -construidas a partir de grandes bloques de piedra color miel- son el común denominador. Los Cotswolds constituyen una zona ubicada al suroeste de Inglaterra en el condado de Gloucestershire, compuesta por una constelación de pueblos, casas y aldeas, en las que aún hoy prevalece un estilo de vida que se rige por la búsqueda de rincones acogedores, pequeños comercios, tea ro-oms, mercados, tiendas de antigüedades y, aunque parezca mentira, por un turismo que a lo largo de los años, con mucha paciencia, ha ido descubriendo el encanto del lugar.
Es precisamente esto último lo que con el paso del tiempo ha detonado lentamente la proliferación de Inns, que al más puro estilo de las viejas posadas ofrecen un alojamiento tipo casero que nada tiene que ver con el hospedaje tradicional que caracteriza a las grandes cadenas hoteleras. Aquí, en cambio, cada habitación tiene su propia personalidad y es común que la decoración varíe de una a otra aún dentro del mismo hotel. Las chimeneas, los pubs alfombrados, los restaurantes y el rechinar de la madera bajo los pies son -no obstante- características que todos comparten y que por momentos le hacen sentir a uno que ni siquiera en el propio hogar se podría estar mejor.
Casi cada hora, un camión del transporte público sale de Moreton-in-Marsh rumbo a dos de los principales destinos de la región, uno de ellos Stow-on-the-Wold, y el otro Bourton-on-the-Water. Entre ambos, se levantan dos pequeñísimos poblados conocidos como The Slaughters, en los que más que otra cosa se pueden apreciar casas típicas, pubs, tiendas locales y el hotel de lujo The Lords of the Manor, que brinda servicio a los viajeros en un edificio del siglo XVII.
Por ser tan rural, las vías férreas no llegan a todos los destinos, así que debo recurrir al transporte público, y de paso mezclarme con los habitantes que lo utilizan como único medio de trasporte.

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Ciudades de inglaterra


ME HE PASADO DÍAS MIRANDO desde la distancia la cúpula de Saint Paul. Ahora estoy parado junto a la obra maestra de Wren, una de las catedrales más famosas del mundo. Comparte la Paternóster Square con edificios pos-modernos de oficinas, y el horizonte oriental con el Pepinillo. Me uno a un grupo que explora el extenso interior, que está iluminado por la luz que proviene de la célebre cúpula de Wren. El techo de la nave mayor es una intrincada mezcla curvilínea de oro y mosaicos predominantemente azules y verdes; el vitral que se alza detrás del altar recibe abundante iluminación. He aquí una estructura, pienso, que puede competir con cualquier estructura nueva, tal vez no en altura, pero sí en cuanto al efecto de moderación en las vistas y en los sonidos que la rodean: una especie de tranquilizante arquitectónico.
Un sacerdote joven está rezando por todos los afectados por la confusión de las finanzas globales, “en particular por los de aquí, de la City”. Los visitantes se mueven en silencio a lo largo de las paredes con audífonos puestos. Tomo las escaleras que suben hacia el cielo para tener una perspectiva totalitaria de este experimento urbano sin parangón que es la City, subiendo primero a la galería en la base de la cúpula, y luego hasta la Stone Gallery. El gentío deja pasar a unos cuantos que con determinación se aferran a unas escaleras en espiral de hierro. Luego del escalón 528, emerjo al aire libre en la Golden Gallery, desde donde se tiene una vista de 360 grados.
El viento está soplando, pero el ritmo de innombrables herramientas hidráulicas se oye más fuerte. Un pequeño ejército de proverbiales hormigas labora mucho más abajo, con camisetas amarillo brillante y cascos de obrero. Siento completa la fuerza visual del 30 de la calle Mary Axe y de sus competidores, y la disminución de las asociaciones románticas del pasado. Todas esas iglesias históricas, los pubs, las bolsas mercantiles, los parques, las tiendas que he visitado, parecen haber sido tragados por la acumulación de lo nuevo para dar acomodo a cantidades de gente que ni un Dr. Johnson, ni siquiera un Dickens, pudieron haber imaginado.
Pero las ciudades se aprecian mejor en close-up, desde el pavimento, no desde esta perspectiva capaz de provocar hemorragia nasal. Allá abajo, el pasado y el presente coexisten de manera admirable, en mi opinión. La nueva arquitectura de la City puede ser brillante e imponente, pero también necesitamos esos viejos edificios y espacios abiertos para relajar la mente y hacer tolerable la intensidad urbana. Sin ellos, no podemos tratar de entender el presente. James Conaway y Catherine Karnow son dos colaboradores constantes en la edición estadounidense de Traveler.

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Iglesias de inglaterra


“Vendemos más champaña que cualquiera de las otras tiendas que tenemos en Londres”, dice Diosa Podda, empleada de Oddbins, una tienda de vinos. “Nos llega gente aquí que compra burbujas cuando el mercado está a la alza, y nos llega cuando está a la baja”.
La tienda vecina es A. Booth, Ltd., floristas, es el establecimiento que más tiempo lleva en Leadenhall. El propietario Terry Dawson me relata cuánto extraña las viejas tiendas de carnes de aves de corral y de caza. “Las últimas en irse fueron las pescaderías. Se fueron porque las casas financieras dejaron de tener sus propios chefs y mayordomos, los cuales solían bajar aquí diariamente para comprar. Hoy día todos comen fuera”.
Los callejones están llenos de gente, muchas personas están enviando mensajes de texto o están pegadas a sus teléfonos celulares. Pero detente y pídeles que te indiquen direcciones, e invariablemente te serán útiles; la gente es tan agradable como apresurada. Corredores de bolsa que toman una pinta afuera de la Lamb Tavern conversan con colegas mientras observan a otros trajeados subir y bajar por un costado del edificio Llo-yd en asombrosos elevadores de cristal. Cuando esta gigantesca aseguradora internacional construyó estos cuarteles generales en 1986 causó sensación, pues parecen un amontonamiento de gigantescas latas de plata, y con tuberías y ductos expuestos: una estructura sacada directamente de la película The Matrix.
Ninguno de estos nuevos edificios existía cuando vivía en Londres, y toma un poco de tiempo acostumbrarse. Cuando le pregunto a un guardia de seguridad acerca del fenómeno del Lloyd’s, me dice en tono confidencial: “A algunos les gusta; otros creen que es endemoniadamente horrible”. El más reciente y el más controvertido de los edificios nuevos en la City es el número 30 de la calle Mary Axe, de 40 pisos. Diseñado por Foster & Partners, una de las firmas de arquitectura estelares en Inglaterra, localmente se le conoce como “Pepinillo” (los londinenses adoran sus sobrenombres culinarios), pero para mí parece más bien como un dirigible negro recubierto con cintas de acero y colocado verticalmen-te. Su exterior de doble capa está diseñado para máximo aislamiento, y es el rascacielos con las bases ecologistas más sólidas en todo Londres.
Acurrucada entre el Lloyd’s y el 30 de St. Mary Axe se localiza una modesta iglesia pequeña del siglo XVI, Saint Andrew Undershaft, cuyo nombre hace referencia al palo de cintas que alguna vez se erguía frente a ella (undershaft significa bajo el asta). Esta iglesia atrae las miradas, apartándolas de los gigantes que se alzan a su alrededor, con su economía de escala y con el contraste de su textura de piedra erosionada por el tiempo. Parte de la genialidad de la preeminencia de la City como uno de los más importantes centros financieros del mundo ha sido la preservación de edificios antiguos, los cuales suavizan a los nuevos y ofrecen un complemento histórico. Saint Andrew, al igual que otras más de 40 iglesias aquí, dos de ellas con por lo menos mil años de antigüedad, minimiza las calidades discordantes de los estilos contemporáneos que entraron en competencia, y nos recuerda la estética de épocas anteriores.

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