Ecoturismo Archive

Ecoturismo por méxico


Ecoturismo por méxico

LA VIDA SILVESTRE: LAS GALÁPAGOS DE MÉXICO
Intrav lleva a los observadores de la vida silvestre en una excursión de 9 días para avistar los animales y aves de México, entre ellos pájaros carpinteros, delfines, ballenas jorobadas y lobos marinos y el conejo de cola negra. Además, las aventuras con esnórquel revelan las múltiples formas de vida bajo la superficie del mar, desde el calamar Humboldt hasta peces ángel. Lanchas tipo zodiac lo llevan a las playas de pequeñas islas para hacer caminatas guiadas por expertos, y a las lagunas protegidas de Boca de la Soledad, a donde llegan las ballenas grises en el invierno. A bordo del Yorktown Clipper, con cupo para 138 pasajeros, todos los camarotes cuentan con vista exterior, y hay un salón de observación y un comedor íntimo para noches informales. Una excursión opcional de 4 días adicionales explora la grandeza de la Barranca del Cobre en Chihuahua.

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La provincia de Palena


Caracterizada por su exuberante paisaje, la provincia de Palena es la zona más septentrional de la Patagonia. Su capital, Chaitén, una agradable villa de 4.000 habitantes, está comunicada con Puerto Montt por avión(un vuelo diario) o por una barcaza que llega dos veces cada semana. Las calles, anchas y rectas, reflejan la juventud de esta caleta de pescadores que en 1933 sólo tenía tres casas y que cobró vida en los años ochenta con la construcción de la Carretera Austral. Si se recorre esta vía desde Chaitén en dirección sur, se puede disfrutar del espectáculo de la frondosa selva templada, alimentada por intensas lluvias. Ríos, volcanes y ventisqueros jalonan el camino; en una de sus curvas se puede ver la carlinga de un avión caído hace unos años, reconvertida en una vivienda hoy abandonada, a juzgar por la vegetación crecida en su interior. A través de un paisaje siempre verde, la carretera bordea el lago Yelcho y la Villa Santa Lucía, ubicada junto a un regimiento militar. De ahí surge un ramal que lleva al río Futaleufú,uno de los mejores del mundo para la práctica del rafting y el descenso en kayak. El pueblo homónimo se levanta en un idílico valle de clima benigno, situado a tan sólo nueve kilómetros de la frontera argentina.

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El parque nacional Torres del Paine


Mil veces fotografiado e incluido en todos los recorridos por la Patagonia chilena, el Parque Nacional de las Torres del Paine merece por sí solo un viaje, pues el ecosistema que alberga es uno de los más singulares del continente americano. Como si fuera una Alaska en miniatura, sus 181.414 hectáreas acogen montañas, lagos, glaciares, cascadas, bosques, estepas y abundante vida salvaje. Su conversión en Parque Nacional en 1959, y la posterior declaración como Reserva de la Biosfera por la Unesco en 1978 han logrado recuperar la zona, degradada por la sobreexplotación forestal y ganadera a la que fue sometida durante un siglo. El parque está ubicado a 113 kilómetros de Puerto Natales, entre la cordillera de los Andes y la estepa patagónica, y tiene acceso por las porterías (entradas) Sarmiento, Laguna Amarga y Laguna Azul, donde los guardaparques proporcionan información y mapas detallados sobre los posibles recorridos. En el interior conviven altitudes que van desde los 20 a los 3.248 metros del cerro Paine Grande, máxima cota de la zona, que goza de un microclima muy inestable. Durante el verano, en días de sol, el viento puede alcanzar velocidades cercanas a los 120 kilómetros por hora, mientras que en invierno no llueve ni nieva tanto como se podría suponer por su latitud.

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La fauna de la patagonia chilena


Entre los mamíferos terrestres destaca el guanaco (Lama guanicoe), un camélido de la familia de las llamas que vive en manadas en las llanuras, aunque en verano suele subir a las montañas en busca de pasto. También habita los altos pastizales el huemul, ciervo cuya elegante figura forma parte del escudo nacional chileno. Hoy está protegido, al igual que el pudú, el antílope más pequeño del mundo con sólo 50 centímetros de estatura. Todos estos herbívoros comparten un predador natural: el puma (Félix concolor) o león americano, habitante de las montañas y valles cordilleranos, y que, pese a las leyendas que corren, sólo ataca al hombre cuando se siente amenazado. Otras especies curiosas de las tierras patagónicas son el zorro culpeo, de hermosa piel castaña rojiza, y el zorro gris. Las frías aguas costeras de esta región son el habitat natural de numerosos mamíferos marinos, como la ballena (Balaena australis), la tonina, la foca o lobo marino de un pelo, y la foca de piel fina o lobo marino de dos pelos. También hay nutrias, peces como el róbalo, el pejerrey, el congrio, la merluza o la sardina, numerosos moluscos y crustáceos, y fabulosas aves marinas, entre las que destaca el pájaro niño, el pingüino rey, el pingüino de Magallanes, el cormorán y el quetro o pato a vapor, que al no poder volar, “corre” sobre el agua propulsandose velozmente con las alas como si fueran remos. Los cielos cordilleranos son el dominio del cóndor, el mayor ave del mundo, cuya envergadura con las alas desplegadas alcanza cuatro metros. Mientras, correteando por las estepas, se puede ver el avestruz o ñandú, un resto de esa ancestral fauna de tipo australiano. Desde los Andes hasta la costa pululan las águilas, los caranchos y las avutardas, y en los charcos y lagunas hay patos de todos los colores, cisnes de cuello negro, flamencos y unos gansos salvajes llamados caiquenes. Por último, los cortos pero caudalosos ríos patagónicos albergan numerosos ejemplares de salmones y truchas.

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Haciendo amigos en borneo malasia


HACIENDO AMIGOS
Salgo a dar una vuelta por la aldea. Me -esulta difícil entablar conversación, Dorque aquí nadie habla inglés. Todos me observan, y los niños me persiguen, me piden fotos y más fotos: la diversión consiste en verlas al instante, una anciana me mira con cara hosca. Las mujeres más viejas parecen ser las más reacias a las visitas. En una especie de callejón, un joven le corta el pelo a otro. De pronto, un hombre balbucea en inglés e intenta hablarme; Argentina, porque de allí son Messi y Maradona. Nos retratamos juntos y felices y quedamos en vernos a la noche, durante el agasajo que están preparando. Los Iban fueron guerreros muy temidos. Para certificar la victoria en alguna batalla, debían volver con las cabezas de sus adversarios. Cuando de una cuestión territorial se trataba, el cráneo enemigo probaba que aquel territorio ya no le pertenecía. Al trofeo de guerra se le sacaba la piel, se ahumaba, y luego se colgaba en la puerta del hogar o en un cuarto donde se realizaban los rituales. Los tatuajes están relacionados con esa tradición guerrera. Los diseños representan animales e indican un rango; el dragón se corresponde con la más alta jerarquía. También quedaban grabadas en la piel las experiencias que recogían los jóvenes en sus viajes iníciáticos. Por la noche, Jampang, el jefe de la aldea, se presenta y ofrece tuak, un vino de arroz hecho en casa. Hace más de dos años que ningún extranjero los visita. La noche avanza entre sorbos de tuak, danzas y cuentos milenarios. La diversión nocturna no se extiende demasiado: por la mañana, los espera el trabajo duro en los campos de arroz, caucho y pimienta. Al otro lado del pasillo, un grupo de jóvenes pasa el tiempo con un juego de mesa casero. Hay billetes en juego y un par de celulares en el piso. Respiro aliviado, el tiempo de los cazadores de cabezas ha quedado atrás.

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La selva en malasia


A TRAVÉS DE LA SELVA.
Inicié el itinerario en Kuching, capital de Sarawak, con rumbo sur, hacia Longhouse Kesit, ubicado a orillas del río Lemanak. Luego de tres horas de andar por una ruta rodeada por campos de arroz y plantaciones de palma aceitera, llegamos a orillas del río Lemanak, donde nos aguardaban dos jóvenes listos para trasladarnos en una piragua de madera. Navegamos a través de la exuberante selva borneana. Yo iba atento a los sonidos que llegaban del interior de la jungla; ansiaba ver un orangután, ésos que sólo se puede encontrar aquí y en Sumatra, pero no tuve suerte. Llegamos. El sitio es paradisíaco, y la aldea, pequeña y modesta. El longhouse es una construcción de madera, rústica, hecha sobre pilotes para evitar que se inunde con las crecidas del río y las lluvias que trae el monzón. Tiene un larguísimo pasillo, el ruai, que es el espacio comunal. La ropa cuelga de las ventanas, y los granos de arroz se secan a la intemperie, bajo el sol abrasador del trópico. Aquí conviven unas veinte familias, pero cada una tiene su propia tierra, sus pollos, sus chanchos. Dentro del hogar, no hay divisiones, todos ocupan la misma habitación. “Aquí todos saben lo que estás haciendo -comenta nuestro guía-, la única privacidad es la red para mosquitos”, bromea. Un anciano totalmente tatuado teje con parsimonia una red de pesca. Pido permiso para retratarlo; él me regala una sonrisa y sigue con su trabajo.

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Turismo rural en inglaterra


LA ALDEA Y SU TORRE
Las esperanzas de un día soleado se desploman nada más al subir al auto que me llevará a Broadway. El chofer, un señor joven que presta servicios privados, parece estar familiarizado con los viajeros que se acercan aquí, a lo que él define como “la verdadera Inglaterra”. En cierto modo se alegra de que no lleve auto y de que la mayoría de mis recorridos sean a pie: “Es la única manera de ver esto”, me dice.
Veinte minutos después, y bajo un cielo igual de gris que el día anterior, nos detenemos frente al Bell Inn, un hotel situado a cinco minutos de Broadway, en la aldea vecina de Willersey, donde pasaré mi última noche. Tras dejar mi equipaje y reservar lugar para la cena, emprendo una caminata hasta mi verdadero destino, con la firme convicción de subir las colinas que alcanzo a ver entre la bruma, en donde se yergue desde 1799 The Broadway Tower, una locura arquiteet: rj es -o “Folly” en inglés- construida a partir del diseño del famoso arquitecto James Wyan y a petición del sexto Conde de Covenm; quien a su vez cumplía un capricho de su esposa. Desde la cima, en un día claro se alcanzan a ver 13 condados, de ahí que sea una de las principales atracciones turísticas de toda la región.
De todo mi recorrido, Broadway es el lugar que mejor calza con la definición de aldea. Una sola calle que colinda con el campo en sus cuatro extremos es todo lo que hay para ver. Para fines prácticos, la calle ha sido dividida en dos: The High Street y Upper High Street. La primera alberga toda la actividad comercial y económica. Algunos anticuarios, tiendas de interiorismo y dulcerías constituyen la mayor parte. Sin embargo, hoteles como The Lygon Arms -uno de los más grandes y lujosos, pero también uno de los más viejos, con cerca de 500 años de antigüedad- se asientan a cada uno de los lados de la acera. La carnicería, la tienda gourmet, la farmacia, un HSBC y la tienda de autoservicio recuerdan al paseante que por más lejos que parezca estar de las grandes concentraciones de gente y las manchas urbanas, el progreso propio de los países desarrollados no ha hecho excepción alguna con esta aldea que pareciera resistirse con toda su belleza a que el con-sumismo le robe su encanto.
The Upper High Street encierra el silencio de la zona residencial y también esconde la entrada al sendero que llega hasta The Broadway Tower, hacia donde finalmente me dirijo.
Una caminata de 40 minutos a campo traviesa me lleva a recorrer grandes extensiones de un verdor que se mezcla con el amarillo intenso de las flores silvestres. Cientos de ovejas balan a mi paso, pero no se acercan ni parecen asustarse. Deben estar acostumbradas al hombre que desde tiempo inmemorial las trasquila, sobre todo ahí en los Cotswolds, en donde la lana llegó a ser fuente de riqueza y motor comercial cuando nada de esto existía.
Arriba, en la punta de la torre, la atmósfera no pierde su magnetismo pese a que no alcanzo a ver ni un solo condado debido a lo nublado del día. En cambio veo a algunos paseantes que han salido a caminar con sus perros, pero fuera de eso la soledad es absoluta y el silencio elocuente.
Antes de que oscurezca debo volver a la aldea, el camino no es fácil para el que no lo domina y ya han dado las cinco. Broadway debe estarse preparando para la cena.
De nuevo en High Street, en la parada del autobús que me llevará a Willersey, no me queda más que esperar y echar una última mirada para despedirme del lugar que ya luce desierto. No sé si volveré alguna vez pero sé que cuando esté de vuelta en mi país, me consolará mirar mis fotos y saber que ese lugar -al igual que el resto de los otros que visité- permanecerá ahí, bello e impasible, tal y como lo ha hecho desde hace siglos. Me quedo pensando en eso y repasando k> que he visto; me servirá al momento de redactar un reportaje, supongo. Así que cuando el camión finalmente se detiene en la parada y me subo, estoy tan absorto que no escucho al chofer que me pregunta adonde me dirijo. Noto que me mira y le digo “a Willersey, al Bell Inn, que me esperan a cenar”.

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Turismo alternativo


ALTOS VUELOS.
Dicen que el hombre, desde el inicio de los tiempos, ha envidiado a los pájaros su capacidad para volar. Muchos han sido los procedimientos buscados para conseguir emular la habilidad de las aves. Entre éstos, tal vez los más excitantes y reales son el ala delta o el parapente: las sensaciones experimentadas parten del contacto directo de nuestro cuerpo con la atmósfera, sin que un aparato de gran peso actúe como intermediario. Contrariamente a lo que se cree, no es necesario ser practicante habitual para decidirse y alzar el vuelo, pues no existe ningún riesgo si se cumplen al pie de la letra las instrucciones del monitor.

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