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Visitando el Houston Space Center


Visitando el Houston Space Center

Houston Space Center
Acerqúese al Espacio
A una hora de la ciudad se encuentra la matriz de la NASA, el centro de control desde donde los astronautas -que diariamente orbitan la Tierra a bordo de la Estación Espacial Internacional- reciben sus órdenes. En parte museo y en parte un centro de control funcional, este complejo le ofrece al visitante un fascinante paseo por la historia de la exploración del espacio, con artefactos, fotos y testimonios que hacen de esa odisea por la galaxia más entendióle y emocionante. Diseñado por Disney, el museo tiene aspecto de un parque de diversiones y funciona como un didáctico museo interactivo que fascinará tanto a los niños como a los adultos. Entre las diversiones están los simuladores, en los cuales uno puede intentar aterrizar el Shuttle, acoplarlo a la estación espacial o utilizar su brazo robótico para rescatar un satélite a la deriva, tareas nada fáciles. También hay un cine con una pantalla IMAX (la más grande en todo Texas) que exhibe películas acerca del entrenamiento y trabajo de los astronautas, mientras que en otro teatro se le explica al visitante cómo es la vida a bordo de la estación espacial, con un enlace en vivo a 240 millas de altura. Un paseo en tranvía llevará al turista por las instalaciones de la estación, incluido el centro de control de misiones, desde donde se supervisaban las misiones a la Luna. Otra galería dedicada a esta hazaña exhibe pedazos de roca de la superficie lunar, además de otros aparatos utilizados en las misiones.

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Donde comer en Houston


Donde comer en Houston

Variedad para todos
Por contar con una interesante mezcla de etnias, Houston le ofrece al visitante una gran variedad de comida, desde la mexicana, que se manifiesta en pequeños locales que sirven tacos y tamales como Taco Cabana, (500 Dallas Street) hasta grandes restaurantes Tex-Mex, como La Mexicana (1018 Fairview Steet). El Theater District, en el centro de la ciudad, está repleto de restaurantes y bares, muchos de los cuales permanecen abiertos hasta muy tarde. El Aquarium Restaurant (410 Bagby Street) ofrece la observación de peces en el acuario dentro del restaurante mientras se disfruta de platillos de mariscos. Muy divertido para los niños. Para mariscos y comida tradicional norteamericana, está el Post Oak Grill Restaurant (1111 Louisiana Street). Para comer al ritmo de música en vivo, sobre todo jazz, en el centro de la ciudad hay varias opciones buenas. El Sambuca Jazz Café (909 Texas Avenue) ofrece un extenso menú de carnes y mariscos, y diariamente tocan bandas de muy buen nivel. El lugar es enorme pero, por estar dividido en secciones con una iluminación muy sutil, logra crear un ambiente íntimo ideal para parejas. El Red Cat Jazz Café (924 Congress) también ofrece música en vivo, buenas bebidas y comida en un ambiente bohemio.

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Los museos para conocer en Houston


 Los museos para conocer en Houston

El distrito de museos
Toda la cultura a poca distancia
Los museos de la ciudad están ubicados a corta distancia entre sí, en el Museum District. El Museum of Fine Arts of Houston (5601 Main St) abierto de martes a domingo) es uno de los museos más grandes de Estados Unidos y alberga una extensa colección de arte, con obras que datan desde la antigüedad hasta los tiempos modernos. Además de su colección permanente, el museo es también anfitrión de exposiciones itinerantes, organiza cine clubes y conferencias y cuenta con una excelente librería. Afuera del complejo, el Lilli and Hugh Roy Cullen jardín de esculturas es un espacio tranquilo adornado con interesantes obras de varios artistas. El Contemporary Arts Museum (5216 Montrose Boulevard, abierto de martes a domingo) se encuentra en un edificio metálico y consiste en dos niveles de exposiciones temporales, además de una librería con títulos en español e inglés. Este museo presenta exposiciones de artistas internacionales y regionales. El Houston Center for Photography (1441 West Alabama), abierto de miércoles a domingo) alberga exposiciones temporales de fotógrafos internacionales, con un enfoque en temas pertinentes al momento). Otros dos lugares de la zona que merecen la pena visitar son el Rothko Chapel (1409 Sul Ross), esquina con Yupon.

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Houston en fin de año


Houston en fin de año

Houston es la cuarta ciudad de Estados Unidos por su tamaño y tiene todo para ofrecerle al visitante: una selección extensa, casi delirante, para hacer compras, con grandes complejos o malls en donde se encuentra un increíble desfile de las tiendas más exclusivas del mundo; una interesante serie de museos, localizados convenientemente dentro de un solo distrito; calles forradas con tiendas de antigüedades, cafés y restaurantes, en los que se sirve una ex-
celente variedad de comida internacional; buena música en vivo, sobre todo de jazz; excelentes hoteles, bonitos parques y lugares a su alrededor para visitar, como el fascinante centro espacial Lyndon B. Johnson, a sólo una hora de distancia, y el campo de batalla, museo y monumento de San Jacinto, donde el estado logró su independencia cuando el ejército de Sam Houston derrotó a las tropas de Antonio López de Santa Ana en el año 1836.

 

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La Winter park resort en Colorado Estados Unidos


Winter park resort en Colorado

Winter Park Resort no es una de las estaciones de esquí más populares de Colorado, Estados Unidos, pero se encuentra a cien cómodos kilómetros de la ciudad de Denver, y no resulta tan caro como otros resorts en el estado. Además, sus pistas en cinco montañas están acondicionadas para todos los niveles. Si usted es primerizo y quiere probar suerte con el snowboard o el esquí, puede obtener gratis un día de ascenso a la montaña al contratar una lección para principiantes. Puede contratar una lección de sólo medio día, que dura dos horas y media, o una lección de día completo, que dura cuatro horas y media.

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Camino a alaska


Viajar para sobrevivir:
Recorrimos el norte argentino, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Belice, México, Cuba, Estados Unidos, Canadá, y llegamos a Alaska el 17 de junio de 2010, dos años y dos días después de haber salido. Manejamos 52 mil kilómetros, bordeamos precipicios, atravesamos cordilleras, pasamos volcanes, selvas, desiertos, puna y salares, pero también anduvimos por magníficas autopistas. Dormimos en cuarteles de bomberos, en la playa, bajo los árboles de un bosque, en barcos, en casas pobres, en el piso, en hamacas, en estaciones de servicio, en la calle, en estacionamientos, en el campo, pero también en mansiones. Comimos maíz en todas sus versiones, pezuñas, hormigas culonas, caña de azúcar, huevos de iguana, frijoles; pasamos días enteros a pan y agua, a coco, a almejas, a grillos, a huevos de hormiga, a yuca fermentada. No faltaron las sopitas instantí pero también comimos exquisitos platos gourmet. Para sobrevivir trabajamos en una parrilla, tejimos pulseras, hicimos trenzas en la playa, vendi mos postales en los restaurantes, cosechamos en una granja, escribimos un libro, lo imprimimos y lo vendimos, pescamos, cortamos leña, servimos mesas, tejimos crochet, hicimos empanadas, construimos casas prefabricadas, j untamos hongos y también recibimos regalos. Estuvimos rodeados de contrastes, aprendimos a aceptar cada situación que nos tocó vivir y siempre esgrimíamos nuestra frase: “por algo será”. Salimos con algunos miedos, sin saber con qué nos encontraríamos, qué haríamos cuando no hubiera más plata, o cuando no tuviéramos dónde dormir. Experimentamos nervios, como aquella vez en BolMa cuando los mineros cortaron la ruta y se respiraba olor a dinamita, o cuando entramos en Colombia. Vivimos situaciones de ansiedad cuando esperamos por dos meses un barco que nos cruzara gratis a Panamá, y pasamos momentos de adrenalina montados en una balsa de madera que nos llevó por las aguas de un violento mar Caribe. Más adelante, sentimos el poder arrollador de la naturaleza en la selva, en Costa Rica, bajo una gran tormenta con rayos que caían a sólo metros de nosotros. Es justo decir que además conocimos la solidaridad del pueblo americano; siempre recordaremos a aquel campesino nicaragüense que nos alojó en su casa junto a la frontera con Honduras, mientras esperábamos que pasara el estado de sitio por un golpe de Estado. La misma solidaridad experimentamos con los meseros que sacrificaban su propina para comprarnos las postales que vendíamos en los restaurantes de Centroamérica con que nos ganamos la vida un tiempo.
Aprendimos de todo con la ayuda de mucha gente que soñó con nosotros. Pero lo más importante de toda esta gran aventura, lo más importante, es que aprendimos a reír cada día.
Aymará y Juan Francisco uniendolastresamericas@hotmail.com www.uniendohstresamericas.blogspot.com

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Planeando viajar a alaska


Nos veíamos en la pileta durante los veranos o, cuando entrenábamos básquet y hockey, en el Club El Nacional de Bahía Blanca. En el 2002 ya éramos novios, y unos años después salíamos de viaje a empezar una aventura que se llamaría: una vida juntos. La verdad es que siempre nos gustó viajar; cada vez que podíamos agarrábamos la mochila y nos íbamos por ahí, de camping, a dedo; la idea era recorrer. Pero cada vez que salíamos, había que volver. Un día nos preguntamos:”¿Somos felices?” y fue ese interrogante el que nos llevó a asumir que nuestra mayor felicidad sería conocer lugares y gente de otras latitudes.
Así empezamos a pensar en “el viaje” con la idea de salir a recorrer América de punta a punta, desde Argentina hasta Alaska, en una camioneta. No nos importaba cuánto tiempo nos tomaría, ni todo lo que había que dejar, ni todo lo que habría que enfrentar. No nos importaba nada.
Viajar era para nosotros una manera de aprender, porque si bien estábamos en la etapa de la vida en que todos se zambullen en la universidad, nosotros creíamos que no había mejor lección que la que da la “universidad de la vida”. Estábamos convencidos de que viajando conoceríamos nuestro continente, su gente y las diferentes culturas, que exploraríamos sensaciones desconocidas y nos veríamos obligados a resolver todo tipo de situaciones para volver a esa práctica esencial: la supervivencia. Finalmente, teníamos la esperanza de descubrir una Aymará y un Juan que estaban dormidos y esperaban despertarse. I lora de partir
Elegimos Alaska porque es la última frontera, la excusa perfecta para tener que atravesar todo lo que hay antes de ella. Decidimos hacer el camino en Estanciera, con la intención de lograr algo casi imposible con lo mínimo: una camioneta vieja. Nos pusimos a trabajar. Hicimos listas de cosas necesarias, de países por recorrer; investigamos las rutas, compramos mapas y empezamos a programar nuestro gran viaje. Durante esos días de preparativos tuvimos miedo de no llegar al final y, en varias oportunidades, sentimos la necesidad de partir al día siguiente para achicar la ansiedad de la espera. Años atrás, mientras viajábamos en plan mochilero por la Patagonia, vimos por primera vez una Estanciera. Graciosa y simpática, toda pintada de amarillo, ella apareció mientras buscábamos un camping en San Martín de los Andes. Entoncedijimos “queremos una como ésa”. Así, empezamos a buscar en el diario de los domingos nuestro vehículo, hasta que después de un tiempo, Analmente apareció.
Aquel mediodía del 15 de junio de 2008 dejamos el trabajo, las obligaciones, las actividades que nos gustan, dejamos todo. Nos reunimos en el Teatro Municipal de Bahía Blanca con nuestras familias y amigos y nos subimos a La Celestina, nuestra Estanciera 65, pintada de celeste y blanco, con un mapa de América donde se veían los nombres de pueblos y ciudades por los que soñábamos pasar. Partimos sin tiempo y casi sin rumbo -sólo con dirección norte- en busca de aventuras. Una cámara de fotos, ropa de abrigo, una cama en la parte trasera, una rueda de auxilio, un cuaderno para escribir, botas para la montaña, tres mil dólares y mucha curiosidad. No nos importó salir casi sin dinero, incluso sin tener mucha idea de mecánica (partimos sin hacer cambio de aceite); sabíamos que nunca íbamos a estar totalmente preparados. Además, estar preparados significaba pocos problemas, pocas situaciones por resolver, significaba emprender un viaje muy aburrido. A los diez días se nos congeló el radiador en Mendoza, a los doce se quemó la junta y tuvimos que abrir el motor en San Juan, y a los tres meses nos quedamos sin plata. Así empezó una larga lista de lo que algunos podrían llamar problemas, pero que para nosotros sólo fueron oportunidades para pedir ayuda, conocer gente, en fin, oportunidades de aprender.

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Que ver en san francisco


Sus empinadísimas calles, sus tranvías y los movimientos ideológicos que se gestaron en esta ciudad de California la convirtieron en uno de los escenarios preferidos por los directores de Hollywood. La propuesta es recorrer ciertos barrios destacados, siguiendo las huellas de las películas más emblemáticas.

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Tour por napa valley


Para todos los gustos.
Aunque usted no sea un experto conocedor del vino, visitar la ciudad de Napa puede estar motivado por otras razones: una de índole arquitectónica y otra estrictamente culinaria. La primera tiene que ver con las construcciones del 1800 que la caracterizan, en las que se combinan los estilos italiano, Victoriano, español y art déco. La segunda se sostiene en la actividad gourmet. Uno de sus hitos imperdibles es el Oxbow Public Market. En un moderno galpón que se levanta a la vera del río Napa, conviven cafés, queserías y otras propuestas para degustar allí o durante el viaje; entre ellas se encuentra The Olive Press, donde los clientes pueden llenar sus propios recipientes con aceite de oliva recién prensado. Bien cerquita se encuentra el flamante hotel Westin Verasa, de la cadena Starwood. En él funciona La Toque, restaurante francés con una estrella Michelin, mérito del chef Ken Frank. No es el único reconocido por la prestigiosa guía francesa. Ubuntu se destaca por su cocina a base de vegetales y frutas provenientes de cultivos biodinámicos, es decir, basados en los ciclos lunares y en el enriquecimiento del suelo por medio de fertilizantes naturales. En esta tierra de viñedos también está presente el chef Masaharu Morimoto con su restaurante homónimo, que fusiona ingredientes locales con principios de la cocina japonesa. En otro orden de la cultura local, es de obligada visita la Napa Valley Opera House. Construida en 1880, aún se erige estoica tras haber sido testigo de seis guerras, del paso de 26 presidentes estadounidenses y de incontables inundaciones. Este delicioso merodeo por las viñas de Napa Valley y su enclave urbano dura 3 horas (el tren sale a las 11.30 de la Napa Valley Wine Train Statíon, con regreso a las 14.30) y cuesta u$s 124 por persona. Incluye almuerzo y degustación.

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El valle de napa


TREN A LAS UVAS.
El programa es por el día: salir de San Francisco con destino a los viñedos de Napa Valley
para recorrerlos en el exclusivo Wine Train. POR CONNIE LLOMPART LAIGLE. FOTOS DE EUGENIO MAZZINGH.

Cada año, más de cuatro millones de devotos del vino llegan a esta tierra prometida que se detecta a 80 km al noreste de San Francisco. Su popularidad la ubica en el segundo puesto de destinos turísticos más visitados de California después de Disneyland. Y podría decirse que en algo se asemejan. Napa Valley es algo así como un parque de diversiones para gourmets. Con el objetivo de que los visitantes se concentren sólo en el vino, los vecinos de Napa reflotaron una antigua línea de ferrocarril -construida en 1864 por Samuel Brannan, primer millonario de San Francisco, para portar a sus huéspedes a su balneario en Ca toga- e inauguraron, en 1989, el Wine Train. Una locomotora de 1910 arrastra la larga fila de vagones-restaurante en los que los pasajeros disfrutan de una serie de platos, maridados con vinos de la zona, y del paisaje que pasa veloz a través de los ventanales. El rito se completa con la visión de las tierras onduladas en las que impera el orden de los viñedos, un tapiz de uvas Chardonnay y Cabernet Sauvignon, sobre todo. Según el itinerario que se elija, el tren para en una de las bodegas, donde los pasajeros pueden degustar los vinos e interiorizarse de los pormenores de la vitivinicultura de esta región califor-niana, que alberga más de 200 firmas. No importa cuántas copas fueron cayendo a lo largo del viaje; lo único que queda por hacer es subirse al ferry que lo devolverá a San Francisco.

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