Australia turismo Archive

Vivir en perth australia


Verdaderamente Perth.
Podría oler el dinero en Perth, ubicada en el estuario del río Swan, que afirma tener más millonarios per cápita que cualquier otra ciudad australiana. No es de extrañar que la gente sea tan amistosa, uno me ofreció un viaje gratuito en transbordador y otro una parada especial solicitada en el recorrido del tranvía. Mientras otros lloran por la nostalgia económica, esta ciudad de rápido crecimiento agradece la riqueza de los recursos naturales cercanos, como oro, mineral de hierro, gas y minerales. ¿Recesión? No aquí por lo menos. -Siephanie Stepehens, periodista que escribe sobre salud, viajes y estilos de vida.

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Platos tipicos de australia


“Lo mejor de la ciudad”, me explica Moore mientras nos paramos junto a una pila de ostiones en el mercado, “es la accesibilidad que tenemos a buena comida”. En Europa y en América, puedes comer comida de primera, pero tienes que pagar mucho por ella. Aquí, la comida cotidiana es de alta calidad; en vez de atún de lata tienes un trozo fresco de atún cola amarilla al carbón. Comer en Sidney se trata de calidad pura, de belleza natural y de claridad en el ambiente que en su conjunto resulta en excelente comida”.
Dicho lo anterior, después de días de interminables caminatas y comidas, aún tengo que toparme con una “mala” comida. Ya sea en Spice I Am, un restaurante tailandés que parece un hoyo en la pared en Surry Hills, donde me comí la mejor ensalada de papaya verde de mi vida, o en el espectacular Guillaume en Bennelong, donde el chef Guillaume Brafiimi sirve un carpaccio de venado de las granjas de Mandagery Creek y carne alimentada de pasto de Tasmania entre las costillas de ballena de la Opera House, siempre sentí que comí los ingredientes más frescos que la región puede ofrecer, preparados de manera suprema.
Pero ahora sé que el momento de sabor perfectamente local vendrá de un restaurante. (Y ciertamente no en Tetsuya, donde el maitre d’ regrets por tercera y última vez me dice que no hay lugar para un comensal solitario. No importa: Sidney no se trata de listas de espera y de exclusividad). Cuando el momento sucede, pasa al aire libre, en una especie de picnic improvisado. Estoy sentado junto a un puesto de ostiones en el muelle circular, con una docena de ostiones hábilmente abiertos en frente de mí, cada uno de ellos es pequeño, exquisitamente formado, su carne tiene tonos verdosos por el alga local que se infiltra en la concha. Junto al plato hay una copa de Riesling del valle Clare. Con la luz que se refleja del puente Harbour, el dorado vino parece brillar desde adentro.
Veo cómo los pequeños ferris cívicos hacen sus maniobras fuera de los muelles para llevar a los sydneysiders de vuelta a sus hogares en los suburbios al norte. Parece perfecto y lo es. Esto, después de todo, es donde Sidney comenzó.
Cuando los primeros pobladores británicos llegaron, hace dos siglos, encontraron pilas de conchas de cuatro pisos de altura, depositadas por siglos por los Eora, los australianos aborígenes que terminaron siendo los primeros habitantes de mucho tiempo de Sidney Exactamente aquí, justo en Bennelong Point, el pedazo de tierra donde yace la Opera House, sus arcos en forma de concha ahora brillan por la luz menguante.
La cremosidad metálica de los ostiones, cada uno de ellos con un toque que viene del mar Tasman, parece endulzar al vino seco, en sí mismo un producto puro de la tierra roja bañada por el sol del sur de Australia. Los sabores se mezclan en mi boca y algo de pronto golpea mi cabeza.
Sí. Éste es el sabor que he estado buscando. Nada de comida del desierto, nada de pays de carne, nada de los últimos brebajes de los chefs con tres gorros, tan deliciosos como pueden llegar a serlo. Para mí, el sabor que define a Sidney sólo puede ser ostiones y vino, mar y tierra, puro y simple.
Y es el recuerdo de este sabor que, si tengo suerte, algún día me traerá de vuelta.

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Todo sobre australia


Estoy más confundido que nunca. Incluso ordenar una taza de café aquí requiere de un vocabulario nuevo: un café con leche es un “fíat white”; para pedir un americano hay que decir un “long black”. Claramente necesito hablar con un experto. Mientras disfruto de una pasta en un restaurante llamado Buon Ricordo, Michael Symons, el autor del libro One Continuous Picnic, una historia enganchadora sobre la cocina australiana, trata de explicarme lo que es Sidney y su comida. “Por mucho tiempo Australia exportó esta imagen de tipos ordinarios, bebedores empedernidos de cerveza y amantes del barbecue, nuestra versión de Joe Six Pack, y la cocina australiana se asociaba con carne y dos vegetales”, explica Symons. “Pero la migración después de la Segunda Guerra Mundial trajo a italianos y otros europeos que nos dieron el verdadero sentido y placer de la comida”.
Tal es el tipo de placer que estamos experimentando ahora, codo con codo con nuestros vecinos, mientras nuestro mesero rebana con gran destreza un huevo trufado parcialmente cocido y lo mezcla con nuestro fettuccini. La clave para entender la cocina del país, cree Symons, es que Australia es una tierra sin campesinos. Por quizá 60 mil años, la gente aborigen vagó por la tierra, pero en realidad, Symons señala, eran una cultura enfocada a la cacería, no cultivaban la tierra.
“Nunca etuvimos unidos por tradiciones, así que tuvimos la libertad de experimentar, que es exactamente lo que chefs como Neil Perry hicieron”. El resultado ha sido el “picnic continuo” que describe Symons, en donde la promesa de la vida al aire libre te conduce tanto a la comida práctica, como a la de la tierra -las hamburguesas aussie y los pays de carne- y una cocina llena de ingredientes frescos y sabores claramente australianos. Sin menospreciar, comento sobre el excelente Pinot Grigio del valle de Yarra que acompaña a nuestra comida.
Hasta ahora, la comida que he probado me ha generado un fuerte presentimiento: si Sidney en verdad tiene un sabor defini-torio, éste viene del mar. Después de todo, esta es una ciudad porteña, cuyas fortunas se han elevado y se han caído con las olas del comercio internacional.
En un paseo mañanero en el Sydney Fish Market, donde los mayoristas de pescado apuestan por cajas de Hoh Dory, Balmain Bugs (pequeñas langostas que parecen discos extraterrestres) y enormes atunes de cola amarilla, me encuentro con el chef Michael Moore, quien me hace todo un resumen. En su juventud, Moore deambuló por el mundo, fue aprendiz en el Ritz de Londres y eventualmente trabajó como chef ejecutivo en un hotel de cinco estrellas.
Ahora, Moore dirige la cocina en Sum-mit, un restaurante giratorio en el piso 47 de la Australia Tower, admira el paisaje mientras saboreas hueva caliente de una trucha de mar sumergida en un caldo de hinojo con champaña.

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Gastronomia de australia


ES POR EL CONSEJO de mi amiga Heather que me encuentro en un trecho curvo de pavimento frente al agua, afuera de un establecimiento llamado Harry’s Café de Wheels, cuyo anuncio de neón proclama que fue fundado en 1945. Harry’s es una institución en Sidney: es uno de esos camiones de servicio de comida y bebida, a la orilla de la carretera, decorado por murales pintados a mano y fotos enmarcadas de Pamela Anderson, Elton John, Rolf Harris y otros clientes reconocidos. Mientras hago la fila con hombres de negocios de traje y corbatas, y un par de turistas ingleses con la piel enrojecida por el sol, pido la orden y la joven japonesa del mostrador me da un “tiger pie”, relleno de carne, con puré de papas y chícharos encima, bañado con salsa, al que acompaño con una linda botella de una buena y helada cerveza de jengibre.
Me siento en un encorvado de concreto a varios metros de ahí. En primer plano hay destructores navales grises. En las alturas, la insignia australiana ondea en la brisa. Enfrente, una ensenada hace que se estiren los edificios del centro contra el horizonte, los cuales parecen dominados por la silueta del mirador de la Torre de Sidney. Una cacatúa de alta cresta se posa sobre un poste de luz arriba de mí. Bien, digo a mí mismo, utilizando un tenedor de plástico para abrirme camino entre la corteza del pay, esto es vida. Aquí estoy, comiendo un sabroso pay estilo británico que he condimentado con una salsa de chiles dulces indonesa, sentado en una bahía bautizada con el nombre aborigen de WooDoomooloo. El pay está gloriosamente salado, eminentemente grueso y relleno, y perfectamente complementado con el ligero picor de la cerveza de jengibre. Añado a Harry’s a mi creciente lista de experiencias que se viven sólo en Sidney. Puede que no sea el sabor que define a la ciudad, pero no hay duda en que algo más local que un pay tiger del Café de Wheels no será fácil de encontrar.

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Comida de australia


“¿BUSH TUCKER?”, se escandaliza Barry McDonald, sus ojos azules enormes se abren mientras se detiene junto a una pila de tomates importados de San Marino, en los pasillos de Fratelli Fresh. “Nooo. Los verdaderos sidneysiders no comen eso”. El cocodrilo es para los turistas. Por el contrario, los oriundos de Sidney y sus residentes (cuatro millones de personas), son famosos por comer la comida más innovadora del mundo. Desde mediados de los años ochenta, cuando el movimiento “Mod Oz” (ozzie/ australiano moderno) cambió los ingredientes simples y frescos por especies asiáticas y el know-how europeo, los sidneysiders se han acostumbrado a la cocina de chefs estrella como Neil Perry, Donna Hay, Tony Bilson y Kylie Kwong. La gente discute sobre la clasificación de los chefs que aparece en la guía de Buena Comida del diario Sydney Morning Herald, con la misma pasión que los parisinos debaten sobre la selección de la Guía Michelin Roja de los mejores bistrós. Y, además, se las ingenian para entrar a Tetsuya’s, un templo de fusión dirigido por un chef de origen japonés que siempre termina en las listas de los 10 mejores restaurantes del mundo. (Semanas antes de irme envié por fax una solicitud de reservación; me respondieron que estaban llenos los próximos seis meses, pero que verían qué podían hacer por mí). Una importante minoría de sidneysiders compra en lugares como Fratelli Fresh, enorme bodega de alimentos, manejada por los hermanos Barry y Jamie. Los pasillos están llenos de cosas de todos lados: harina de avellana de la Toscana, diminutas alcaparras saladas de Sicilia, pinas de Queensland y los tomates cherry cosechados aquí a partir de semillas importadas de Sicilia.
Como proveedor de 149 restaurantes de la ciudad, Barry parece conocer a la crema y nata de cocina en Sídney Si estás buscando el verdadero sabor de la ciudad, tienes que conocer al chef Neil Perry, me asegura. Luego de una llamada por el celular y un rápido recorrido en taxi hacia el Muelle Circular, estoy sentado junto a la ventana en Rockpool, con uno de los mejores chefs de la ciudad presentándome un almuerzo de varios tiempos a base de mariscos.
El look juvenil del casi cincuentón Perry ayudó a lanzar la cocina “Mod Oz” en Bon-di, una parilla en la playa, a mediados de la década de los ochenta. Perry sirve pescado de nombres totalmente desconocidos para mí: sushi de agua dulce, seguido de un omelet relleno de frijoles de soya y cangrejo de tierra (enormes crustáceos que habitan en los manglares de Queensland) y, finalmente, un filete de rufo antartico (un pescado de aguas profundas) en un curry verde tailandés sazonado a la perfección.
Perry está plenamente consciente de la so-brepesca y, como muchos restauranteros de Sídney, se niega a servir pescado emperador, atún aleta azul y otras especies en peligro. Cada vez más está llenando su menú con especies de pesca sustentable o de granja. “Mucho del pescado de Australia se pesca en botes pequeños, no en buques pesqueros”, comenta, “lo que significa que las especies en peligro de extinción en otros países, se encuentran en buena forma aqu픑.
Los mejores chefs de Sídney son pioneros en la comida étnica, lo que puede traducirse en el legado culinario perdurable más importante de esta década. Los menúes en los mejores restaurantes de mariscos, entre ellos el extraordinario Pier de Greg Doyle, que sobresale en la Bahía Rose, incluyen una lista de las bahías y los puertos donde se hizo la pesca, lo que ayuda a los consumidores informados a elegir su pescado. Y la carismática Kylie Kwong puede servirte la única comida casera sustentable china. El menú en su restaurante en Surry Hills que siempre está lleno, Billy Kwong, incluye fideos Hokkien orgánicos, un impresionante pollo de libre pastura con la piel crujiente y una selección de vinos biodinámicos.
Oír nuestros instintos es una manera de explorar Sídney. Pero también puede hacer que te pierdas. En la bulliciosa Cbinatown, en el Kings Cross de mala pinta y en el Newtown de moda, me doy un banquete de momos nepalíes, pakoras hindúes, pho vietnamita, rojak y kopi ais malayos (dumplings, frituras, sopa, ensalada y café helado). Me paso el día impulsado por un espresso, vagando por Surry Hills y por Paddington, donde los vecindarios son tranquilos y además están ataviados de color escarlata y violeta por los limpiatubos llorones y las Jacarandas. Sus casas con terrazas victorianas y balcones de herrería me recuerdan al hemisferio sureste de un barrio francés. Es en los Jardines Botánicos Reales (Royal Botanic Gardens) en The Domain, una franja de verde en el centro de la ciudad, donde un anuncio que dice: “por favor camine sobre el pasto”, provoca que mis instintos hagan que me pierda por completo.

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Turismo en sidney


Estoy sentado debajo de un toldo que distrae al sol en el Australian Hotel, en un bar como de la era eduardiana, estilo outback (desierto de Australia) cerca del Muelle Circular (Circular Quay) de Sídney enfrentando un feroz dilema: si ordeno el canguro, ¿podré seguir mi vida sin remordimientos? Déjame explicarte. Crecí en Canadá y pasé mi infancia viendo Skippy el Canguro, una serie de televisión australiana sobre un antípoda tipo Lassie de patas largas que siempre rebotaba para rescatar a bebés en problemas o pilotos desafortunados cuyos paracaídas se habían atorado en los árboles.
Sólo dos días en Sídney y mi amiga Heather, una periodista amante de la comida, que trabaja para una red de televisión pública, deja caer la bomba. Los australianos, me dice, de hecho comen canguros. También comen emúes, larvas y cocodrilos. La comida del outback se conoce como “bush tuc-ker” (comida típica del desierto) y los steaks de canguro, especialmente magros y jugosos, son deliciosos marinados en salsa de tamarindo y asados al carbón. Vine al Australian Hotel por su extenso menú de comida local, pero si me como a Skippy quizá no sea capaz de volver a mirarme en el espejo. Recuerdo que he cruzado el Pacífico por una misión: estoy buscando el sabor de Sídney, ese momento en que la cultura y el paisaje engranan y de pronto te das cuenta lo que pone el “ahf’ en el punto del planeta que has venido a visitar desde muy lejos. Para mí, este tipo de cosas tiende a suceder sobre un platillo de algo desconocido y delicioso. Sé que cuando ese sabor llegue, si sucede, lo reconoceré inmediatamente. Pero mejor que no sea a través de un cangurito. Parte del problema es que además pasé la tarde en el zoológico de Taronga, observando a extraordinarios dingos, ornitorrincos escurridizos y koalas de cara redonda. Pasé una media hora idílica entre los wallabys (crías de canguros) y emúes. El zoológico te permite pasear libremente en un área cercada que tiene a todo el reparto no humano de Skippy. Los canguros saltaban, metían el hocico en su marsupio y se acurrucaban en la sombra. Parecían terriblemente buenos y totalmente no comestibles.
Así, mientras escucho a la familia en la mesa de junto dudar entre ordenar el canguro o el emú, finalmente tomo una decisión. Olvídate de Skippy: comeré cocodrilo de agua salada. En el zoológico vi a estas acechantes bestias dentro de los estanques, con las fauces apenas asomándose sobre el agua. Pueden llegar a medir hasta seis metros y se estima que en Australia han atacado al menos a 60 personas en los últimos 35 años. Así que comer cocodrilo es como una especie de venganza kármica. El mesero me trae algo así como una pizza pequeña con el trozo de cocodrilo encima, la corteza está rellena de una crema de coco y encima lleva hierbas tailandesas y un trozo de limón. La carne, de corte delgado, ligeramente carbonizada en las orillas, parece como una rueda de queso mozzarella derretido.

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Rottnest


PEDALEANDO POR ROTTNEST.
Tiempo total: 5 horas (2 días) A media hora de viaje en transbordador saliendo de Fremantle, esta es la versión muy particular de Perth de una isla griega, con aguas color turquesa y playas inmaculadas. Los exploradores holandeses confundieron a las cuocas locales con ratas gigantes, y le dieron el nombre a la isla en 1696, que significa “nido de ratas”. De hecho, las cuocas son marsupiales pequeños, parecidas al uala-bí, que no se encuentran en ningún otro lugar de Australia.
En “Rotto”, como la llama la gente del lugar, no circulan automóviles y está rodeada por arrecifes de coral llenos de peces tropicales. Así que renta una bicicleta, empaca el bronceador con filtro solar, y recorre la isla para descubrir tu arrecife y tu propia playa privada. Little Parakeet Bay y Basin son lugares extraordinarios para bucear con esnórquel. Rottnest Bakery es el lugar idóneo para que pruebes el pastel de carne que comen los australianos tradicionales (pide salsa de tomate) o una barra, un pastelito local relleno de mermelada y crema (www.rottnestisland.com).

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King park


DÍA DE CAMPO EN KINGS PARK
Tiempo total: 2 horas
Como el clima es soleado casi todo el año, las fabulosas actividades al aire libre son uno de los principales atractivos de la ciudad. Kings Park, cuatro kilómetros cuadrados de maleza en medio de la ciudad, tiene senderos para caminar y ciclopistas, flores silvestres, áreas dedicadas a los niños, lugares para comer al aire libre y miradores con vistas espectaculares del río Swan, llamado así por los cisnes negros autóctonos, y de la ciudad.
Puedes hacer una visita a los jardines botánicos, habitat de dos mil especies de la flora de Australia Occidental (diario hay visitas guiadas gratuitas, de las 10 de la mañana a dos de la madrugada), conquista tu vértigo en el Federation Walkway, una caminata sobre un puente a 222 metros de altura que te lleva por arriba de la cima de eucaliptos gigantes, o tiende un tapete bajo los árboles de caucho, que despiden un olor a limón, para contemplar el río.

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Fremantle australia


ALMUERZA EN FREMANTLE.
Tiempo total: 3a4 horas Al sur de Perth, a media hora en auto o por tren, la ciudad portuaria de Fremantle es un mundo aparte en cuanto a paz y ambiente; con sus raíces de la clase obrera, edificios de la época de la fiebre del oro restaurados por presidiarios, galerías, museos y locales tranquilos y relajados, Fremantle sigue siendo el lugar favorito de artistas y hippies.
Los inmigrantes italianos que se dedican a la pesca son los que le dan sabor al puerto -el festival de la sardina, que se celebra cada enero, es una delicia culinaria-, así que es bastante difícil degustar un mal café o gelato. Gino’s en South Terrace, conocido como “la pista del capuchino” es una institución; y el lugar para comer un pastel y tomar un café italiano preparados a la vieja usanza, y todo el día con gente mirando.
La mañana para recorrido de museos podría incluir una visita al Museo Marítimo Australiano Occidental, donde podrás ver el famoso Australia II, velero de quilla alada que ganó la carrera de la Copa América en los años ochenta, la Casa Redonda, una antigua prisión construida en 1831 y el edificio público más antiguo en Australia Occidental, así como la Antigua Prisión de Fremantle, con sus altísimos muros de piedra caliza construidos por los convictos. Las espeluznantes visitas a la prisión, con la narración detallada de los delitos cometidos por los entonces presos, son muy recomendables.
A la hora del almuerzo seguramente tendrás sed. Fremantle, por ser una antigua ciudad de marineros, tiene muchos bares para elegir. El Sail & Anchor o el Norfolk son buenos lugares, pero la estrella es Little Creatures, una cavernosa cervecería con vista al puerto, donde sirven buena comida (las pizzas a la leña son populares) y sus propias y deliciosas cervezas de fabricación casera.

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Perth australia


La ciudad más aislada del mundo: Perth.

VAGABUNDEAR POR LA PLAYA
Tiempo total: 2 a 3 horas. Construida a lo largo de una blanca franja arenosa que se extiende por 40 kilómetros de costa, la cultura de playa define a esta ciudad. A los habitantes del lugar se les conoce como los “sal-taplayas”; por los insectos parecidos a los grillos que escarban entre las dunas. Hay docenas de playas urbanas para elegir, www.mybeach.com.au informa las características de cada una, incluido el pronóstico de tiempo así como datos sobre los servicios disponibles.
Cottesloe es la más fácil de visitar, tiene cafés, restaurantes, bares y unas escalinatas con césped perfectas para comer pescado frito con papas, mientras las gaviotas se arremolinan en lo alto. A los “saltaplayas” les gustan los desayunos abundantes, y a la gente del lugar le encanta el café John Street, a unos minutos de caminata desde la playa, con mesas al aire libre bajo la sombra de altísimos pinos de la isla Norfolk. El hotel Ocean Beach es un buen lugar para contemplar la puesta del sol sobre el mar, con una midi en la mano (nombre local de un vaso de cerveza).
Las playas de Scarborough y Trigg son buenas para practicar surf (si quieres tomar clases: www.surfschool.com). Leighton, Port, Floreat y South Beach son más tranquilas. Asegúrate de ir por la mañana, antes de que la brisa marina diaria, llamada el Doctor de Fremantle, irrumpa y refresque todo. O únete a los surfistas que practican aprovechando el viento o una cometa de tracción que los desliza sobre el agua montados en una tabla y sujetos mediante un arnés, con sus coloridas velas ondeando (para contratar uno, consulta www.surfsailaustraíia. com. au).

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