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La vida en un iglú


Si es difícil imaginar una casa en cuya construcción no se haya utilizado para nada la madera, resulta más difícil aún concebirla hecha solamente con bloques de hielo. Pero ésa no es la única peculiaridad de los iglús o viviendas esquimales del Ártico. La más curiosa tal vez radique en el hecho de que las mismas son sólo albergues temporales que se levantan por el camino. Así, las que se levantan para pasar un invierno son abandonadas en la primavera y, al otoño siguiente, pasan a ser del dominio público —es decir, de quien las encuentre y quiera ocuparlas. Este aparente desperdicio de energía constructiva tiene una explicación muy sencilla: el esquimal tiene, por fuerza, que seguir el movimiento migratorio de los animales, de los cuales depende su subsistencia; y esto, a su vez, los obliga a vivir como nómadas. El medio en que viven simplemente no les permite echar raíces.
El iglú típico es de forma semiesférica (es decir, de media naranja) y tiene unos cuatro metros de diámetro y unos dos y medio de alto. Los esquimales lo construyen en muy breve tiempo, cortando el hielo en forma de cuñas que van colocando a lo largo de un círculo, disminuyendo el tamaño de las cuñas a medida que aumenta la altura del “edificio”. En lo alto del “techo”, en el punto que correspondería al tallo de la naranja, dejan una abertura para la ventilación y en el interior colocan una tarima que se extiende de extremo a extremo y que así les hace las veces de cama.
Sólo después de la llegada del hombre blanco al Ártico pudieron contar los esquimales con vigas de madera y otros materiales que les facilitaron la construcción de viviendas más apropiadas. Actualmente, las casas de los esquimales son casi tan parecidas entre sí como los iglús, con la lógica excepción del tamaño, el cual varía de acuerdo al número de miembros con que cuenta la familia que las habita. La mayoría se construye frente al mar, sobre alguna elevación, para que puedan quedar algo enterradas en el suelo. En cada casa hay por lo menos dos lámparas de aceite de ballena colocadas sobre las tarimas laterales y, al lado de una de las lámparas, un gran pedazo de hielo metido en una bolsa de cuero, el cual al derretirse proporciona a los moradores agua para beber. En las paredes se introducen ganchos de hueso para colgar la ropa seca; y, sobre las lámparas, pendiente del techo, una especie de tendedero o bastidor, también de hueso, sobre el que se tiende la ropa mojada para que se seque. Del techo se cuelgan las cazuelas y demás utensilios de cocina, de modo que todo quede al alcance de la mano.
En este pequeño recinto, con las lámparas de aceite y sus propios cuerpos como únicas fuentes de calor, pasan los esquimales el invierno más crudo del planeta. Sin embargo, y por raro que parezca, todo indica que la temperatura no resulta demasiado baja para los esquimales en el interior de la casa, pues tanto los hombres como las mujeres andan desnudos en ella. En parte al menos, esta curiosa costumbre se debe a los piojos, los que son invulnerables al intenso frío del Ártico y constituyen una verdadera plaga. Como los esquimales no pueden bañarse debido a la virtual imposibilidad de calentar el agua en cantidades suficientes y, por lo general, cuentan con sólo una muda de ropa por persona, despojarse de ella constituye el único medio de librarse de estos molestos insectos.

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El misterioso origen de los esquimales


Ninguna de las teorías que pretenden explicar el origen de los esquimales o establecer los tiempos en que cruzaron el Estrecho de Behring (que separa al Asia de Alaska) pasa de ser conjetura. En primer lugar, el hombre blanco no comenzó a comunicarse con los esquimales hasta el presente siglo. Por otra parte, el Ártico continúa siendo peligroso para quienes no están habituados a vivir en él. Estos factores dificultan en extremo los estudios e investigaciones, que pudieran arrojar alguna luz sobre el enigma.
Una de las características de los esquimales que más intrigan a los científicos es la uniformidad de sus costumbres y rasgos físicos, sea cual sea el lugar donde se hallen, lo cual sugiere que inicialmente todos formaron parte de un grupo único que fue desmembrándose con el tiempo. En cuanto a la región en que debió habitar este grupo original, la misma debió estar lejos del mar, ya que sus avíos de pesca marina y sus armas de caza parecen adaptaciones de los que se usan en los ríos y lagos distantes de la costa. Tampoco han podido los antropólogos establecer relación alguna entre los esquimales y los miembros de otras razas, pues su lengua y cultura carecen por completo de afinidad con las demás conocidas.

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Las casas de los esquimales por dentro


En cada casa hay por lo menos dos lámparas de aceite de ballena colocadas sobre las tarimas laterales y, al lado de una de las lámparas, un gran pedazo de hielo metido en una bolsa de cuero, el cual al derretirse proporciona a los moradores agua para beber. En las paredes se introducen ganchos de hueso para colgar la ropa seca; y, sobre las lámparas, pendiente del techo, una especie de tendedero o bastidor, también de hueso, sobre el que se tiende la ropa mojada para que se seque. Del techo se cuelgan las cazuelas y demás utensilios de cocina, de modo que todo quede al alcance de la mano.
En este pequeño recinto, con las lámparas de aceite y sus propios cuerpos como únicas fuentes de calor, pasan los esquimales el invierno más crudo del planeta. Sin embargo, y por raro que parezca, todo indica que la temperatura no resulta demasiado baja para los esquimales en el interior de la casa, pues tanto los hombres como las mujeres andan desnudos en ella. En parte al menos, esta curiosa costumbre se debe a los piojos, los que son invulnerables al intenso frío del Ártico y constituyen una verdadera plaga. Como los esquimales no pueden bañarse debido a la virtual imposibilidad de calentar el agua en cantidades suficientes y, por lo general, cuentan con sólo una muda de ropa por persona, despojarse de ella constituye el único medio de librarse de estos molestos insectos.

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La vida en un iglú


El iglú típico es de forma semiesférica (es decir, de media naranja) y tiene unos cuatro metros de diámetro y unos dos y medio de alto. Los esquimales lo construyen en muy breve tiempo, cortando el hielo en forma de cuñas que van colocando a lo largo de un círculo, disminuyendo el tamaño de las cuñas a medida que aumenta la altura del “edificio”. En lo alto del “techo”, en el punto que correspondería al tallo de la naranja, dejan una abertura para la ventilación y en el interior colocan una tarima que se extiende de extremo a extremo y que
así les hace las veces de cama.
Sólo después de la llegada del hombre blanco al Ártico pudieron contar los esquimales con vigas de madera y otros materiales que les facilitaron la construcción de viviendas más apropiadas. Actualmente, las casas de los esquimales son casi tan parecidas entre sí como los iglús, con la lógica excepción del tamaño, el cual varía de acuerdo al número de miembros con que cuenta la familia que las habita. La mayoría se construye frente al mar, sobre alguna elevación, para que puedan quedar algo enterradas en el suelo. En cada casa hay por lo menos dos lámparas de aceite de ballena colocadas sobre las tarimas laterales y, al lado de una de las lámparas, un gran pedazo de hielo metido en una bolsa de cuero, el cual al derretirse proporciona a los moradores agua para beber. En las paredes se introducen ganchos de hueso para colgar la ropa seca; y, sobre las lámparas, pendiente del techo, una especie de tendedero o bastidor, también de hueso, sobre el que se tiende la ropa mojada para que se seque. Del techo se cuelgan las cazuelas y demás utensilios de cocina, de modo que todo quede al alcance de la mano.
En este pequeño recinto, con las lámparas de aceite y sus propios cuerpos como únicas fuentes de calor, pasan los esquimales el invierno más crudo del planeta. Sin embargo, y por raro que parezca, todo indica que la temperatura no resulta demasiado baja para los esquimales en el interior de la casa, pues tanto los hombres como las mujeres andan desnudos en ella. En parte al menos, esta curiosa costumbre se debe a los piojos, los que son invulnerables al intenso frío del Ártico y constituyen una verdadera plaga. Como los esquimales no pueden bañarse debido a la virtual imposibilidad de calentar el agua en cantidades suficientes y, por lo general, cuentan con sólo una muda de ropa por persona, despojarse de ella constituye el único medio de librarse de estos molestos insectos.
La vida hogareña de los esquimales durante el invierno es de trabajo intenso. El hombre pasa buena parte del tiempo cazando y la mujer, por su parte, se dedica a confeccionar prendas de abrigo uniendo pieles con el ulo, una especie de cuchillo curvo que tiene un mango en el centro de la hoja. Esta labor la realiza con una destreza y perfección que envidiaría cualquier modista, ya que la rotura de una costura en una de estas prendas, si se produce a la intemperie, podría causar la muerte por congelación a quien la lleve puesta.
La otra obligación importante de las mujeres esquimales es la de estar al tanto de las lámparas para mantenerlas ardiendo, lo cual no resulta tan sencillo como pudiera parecer. Las lámparas se hacen martillando en una piedra blanda una concavidad en la que se coloca un trozo de grasa de ballena y, en medio de éste, una escobilla de hierba que funge de mecha. Lo difícil es controlar el nivel de grasa según va derritiéndose, lo cual se logra inclinando la piedra más o menos. Estas lámparas constituyen el símbolo del hogar para los esquimales y una mujer se considerará
mejor o peor esposa y ama de casa según el número de ellas que tenga a su cuidado y la eficiencia que demuestre en la tarea.

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La filosofía del Ártico


LA FILOSOFÍA DEL ÁRTICO.
Llegar a entender a fondo a un pueblo como el esquimal, cuyo modo de vida es literalmente único en el mundo y que, con un mínimo de recursos materiales, ha llegado a conquistar al medio más inhóspito del planeta, es poco menos que imposible. Aun los que han pasado con ellos casi una vida —como los profesores Freuchen y Rasmussen— admiten que su conocimiento de la mentalidad de los esquimales es relativamente superficial. Es principalmente por la falta de comprensión que los esfuerzos del hombre blanco por querer moldear al esquimal a su imagen y semejanza han fracasado. No se puede cambiar lo que no se entiende.
Las creencias religiosas de los esquimales son congruentes con su habitat y su modo de vida: sólo temen a aquello que no pueden explicarse y, ante lo desconocido, acuden al angakok o sacerdote, quien sirve de intermediario entre ellos y los Espíritus de la Naturaleza. Para el forastero que llega al Ártico, lo más desconcertante es la filosofía de la muerte de los esquimales: el “más allá” de los que creen en él es vago y confuso en el mejor de los casos. Para ellos todo acaba con la muerte y, sin embargo, no le temen. Prueba de ello es su altísimo índice de suicidios, porque, según dicen, cuando uno se enferma o envejece, “vivir duele más que morir”. Al creerse llegados a este punto, hasta no hace mucho los ancianos de algunas tribus le pedían incluso al hijo mayor, o la hija favorita, que les diera muerte, y éstos generalmente accedían al ruego. El día señalado para la “liberación”, se daba una fiesta en la que todos bailaban y se divertían, incluyendo al que iba a morir. Llegado el momento cumbre, el angakok bailaba una danza para alejar a los espíritus malignos y, acto seguido, entregaba al hijo elegido una soga hecha de piel de foca. El hijo frotaba con la soga la nariz del anciano en señal de cariño, le ataba la misma al cuello, y procedía a ahorcarlo con la ayuda de los presentes, quienes querían contribuir a que se cumpliera el deseo del anciano.
Esta costumbre resulta cruel y bárbara para todo el que no sea esquimal y, naturalmente, está prohibida por las leyes de los países que ejercen soberanía sobre los territorios en que viven aquéllos. En la actualidad, debido al aislamiento que los sigue caracterizando, es imposible determinar si se sigue practicando o no. Lo que sí es seguro es que los esquimales no entienden el motivo de la prohibición. Para ellos, cuando la vida activa y útil llega a su fin, debe terminar también la vida biológica, y no hay nada de reprochable en adelantar piadosamente lo inevitable.
Los esquimales creen que el ser humano tiene tres aspectos esenciales que son inseparables durante la vida: el cuerpo, el alma y el nombre propio. Y al parecer, creen también en alguna forma de reencarnación, pues cuando alguien muere, no se puede pronunciar su nombre mientras en su familia, o en otra conocida, no nazca un niño al que se le dé ese mismo nombre. Usan amuletos, pero no atribuyen poder alguno al amuleto en sí, sino a lo que representa: a muchos niños se les cuelga del cuello la pata de un cuervo porque se cree que, de ese modo, disfrutarán en el futuro de la suerte de esa ave. Con el progreso, los radios transistores y los rifles automáticos han encontrado su lugar en la sociedad esquimal. Pero en ella, las únicas propiedades que vale la pena defender hasta con la vida siguen siendo los perros huskies que tiran de los trineos; y para surcar las heladas aguas de las radas y caletas, el veloz kayak de cuero aún no ha encontrado rival. En cuanto a la benévola justicia esquimal, que se limita a abochornar al delincuente, la misma sigue vigente. En las escarpadas costas árticas y en las tundras heladas no hay aún cárceles. No puede haberlas… ni hacen falta.

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La sociedad artica


Como todos los pueblos que viven aislados del resto del mundo, los esquimales han adoptado códigos y valores morales propios que se transmiten de generación en generación y que se observan celosamente.
La familia, por ejemplo, presenta características que parecen totalmente contradictorias de acuerdo con nuestros patrones morales y que, sin embargo, no carecen de sentido si se tiene en cuenta el ambiente físico en que se desenvuelven los esquimales. Tanto el hombre como la mujer tienen una libertad casi absoluta para tener relaciones sexuales fuera del matrimonio. Pero a pesar de esto, la familia constituye un núcleo sólido y bien definido dentro de la sociedad esquimal, existiendo entre sus miembros una interdependencia completa. Y es que, para este pueblo, el matrimonio se basa en la necesidad mutua que tienen el hombre y la mujer en un medio tan hostil, más bien que en el amor como se le entiende en nuestra cultura. Ambos, en efecto, se reparten las labores necesarias para la subsistencia de los dos: ella moriría de hambre sin el producto de lo que él caza, y él perecería de frío sin las pieles que ella prepara, cose y conserva. Por ello, cuando la mujer muere, el hombre tiene que irse a vivir con otra pareja y entregarle todo lo que caza al dueño de la casa para que lo atienda la mujer de éste. Y si es la mujer la que queda viuda, tiene que vivir de la caridad de sus vecinos, ya que es creencia esquimal que los animales “se ofenden y se marchan si las mujeres tratan de cazarlos”, y por
tanto a éstas les está prohibido buscarse el sustento por sí solas, aun en los pocos casos en que les resulte materialmente posible hacerlo. Esta prohibición de que la mujer cace es tan severa que, cuando la mujer pierde a su marido durante un viaje, y no habiendo por los alrededores quien lo haga por ella, prefiere morir de hambre antes que desobedecerla.
Es lógico que entre seres que se necesitan mutuamente en una forma tan crítica, surja un afecto cálido y profundo, y todo indica que así ocurre en los matrimonios esquimales. Ahora bien, una cosa es el afecto y otra la fidelidad. En este sentido, los esquimales llegan al punto de considerar ridículo que un hombre sienta atracción por una sola mujer, mientras que para la mujer —y para su marido— es motivo de orgullo que aquélla sea deseada por muchos hombres.

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La filosofía del ártico


Llegar a entender a fondo a un pueblo como el esquimal, cuyo modo de vida es literalmente único en el mundo y que, con un mínimo de recursos materiales, ha llegado a conquistar al medio más inhóspito del planeta, es poco menos que imposible. Aun los que han pasado con ellos casi una vida —como los profesores Freuchen y Rasmussen— admiten que su conocimiento de la mentalidad de los esquimales es relativamente superficial. Es principalmente por la falta de comprensión que los esfuerzos del hombre blanco por querer moldear al esquimal a su imagen y semejanza han fracasado. No se puede cambiar lo que no se entiende.
Las creencias religiosas de los esquimales son congruentes con su habitat y su modo de vida: sólo temen a aquello que no pueden explicarse y, ante lo desconocido, acuden al angakok o sacerdote, quien sirve de intermediario entre ellos y los Espíritus de la Naturaleza. Para el forastero que llega al Ártico, lo más desconcertante es la filosofía de la muerte de los esquimales: el “más allá” de los que creen en él es vago y confuso en el mejor de los casos. Para ellos todo acaba con la muerte y, sin embargo, no le temen. Prueba de ello es su altísimo índice de suicidios, porque, según dicen, cuando uno se enferma o envejece, “vivir duele más que morir”. Al creerse llegados a este punto, hasta no hace mucho los ancianos de algunas tribus le pedían incluso al hijo mayor, o la hija favorita, que les diera muerte, y éstos generalmente accedían al ruego. El día señalado para la “liberación”, se daba una fiesta en la que todos bailaban y se divertían, incluyendo al que iba a morir. Llegado el momento cumbre, el angakok bailaba una danza
para alejar a los espíritus malignos y, acto seguido, entregaba al hijo elegido una soga hecha de piel de foca. El hijo frotaba con la soga la nariz del anciano en señal de cariño, le ataba la misma al cuello, y procedía a ahorcarlo con la ayuda de los presentes, quienes querían contribuir a que se cumpliera el deseo del anciano.
Esta costumbre resulta cruel y bárbara para todo el que no sea esquimal y, naturalmente, está prohibida por las leyes de los países que ejercen soberanía sobre los territorios en que viven aquéllos. En la actualidad, debido al aislamiento que los sigue caracterizando, es imposible determinar si se sigue practicando o no. Lo que sí es seguro es que los esquimales no entienden el motivo de la prohibición. Para ellos, cuando la vida activa y útil llega a su fin, debe terminar también la vida biológica, y no hay nada de reprochable en adelantar piadosamente lo inevitable.
Los esquimales creen que el ser humano tiene tres aspectos esenciales que son inseparables durante la vida: el cuerpo, el alma y el nombre propio. Y al parecer, creen también en alguna forma de reencarnación, pues cuando alguien muere, no se puede pronunciar su nombre mientras en su familia, o en otra conocida, no nazca un niño al que se le dé ese mismo nombre. Usan amuletos, pero no atribuyen poder alguno al amuleto en sí, sino a lo que representa: a muchos niños se les cuelga del cuello la pata de un cuervo porque se cree que, de ese modo, disfrutarán en el futuro de la suerte de esa ave. El interior de la mayoría de los hogares del Ártico se ve aún algo primitivo, pero ya se advierten las huellas del contacto con la cultura occidental, tales como las estufas, muebles, utensilios de cocina e incluso las ropas que se aprecian en las dos fotos de la izquierda. Algunos de los centros de distribución de abastecimientos están a meses de camino, por lo que el regreso de los que van “de compras” (foto de la derecha) constituye un verdadero acontecimiento que celebra toda la familia esquimal. Cuando los gobiernos danés, canadiense y norteamericano comenzaron a establecer estos puestos de distribución de suministros, experimentaron grandes dificultades, pues los esquimales no conocían el dinero y simplemente entraban al almacén y tomaban lo que necesitaban. La contratación de expertos en asuntos esquimales ayudó a resolver este problema. Actualmente, tanto en Alaska como en el Canadá y Groenlandia hay muchos que trabajan como operarios de equipos y maquinarias con cuya existencia no soñaban siquiera hace algunos años. Los cazadores esquimales ya no usan sus rústicos arpones de hueso o madera, sino proyectiles especiales disparados por cañones o por “rifles” de pesca submarina. Además, se han ido derrumbando verdaderas murallas de aislamiento. Se han construido carreteras y abierto caminos, y los radios transistores les permiten comunicarse con el resto del mundo. Este, por su parte, también ha podido aprender más sobre ese pueblo paradójico que es capaz de luchar cuerpo a cuerpo con el oso polar y, al propio tiempo, de tallar el marfil con tal delicadeza que muchas de sus piezas —algunas de las cuales datan de hace más de dos mil años— se exhiben en los museos de arte del mundo entero.

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Turismo con esquimales en el artico


La soledad es otra característica de la vida esquimal. No pueden construir pueblos ni caseríos, ya que en ninguna de las comarcas en que viven hay animales suficientes para alimentar y vestir siquiera a una comunidad pequeña. Viven tan aislados que, cuando andan persiguiendo un rebaño, pueden pasar meses sin tropezarse con otra familia, y si dos o tres familias han coincidido junto a una misma caleta para pasar un invierno, lo más probable es que no vuelvan a verse en años, o tai vez jamás. Se ha dicho con razón que a los esquimales no les pertenece ningún pedazo de tierra específico hasta que mueren. Consideran que la tierra, los bosques, las aguas y los animales son de todos y de ninguno, y sólo adquiere derechos sobre un tronco de árbol o una foca el primero que se los apropia. El robo es raro y, cuando ocurre, la pena consiste en descubrir y abochornar al culpable ante los demás. Sólo en casos extremos de asesinos o ladrones incorregibles se impone la pena de muerte, la cual es llevada a cabo por alguno de los cazadores, o mediante el compasivo método de darle de comer al delincuente un pedazo de carne envenenado.
Este amplio concepto de la propiedad dio lugar a serios problemas cuando los gobiernos de Dinamarca, Canadá y Estados Unidos comenzaron a enviar suministros al Ártico y a reglamentar su distribución a los esquimales. Estos acudían a los almacenes y tomaban lo que necesitaban con la mayor tranquilidad. No concebían la idea de pagar un precio por una mercancía. Sencillamente, no conocían el concepto del dinero.
Entre 1921 y 1950, el gobierno danés mantuvo en vigor en Groenlandia las llamadas leyes de Thule, cuya principal finalidad era proteger la fauna, ya que los esquimales, al aprender a usar armas de fuego, comenzaron a cazar indiscriminadamente. Fue posteriormente que los daneses orientaron su política hacia la civilización y modernización de las comunidades esquimales de Groenlandia, iniciándose así una etapa de notable progreso.

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Conociendo el pueblo esquimal


Físicamente, las facciones de los esquimales tienen más parecido con las de los asiáticos —y especialmente los mongoles— que con las de los indios americanos. Sin embargo, también hay diferencias importantes, sobre todo en lo que concierne a la estatura (la mayoría de los esquimales son más altos) y a la configuración del cráneo. Adivinando casi, sobre la base de los escasos datos de que disponen, muchos antropólogos han aventurado la opinión de que el pueblo esquimal se deriva de la raíz paleoasiática del norte de Siberia, cuyas tundras y bosques ocupó al terminar la última etapa de la Edad de Hielo. Freuchen, por ejemplo, afirma poseer datos biológicos y arqueológicos que indican que los esquimales en verdad vivieron en el norte asiático, del que fueron desplazados por otras tribus procedentes del sur, cruzando el estrecho de Behring hace unos seis mil años. Según él, algunos se quedaron en las costas de Alaska y en la Islas Aleutinas (al sur de aquella región), mientras que los más continuaron continente adentro hasta llegar a la zona boscosa que rodea a la Bahía de Hudson, en el norte del Canadá. Allí —prosigue Freuchen— chocaron con indios mucho más agresivos que ellos, quienes los empujaron de nuevo hacia el norte hasta hacerlos llegar a las costas del Océano Ártico. A lo largo de este período la cultura esquimal se fue desarrollando en torno a la caza de los mamíferos marinos y a la vez fueron perfilándose los distintos grupos actuales: esquimales del este en Groenlandia; del centro en el norte del Canadá; y del oeste en las regiones de Mackenzie y Alaska, así como en la de Yuit, en Siberia.

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El circulo polar artico


El casquete de hielo que corona al norte del planeta Tierra, limitado por lo que en Geografía se conoce como el Círculo Polar Ártico, abarca a Groenlandia (posesión de Dinamarca), el noroeste de Canadá, el norte de Alaska (uno de los 50 estados norteamericanos), el norte de Siberia (territorio soviético) y el extremo norte de Noruega, asi como los archipiélagos del Océano Ártico. Es una zona de nieve y hielo y por tanto árida y desolada, casi perpetuamente barrida por fuertes vientos contra los cuales no existe protección natural alguna. Esa es la tierra de los esquimales. Comienza donde terminan los bosques, y en ella la temperatura se mantiene bajo el punto de congelación del agua durante el largo invierno, sobrepasándolo sólo en unos pocos grados durante un serano” que apenas dura dos meses.
Las tribus de esquimales se han concentrado principalmente en las costas de Groenlandia, en el norte del Canadá \ en Alaska, y también aunque en número mucho menor), en algunas de las islas situadas al norte del Canadá > al sur de Alaska. Unos viven bien al norte, donde existe un casco de hielo perpetuo; otros cerca de las costas rocosas; y otros en la tundra, estepa árida y desprovista de vegetación —con excepción de una especie de musgo y algunas plantas de escasa altura— debido a que el subsuelo siempre permanece congelado. En las regiones más septentrionales, sólo crece el liquen, mezcla de hongo y de alga, algunas de cuyas variedades son comestibles. En cambio, la fauna que habita estas inhóspitas regiones es bastante variada comprende a la liebre polar, al caribú o reno salvaje, al oso, al buev almizclero y a los mamíferos marinos, como la foca, la morsa y la ballena. A estas especies se suman en el verano ártico numerosas aves acuáticas que merodean por los farallones y los islotes cercanos a la costa. Esta fauna es invariable en todo el Ártico —lo cual acentúa la uniformidad que caracteriza al desolado paisaje de la región— y constituye el elemento básico en la vida de los esquimales: de su carne se alimentan, con sus pieles se visten, de sus cueros hacen los kayaks en que surcan las heladas aguas, y con sus huesos fabrican los utensilios elementales que necesitan. La más mínima alteración ecológica en la fauna ártica tendría consecuencias catastróficas para ellos, ya que no existen alternativas. Donde se hallen los animales, vivirán; donde falten, morirán irremisiblemente.

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