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China town San Francisco
El Chinatown es uno de los barrios por donde vale la pena comenzar un recorrido.
En n la mañana del 18 de abril de 1906 parecía que la naturaleza había decidido acabar definitivamente con la ciudad de San Francisco. Un terremoto de 8,25° en la escala de Richter abrió el piso, todo tembló, y los barrios más pobres al sur de Market Street cayeron como castillos do naipes, mientras 56 incendios devastaban durante cuatro días las zonas del centro, Chinatown, North Beach, Tele-graph Hill, Russian Hill, Nob Hill y buena parle del Mission District.
Más del 50 por ciento de les pobladores quedaron sin techo y muchos lloraron a los 674 muertos. Pero el tiempo de los lamentos duró poco: rápidamente comenzó la reconstrucción de la urbe que creció durante el siglo pasado al calor de la fiebre del oro.
No mucho tiempo después del desastre, los tranvías circulaban normalmente por las calles, importantes edificios quedaron como nuevos y barrios como Chinatown se levantaron de entre sus propios escombros con un ímpetu similar al que solían tener los buscadores de minerales preciosos de antaño.
Hoy en día, con el turismo como una de las fílenlos principales de recurso.
San Francisco se convirtió en una perla del Pacífico a la que nadie que pretenda conocer los Estados Unidos puede dejar de visitar. Estados Unidos, sí, aunque también México, porque la influencia latina en la ciudad se encuentra por todos lados: en las comidas y los olores, en los gritos de los vendedores en mercados multitudinarios, en los rostros y en la música, en las fiestas populares, en la arquitectura y los colores estridentes de paredes y edificios, en la tradición muralista, en el estilo de vida. Después de todo. California fue arrancada a México en 1846 por los marines norteamericanos.
Que ver en san francisco
Reconstruida sobre sus propias cenizas, San Francisco es un mosaico de costumbres ajenas. Tierra de inmigrantes, se convirtió con el tiempo en una isla liberal para bohemios, artistas, buscavidas y personas que por diversas causas necesitaban un espacio de libertad para vivir. No caben dudas de que lo encontraron.
Las puertas, auténticas obras de arte, compiten entre ellas por personalidad, ornamentación y colores.
Inmortalizada en el cine por películas como “El halcón maltes” o “La dama de Shangai”, la belleza de San Francisco trasciende la pantalla.
Al este de la avenida Van Ness, se conservan alrededor de 14.000 casas de estilo Victoriano que subsistieron al terremoto de 1906; algunas de ellas verdaderas joyas arquitectónicas.
Informacion turistica de salta
Dónde ir:
San Isidro es un pequeño paraje enclavado en un cerro, a dos horas a pie de Iruya. También se puede visitar Titi-conte, un asentamiento precolombino de origen incaico, ubicado a 9 kilómetros del pueblo, y las comunidades de Pueblo Viejo. Colanzulí y Pie de la Cuesta. El Molino El Yugoslavo, camino a San Isidro, es otro destino interesante. En la hostería se pueden contratar excursiones con guía, a pie, a caballo o en camioneta.
Recomendaciones:
Iruya se encuentra a 2.730 metros sobre el nivel del mar. Por este motivo, es probable que quienes no están habituados a la falta de oxígeno de los ambientes de altura sufran los efectos del “apunamiento”. Para evitarlo, es recomendable no correr ni realizar esfuerzos físicos, comer poco, tomar abundante líquido y té de coca.
Los vehículos también pueden apunarse. Para evitar los efectos de la escasez de oxígeno en los motores, es conveniente abrir la entrada de aire del carburador.
Al realizar excursiones, lo ideal es contratar a algún guía de montaña o buscar la compañía de un lugareño. Ellos conocen los caminos y las condiciones climáticas.
Un buen protector solar, un sombrero, comida y al menos un litro de agua por persona son elementos imprescindibles en caminatas y excursiones.
El dinero en efectivo no abunda en Iruya. Para la comida y las compras de todos los días, conviene llevar cambio.
Alojamiento en iruya
Dónde alojarse:
La hostería de Iruya dispone de confortables habitaciones con baño privado y calefacción. A principios de octubre, cuando se celebra la fiesta patronal, resulta difícil encontrar lugar, por lo que es conveniente hacer reservas con anticipación (Tel: 076-829152). La habitación doble, con desayuno, cuesta 55 pesos. Otra opción, más económica, es el hostal Federico III, que dispone de capacidad para 12 personas. También hay casas de familia, como la de doña Alcira Alemán, que ofrecen alojamiento por cinco o seis pesos la noche.
Cuándo ir:
Durante los meses de verano, la ruta provincial 133 se vuelve intransitable por la crecida de los ríos. El período ideal para conocer Iruya comprende entre marzo y diciembre.
Dónde comer:
El único restaurante propiamente dicho es el de la hostería, donde se puede desayunar, almorzar o cenar. Hay varios comedores que a precios más que económicos (entre 3 y 5 pesos por persona) ofrecen comidas caseras y sabrosas pero no demasiado variadas. Entre ellos se destaca Alecap y la casa de Tina, ambos a una cuadra de la iglesia.
¿Cómo llegar a Iruya?
¿Cómo llegar?
En avión: desde Buenos Aires, la rula hasta el Aeropuerto El Cadillal, ubicado a 32 kilómetros de San Salvador de Jujuy. es cubierta por LAPA, Austral y Aerolíneas Argentinas. El pasaje ida y vuelta se consigue desde $ 194 más impuestos.
En ómnibus: el viaje hasta San Salvador de Jujuy dura aproximadamente 20 horas y cuesta entre 60 y 90 pesos.
Desde San Salvador, varias empresas recorren la ruta 9 hasta Humahuaca. El colectivo que va de Humahuaca a Iruya sale todos los días a las 10.15. Para llegar hasta el pueblo también se puede contratar alguno de los remises de la terminal de ómnibus de Humahuaca. El costo del viaje es de aproximadamente 70 pesos.
En auto: a Humahuaca se llega por la ruta nacional 9 (Panamericana) y el trayecto es de más de 1.700 kilómetros. Desde allí, hay que tomar la ruta provincial 133, que luego de pasar el Abra del Cóndor, a 4.000 metros sobre el nivel del mar, desciende hacia el valle del río Iruya. en el corazón de la Sierra del Senta, donde se encuentra el pueblo. El camino es de ripio, con curvas cerradas y cuestas empinadas.
Durante muchos años. Iruya figuraba en las mejores guías de turismo europeas pero era ignorada por los viajeros argentinos, por desconocimiento o Talla de interés. I Io_\. aunque no es macha la gente que llega desde Salta o Buenos Aires, quienes lo hacen se enamoran para siempre del lugar. Y vuelven, todos vuelven. Tienen una cita impostergable con el pueblo y su gente en la primera semana de octubre, cuando se celebra la fiesta de la Virgen del Rosario (ver recuadro) y una procesión abigarrada recorre las calles, se reúne más tarde en torno a la plaza para bailar junto a los “disfrazados” y. por las noches, suelta globos de papel que se pierden en un cielo rebosante de estrellas.
Camino a iruya
Aunque no es mucha la gente que llega a Iruya, quienes lo hacen se enamoran para siempre del lugar. Y vuelven, todos vuelven.
El pueblo tiene música propia, hecha de silencio, de las campanas de la iglesia, del eco de los pasos sobre el empedrado, de los cascos de las muías y los burros.
Hasta la conshucción. hace sólo al «unos meses, de una moderna hostería que contrasta con las casas chatas de adobe que la rodean, no había mas infraestructura turística que la hospitalidad de algunos iruyanos que abrían sus puertas a los viajeros a cambio de cinco dólares por noche. Ni había mas restaurantes que los comedores modestos pero pulcros, con manteles de hule y pocas mesas, donde se sirven empanadas y humitas caseras, vino barato y cerveza. Los sábados por la noche, los pocos jóvenes del pueblo que no emigraron para buscar mejor suerte en las ciudades se sientan a beber y a esperar el paso de un tiempo que transcurre sin prisa, ajeno a los relojes y los horarios. Los ritmos tropicales que irrumpen en la calma desde alguna radio suenan como una nota discordante en el paisaje árido, más habituado a la melancólica sonoridad de los erkes y al sobresalto de los bombos. Pero el pueblo tiene otra música, hecha de silencio, de las campanas de la iglesia, del eco de los pasos sobre el empedrado, de los cascos de las muías y los burros.
Historia de lruya
Las tierras del marqués.
En el siglo XVII. el silio donde más tarde se fundaría lruya era tan solo una pequeña parcela dentro de los dos millones de hectáreas del Marquesado de Tojo. El pueblo se encuentra a 317 kilómetros de la ciudad de Salta y a una altura de 2.730 metros sobre el nivel del mar. Una única ruta lo comunica con la ciudad de Humahuaca. El camino de ripio es escarpado y en los meses de verano se vuelve intransitable debido a la crecida de los ríos. Lejos del mundo urbano y aislada, fruya es, sin embargo, la capital de un departamento con una población aproximada de 4.400 personas; una tierra árida y salpicada de comunidades pequeñas, ocultas por los cerros, a las que únicamente se puede acceder a pie o a caballo. Los senderos serpenteantes atraviesan el río y desafían con sus cuestas abruptas y sus bifurcaciones a cualquiera que no haya nacido en la zona. Todo queda “ahí nomacito”, “subiendo una hora nomás”, como indican los lugareños a los turistas cuando se les pide información para llegar a algún sitio. Pero sin la compañía de un guía o de un habitante, orientarse es difícil. No pocos viajeros se han extraviado, sorprendidos por la noche en un rincón oscuro del camino.
Nada parece haber cambiado demasiado en los dos siglos de historia que tiene huya. Hace no mucho tiempo llegaron la electricidad, el único teléfono y las rugientes camionetas cuatro por cuatro de los turistas. Pero los iruyanos siguen recorriendo los caminos en burros o ínulas, la vida sigue estando impregnada ile un fuerte sentid.’ religioso, los hombres siguen ofrendándole chicha y tabaco a la Pachamama, las mujeres siguen teniendo muchos hijos y un gesto de resignación y cansancio en el rostro. Como tantos pueblos del interior, lruya vive a espaldas de los centros de decisión, de los avances tecnológicos y los beneficios del progreso. Nadie más que los turistas y un grupo de sacerdotes españoles de la orden de los Claretianos, que llegaron de España en la década del 70. repara en la existencia de esla tierra bella y sufrida.
Turismo de Salta Argentina
La sal de la fiesta.
El primer domingo de octubre, desde las comunidades de los alrededores, coyas vestidos de fiesta llegan a Iruya con las imágenes, engalanadas con flores de todos colores, de la Virgen del Rosario. Van a participar de la celebración patronal. Hombres, mujeres y niños, lugareños y turistas, fotógrafos y sacerdotes, recorren el pueblo en procesión, siguiendo los pasos ágiles de la danza de los “cachis”. La palabra, de origen aymara, significa “sal de la fiesta” o “persona disfrazada” y representa una tradición cuyos orígenes inciertos se remontan a la época precolombina. Los cachis son diez personajes movedizos y juguetones entre los que se destaca el rubio, que paradójicamente es un negro, jorobado, con antifaz y bonete, muy cómico, que representa el mal. Es quien dirige a los demás: entre ellos, los caballos y el toro representan la salud y acechan permanentemente al negro, simbolizando la lucha entre el bien y el mal. También está la familia de los cachis, compuesta por un viejo, una vieja y dos chinitas, que representan a la comunidad y bailan al compás de trompetas y bombos. Doña Alcira Alemán, una personalidad de fruya, descendiente de los primeros pobladores, cuenta en la publicación editada por la Prelatura de Humahuaca que en 1884 un misionero quemó los disfraces de los cachis frente a la iglesia, enfurecido por el carácter pagano de la danza.
En 1892 se retomó la tradición, renovada y adaptada al culto cristiano, y desde entonces los cachis forman parte de la adoración de la Virgen del Rosario, patrona del departamento. Por la noche, los disfrazados vuelven a la plaza y, alentados por las carcajadas de todos los niños de Iruya, lanzan al cielo fuegos artificiales y globos de papel incandescentes que se elevan como una plegaria. Se pide que el bien venza al mal, que no falten los pastos para los animales, que la vida sea un poco menos dura.
Fotos de iruya
Desde la austera tone de la iglesia, coronada por un techo turquesa, todos los domingos suenan las campanas que llaman a misa, y el eco que rebota en las laderas de los cerros les otorga una sonoridad de bronces antiguos. Entonces, las calles se llenan de mujeres que cargan sus guaguas (bebés) en las espaldas, hombres de manos ásperas, vie-¡ns que llevan en el rostro las mismas marcas que los cerros, el mismo color de arcilla resquebrajada por un sol bajo y caliente. Y muchos, muchísimos niños. Están por todas partes, los más pequeños andan en grupos y se acercan, curiosos, a los turistas. Hablan, preguntan, quieren aprender a sacar fotos. Los más grandes en cambio, caminan en silencio. Han aprendido de sus padres y abuelos a refugiarse en la timidez y el sigilo.
La primera semana de octubre, cuando se celebra la fiesta de la Virgen del Rosario, una procesión abigarrada recorre las calles. Abajo y en la página de enfrente: las calles, empinadas y cubiertas por piedras, se extinguen en las laderas de los cerros.
Iruya salta
Iruya.
En el norte de salta a 2700 metros de altura un pueblo oculto tras una muralla de cerros conjuga la belleza del paisaje con la historia y los rituales de una cultura distinta.
En lruya hay un solo teléfono, pero nadie parece necesitarlo demasiado porque la cabina suele estar vacía. Una vez por día, la llegada desde Humahuaca de un colectivo polvoriento y cansino quiebra la plácida monotonía de las horas. Las noches son frías y silenciosas, por las mañanas un sol perezoso trepa las laderas de los cerros y, más tarde, cae en picada sobre las casas de adobe caldeando el aire quieto del mediodía. Las pircas (muros de piedra) que rodean y sostienen la explanada donde se encuentra la iglesia le dan al pueblo la apariencia de una sinuosa ciudad amurallada. Las calles, empinadas y cubiertas por piedras que se vuelven rosadas con la luz del amanecer, se extinguen en las laderas de los cerros.
Todo está cerca en lruya, y sin embargo los turistas, agobiados por la falta de oxígeno, suelen sentarse a recobrar fuerzas para repechar la cuesta que separa la plaza de la hostería. Es fácil reconocerlos, no sólo por las cámaras de fotos y el color de la piel, sino por la respiración agitada y un cansancio que no logra atenuar el gesto de asombro por tanta belleza escondida detrás de una muralla de cerros.
Por las mañanas un sol perezoso trepa las laderas de los cerros, y más tarde, cae en picada sobre las casas de adobe calderando el aire quieto del mediodía.











