Archivos para abril, 2013

Músicos del Cairo


El calor aprieta. Aunque el vestíbulo central de la Asociación Al-Nour wal Amal (Luz y Esperanza) aún está vacío, pronto va a comenzar el ensayo. Las intérpretes, mujeres cuyas edades oscilan entre los quince y los treinta y tantos años, llegan de una en una, procedentes del colegio o del trabajo.
A pesar de la oscuridad, muchas llevan gafas de sol; la mayoría cubre su cabeza con un pañuelo o un chador. Estamos en El Cairo, capital de Egipto. Al final del vestíbulo, las jóvenes saludan a Sherifa Fathi, que enseña árabe y música en la escuela primaria de la asociación. Está escribiendo en braille, con pizarra y punzón: Al-Nour wal Amal es un centro para niñas y mujeres invidentes.
A las cuatro en punto, Ahmed Abu el-Aid, director de la orquesta, entra en la sala. Este hombre, de poco más de 60 años de edad, es la única persona que puede mirar la partitura. Cuando las jóvenes están preparadas, anuncia el programa del día: comenzarán con la pieza que acaban de ensayar: la Danza eslava de Dvorak. Como aquí no tiene sentido dirigir la orquesta agitando las manos o una batuta, el maestro mantiene el ritmo golpeando su atril con el mango de un matamoscas. Una vez que la pieza está bien avanzada, Abu el-Aid pasea calladamente por la orquesta y corrige suavemente la posición de la mano o la muñeca de una chelista.
-Los ciegos no tienen un don especial para la música-dice el maestro-. Mi experiencia me dice que son iguales que los demás. La única diferencia es que los invidentes tienen más problemas porque una orquesta normal depende por completo de la vista. Los músicos tienen que poner un ojo en el director y otro en la partitura. Es verdad que hay intérpretes ciegos, algunos de ellos excelentes, pero todos son solistas.
Este grupo sólo toca música egipcia -a veces mezclada con ritmos tradicionales de estilo occidental- y composiciones europeas pertenecientes al último período romántico. El énfasis en el repertorio europeo contribuye a proteger a la orquesta de las críticas de los integristas islámicos: algunos de ellos sostienen que la música árabe fomenta la conducta licenciosa.
Aunque varias mujeres de Al-Nour wal Amal profesan el cristianismo, la mayoría es musulmana. La preocupación de estas últimas por la rectitud de su actividad musical les llevó a buscar consejo de un religioso. Imán Fawzi, contradeseo del maestro por crear un repertorio accesible, tanto para audiencias egipcias como extranjeras. Desde su fundación en los años cincuenta, la orquesta ha llevado a cabo actuaciones en lugares como Alemania, Inglaterra, lapón, los países del golfo Pérsico, Marruecos y España, además de en Egipto.
La orquesta es el proyecto más sobresaliente de la asociación, fundada en 1954 por Istiqlal Radi, hija de un acaudalado latifundista. El trabajo anterior de Radi con la Media Luna Roja (el equivalente de la Cruz Roja en el mundo islámigías, influencia y fortuna a crear un entorno en el que las niñas invidentes pudieran florecer al máximo. Se intenta preparar a todas las muchachas para una vida independiente, proporcionándoles una preparación en educación física, cocina y economía doméstica. Para las integrantes del programa de rehabilitación, el matrimonio es el camino más factible para desarrollar una vida fuera del centro. En ese caso, la asociación la ayudará a reunir el ajuar e incluso le suministrará el traje de boda.

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El parque nacional de los glaciares


El Parque Nacional de los Glaciares, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1981, abarca los diez ventisqueros del Campo de Hielo Sur (Marconi, Viedma, Moyano, Upsala, Onelli, Spegazzini, Mayo, Ameghino, Perito Moreno y Frías) que vierten hacia Argentina. Entre todos destaca el Perito Moreno, que por sí solo justifica una excursión accesible desde Chile, ya que está cerca de las Torres del Paine. Su peculiaridad es que se trata del único ventisquero que no se encuentra en regresión. Así como los cambios climáticos han hecho retroceder los demás glaciares, el Perito Moreno alarga su lengua a razón de cien metros anuales sobre el lago Argentino, llegando a alcanzar la orilla opuesta, una circunstancia que bloquea por completo dicho lago. Cuando esto ocurre (la primera vez sucedió en 1918 y se repite irregularmente cada varios
años), la presión ejercida por el agua en la pared sur del glaciar hace que el hielo se quiebre, desmoronándose totalmente en 48 horas. La ruptura, acompañada del estruendo de los témpanos al caer, es uno de los espectáculos más emocionantes que brinda la naturaleza. Para aprovechar al máximo la visita, se puede pernoctaren la cercana hostería Los Notros o en el hotel El Quijote, situado en la localidad de El Calafate.

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Los campos de glaciares de la patagonia


La Patagonia poséela mayor extensión glaciar del mundo fuera de las zonas polares: los Campos de Hielo Norte y Sur. Se trata de dos enormes y espesas masas heladas incrustadas entre las estribaciones de los Andes a una altitud media de 1.500 metros; excepto las montañas más altas, cubren todo el territorio. Los picos no alcanzados por la invasión glacial, que sobresalen de las blancas mesetas como islotes rocosos, se conocen como nunataks y muchos de ellos tienen, a su vez, la cumbre cubierta por hongos de hielo. El fenómeno, casi exclusivo de los Andes patagónicos, ocurre cuando la humedad transportada por los fuertes vientos del Pacífico
se congela en las superficies expuestas. Tanto el Campo de Hielo Norte como el Sur, alimentados por continuas nevadas, están protegidos de la fusión por una capa de nubes casi perpetua. Al contrario que otras grandes extensiones glaciares, se mueven en todas direcciones y están relativamente poco agrietados. El Campo de Hielo Norte, en la Región de Aisén, tiene unos 100 kilómetros de longitud y abarca 4.500 kilómetros cuadrados. De él se desgajan, entre otros, los ventisqueros San Rafael, Grosse, Gualas, Soler, de la Colonia, Benito y San Quintín. Contemplar desde la altura este fabuloso espacio helado sobrecoge, pero aún impresiona
más la visión del Campo de Hielo Sur, cuyas dimensiones (320 kilómetros de longitud y anchuras entre 40 y 70 kilómetros) sólo son superadas por la Antártida y Groenlandia. Aunque la mayor parte de sus 14.300 kilómetros cuadrados de superficie se encuentra en en Chile (principalmente en Magallanes), una porción pertenece a Argentina, manteniendo ambos países una disputa territorial sobre la zona. De este campo helado descienden 47 lenguas glaciares, de las que 37 (Pío XI, Montt, Grey, Dickson, Tyndall, etcétera) se desbordan sobre los fiordos del Pacífico. Las otras 10 vierten al Atlántico a través de los grandes lagos que flanquean la Pampa argentina.

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Los paisajes de la región de Aisen


La Región de Aisén, cuyo nombre deriva de la castellanización del término inglés ice end (fin de los hielos), es un territorio casi deshabitado, convertido por las circunstancias en uno de los de futuro más prometedor del planeta. Pocas zonas naturales -quizá sólo la Antártida- cuentan con una proporción mayor de espacios protegidos y parques nacionales como esta región antes llamada Trapananda -donde los españoles buscaron infructuosamente la Ciudad Dorada de los Césares- y que fue incorporada a la división administrativa del estado chileno en 1928. Hoy es posible recorrerla siguiendo la Carretera Austral, para lo cual es conveniente disponer de un vehículo todo terreno con provisión de gasolina. Una vez obtenida esta infraestructura básica, sólo queda abrir bien los ojos y disfrutar a fondo del cascada que se desprende del glaciar. Muy cerca se encuentra Puerto Puyuhuapi, aldea fundada a orillas del fiordo homónimo en 1935 por cuatro colonos alemanes que iniciaron una próspera actividad agrícola y ar-tesanal en la zona. Merece la pena visitar la fábrica de alfombras de alta calidad montada por el ingeniero textil Walter Hopperdietzel en 1945, al igual que el centro termal situado en la orilla opuesta del fiordo.
Un camino lleno de sorpresas visuales
Los parajes espectaculares -el puente sobre el río Cisnes, la Piedra del Gato- se suceden a lo largo del camino. Cien kilómetros al sur (distancia que puede suponer entre dos y tres horas de viaje) se levantan los núcleos urbanos de Puerto Aisén y, más allá, Puerto Chacabuco, actual fondeadero de los barcos de gran calado. Aquí es posible alquilaruna embarcación para visitar las colonias de lobos marinos del archipiélago de Los Chonos y el bosque lluvioso del Parque Nacional Isla Magdalena; o tomar alguna de las líneas regulares que se dirigen a la laguna San Rafael, donde desemboca el glaciar homónimo, uno de los más impresionantes que bajan del Campo de Hielo Norte. Entre Puerto Chacabuco y la frontera argentina, la Carretera Austral está pavimentada. Por toda la zona pueden observarse gran cantidad de bosques quemados, resultado de los incendios practicados hace 50 años con el fin de despejar terreno para el ganado. En el valle donde confluyen los ríos Simpson y Coihaique, a 740 metros de altitud y rodeada de montañas que en invierno se cubren de nieve, se levanta Coihaique, capital de Aisén. Una de sus rectilíneas calles alberga el Museo Regional de la Patagonia, que muestra la joven historia aisenina a través de las curiosas fotos de los primeros colonos. La historia de la colonización se hace puro presente al salir de la ciudad en dirección a Balmaceda,espectáculo. Al norte de la Región, el camino bordea el Parque Nacional Queulat. una densa selva siempre verde de clima frío-húmedo que alberga tesoros naturales como el ventisquero Colgante, llamado así por la vertiginosa primer poblado deAisén -su fundación data de 1917-y actual sede del aeropuerto regional. La carretera discurre por un paisaje ameno junto al arroyo Pollux, salpicado de rebaños de vacas, bosques de flirres, hileras de álamos y casas de madera, muchas de ellas recién levantadas o en proceso de construcción, que nos muestran que el espíritu de los pioneros está bien vivo. Al sur de la capital aisenina se multiplican los parajes atractivos, sólo transitados por viajeros aventureros y algunos arrieros a caballo. Después de cruzar una boscosa quebrada se llega a un valle glaciar con curiosas formaciones rocosas, entre las que destaca la Piedra del Conde, montaña con aspecto de perfil humano. Tras atravesar la Reserva Nacional Cerro Castillo por el portezuelo Ibáñez (1.120 metros de altitud) y descender la Cuesta del Diablo, aparece la soberbia visión del valle del río Ibáñez, cubierto en parte por las cenizas del volcán Hudson. Más allá, la carretera recorre los lindes del impresionante río Cajón Cofre, el valle del Murtay las orillas del lago General Carrera, que, con sus 2.240 kilómetros cuadrados de superficie, es el segundo más grande de Sudamérica después del Titicaca. Compartido con Argentina, donde se conoce como lago Buenos Aires, destaca por el intenso color azul de sus aguas, que vierten en el Pacífico a través del río Baker, el más caudaloso de Chile. Más allá, junto al lago Cochrane, se sitúa la Reserva Nacional Tamango, uno de los pocos lugares donde, con suerte, se pueden observar huemules. En Puerto Yungay, a 112 kilómetros de Cochrane, termina la Carretera Austral, aunque está prevista una prolongación que llegue hasta Villa O’ Higgins, al pie mismo del Campo de Hielo Sur.

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La fauna de la patagonia chilena


Entre los mamíferos terrestres destaca el guanaco (Lama guanicoe), un camélido de la familia de las llamas que vive en manadas en las llanuras, aunque en verano suele subir a las montañas en busca de pasto. También habita los altos pastizales el huemul, ciervo cuya elegante figura forma parte del escudo nacional chileno. Hoy está protegido, al igual que el pudú, el antílope más pequeño del mundo con sólo 50 centímetros de estatura. Todos estos herbívoros comparten un predador natural: el puma (Félix concolor) o león americano, habitante de las montañas y valles cordilleranos, y que, pese a las leyendas que corren, sólo ataca al hombre cuando se siente amenazado. Otras especies curiosas de las tierras patagónicas son el zorro culpeo, de hermosa piel castaña rojiza, y el zorro gris. Las frías aguas costeras de esta región son el habitat natural de numerosos mamíferos marinos, como la ballena (Balaena australis), la tonina, la foca o lobo marino de un pelo, y la foca de piel fina o lobo marino de dos pelos. También hay nutrias, peces como el róbalo, el pejerrey, el congrio, la merluza o la sardina, numerosos moluscos y crustáceos, y fabulosas aves marinas, entre las que destaca el pájaro niño, el pingüino rey, el pingüino de Magallanes, el cormorán y el quetro o pato a vapor, que al no poder volar, “corre” sobre el agua propulsandose velozmente con las alas como si fueran remos. Los cielos cordilleranos son el dominio del cóndor, el mayor ave del mundo, cuya envergadura con las alas desplegadas alcanza cuatro metros. Mientras, correteando por las estepas, se puede ver el avestruz o ñandú, un resto de esa ancestral fauna de tipo australiano. Desde los Andes hasta la costa pululan las águilas, los caranchos y las avutardas, y en los charcos y lagunas hay patos de todos los colores, cisnes de cuello negro, flamencos y unos gansos salvajes llamados caiquenes. Por último, los cortos pero caudalosos ríos patagónicos albergan numerosos ejemplares de salmones y truchas.

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Los indígenas de tierra del fuego


El exterminio indígena

Desde la prehistoria hasta el siglo XVI, los únicos humanos que habitaron el extremo sur de América fueron los indios, nómadas perfectamente adaptados al duro clima de la región. Por un lado estaban los cazadores terrestres: onas en la isla de Tierra del Fuego y tehuelches en las pampas situadas al norte del estrecho de Magallanes. Su principal sustento era el guanaco, del que obtenían carne, leche y pieles para protegerse del frío. Mientras, en las costas y canales se desenvolvían los alacalufes y yamanas, canoeros que vivían de la pesca y de la captura de focas y ballenas. Los cua-
tro grupos coexistían pacíficamente cuando el marino portugués Hernando de Magallanes, al servicio de la corona española, descubrió el paso hacia el océano Pacífico en 1520. Ése fue el primer contacto entre los europeos y los nativos, a los que Magallanes llamó patagones en alusión a un personaje de un libro de caballerías llamado Patagón. Un contacto que se intensificaría a través de sucesivas exploraciones y una lenta colonización que, a la larga, resultó devastadora para los indios. Por su valor estratégico, la región desató desde el principio la codicia de las monarquías europeas, así Fuerte Bulnes fue la punta de lanza de la colonización chilena de la Patagonia. como la de numerosos navegantes y mercaderes. Sin embargo, la dureza del mar, el rigor climático y la resistencia indígena llevaron al fracaso a la mayoría de los expedicionarios del siglo XVI, con lo que a Patagonia fue olvidada durante dos siglos. Sólo a partir de la independencia de Argentina (1816) y Chile (1818), ambos estados comenzaron a expandirse en la región, al tiempo que se intensificaban los viajes científicos. Darwin recorrió las costas patagónicas a bordo del Beagle en
1832 y, apoyado en su teoría sobre la supervivencia del más fuerte, hizo observaciones sobre los indígenas que contribuyeron a su destrucción. Los calificó de “abyectos y miserables”, se mofó de sus canoas y su lenguaje (“un cacareo ininteligible”) y encontraba intolerable que fueran congeneres suyos. Cuando el gobierno chileno inició la colonización con la fundación de Puerto Bulnes. en 1843, la población aborigen -entonces unos 12.000 individuos- fue considerada un estorbo para las tareas de expansión ganadera. En 1919, año en que el misionero polaco Martin Gusinde viajó a Tierra del Fuego para establecer relación con los indios, sólo sobrevivían 600 onas, yamanas y alacalufes. Actualmente apenas quedan 45 alacalufes mestizos en Puerto Edén y algunos yamanas en Puerto Williams.

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El bosque de la patagonia chilena


Es posible que la afirmación de Pablo Neruda de que “quien no conoce el bosque chileno no conoce el planeta” sea una exageración poética, pero no parece exagerado decir que quien no conoce el bosque patagónico no sabe lo que es un bosque, pues aquí alcanza una riqueza y unas dimensiones espectaculares. El sur chileno constituye un espacio de inmensa importancia ecológica, gracias a la gran variedad de paisajes y formaciones vegetales que llenan los apenas 200 kilómetros que separan los Andes del océano. Mientras en la frontera con Argentina se extiende la pampa esteparia, a orillas del Pacífico las grandes precipitaciones (se registran hasta 5.000 milímetros anuales en Palena) permiten el desarrollo de una selva exuberante; en algunas zonas, impenetrable. En este paraíso verde crecen numerosas especies arbóreas, algunas impresionantes por su tamaño y frondosidad, como el coigüe de Magallanes (Nothofagus betuloides) y el coigüe común (Nothofagus dombeyi), que llega a alcanzar los 50 metros de altura. También destacan las lengas (Nothofaguspumilio) y los mires (Nothofagus antárctica), espectaculares en otoño, al ser de hoja caduca. Otros árboles espléndidos son el alerce, el ciprés, el mañío, el arrayán, el laurel y el elegante canelo, de grandes hojas verdes y brillantes, y cuya corteza, introducida en Europa por el explorador John Winter, fue usada como remedio contra el escorbuto.
Tupida alfombra vegetal:
También hay abundantes arbustos, como el tepu, el ciruelillo o notro y el queule, de vistosos frutos rosáceos. En las zonas húmedas y umbrías crecen gigantescos helechos y unas inmensas hojas llamadas nalcas, de hasta tres metros de envergadura, que hacen aún más espesa la trama boscosa. En cambio, las pampas muestran una vegetación descarnada, donde el rey es un pequeño arbusto espinoso llamado calafate (Berberís buxifoliá), presente en todas las zonas áridas de la Patagonia. Tiene unas llamativas flores amarillas y unas sabrosas bayas dulces de color púrpura que, según asegura la leyenda, garantizan a quien las coma el retomo a la región.
Este fabuloso muestrario de flora patagónica apenas ha sufrido alteraciones a lo largo del tiempo, si exceptuamos la introducción por los europeos de especies como el álamo o algunas coniferas. Sin embargo, no ha ocurrido lo mismo con los animales, que se han visto afectados por diversos cambios. Hace tres millones de años, cuando Sudamérica era un continente aislado del resto de América, la Patagonia estaba habitada por una fauna marsupial similar a la de Australia. Pero al crearse el istmo de Panamá, se registró una emigración a gran escala de mamíferos placentarios norteamericanos. Este hecho, junto con la introducción por los europeos de cerdos, caballos, conejos, castores, etcétera, ha configurado un bestiario bien distinto al original, pero no menos interesante. Además, su contemplación es todo un placer, pues la mayoría de las especies no son agresivas y se encuentran en zonas accesibles.

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Las torres del paine


Los abruptos perfiles de los Cuernos y las Torres del Paine, que se elevan hasta los 2.660 metros de altitud, desafian la destreza de los escaladores que visitan el Parque Nacional del mismo nombre.

A tener en cuenta:
La moneda chilena es el peso (una peseta equivale a unos tres pesos).
• El requisito de entrada es el pasaporte en regla.
Es fundamental para recorrer la Patagonia llevar calzado cómodo y fuerte, y ropa de abrigo que proteja de la lluvia.
• Para visitar los parques nacionales, que son muy
numerosos e interesantes en el sur, hay que pagar entrada. Están administrados por la CONAF

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Los bosques inexplorados de la Región de Aisén


Este camino reveló uno de los secretos mejor guardados del mundo:
En algunas zonas de la Región de Aisén, el bosque es tan espeso que aún permanece inexplorado. La reciente apertura de la pista de tierra denominada Carretera Austral permite contemplar hoy esta maravilla natural donde crecen los coigües y alerces.

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Rincones de Punta Arenas en Chile


Construido por el arquitecto francés Numa Mayer en 1895 con materiales traídos de París, el palacio Sara Brown es uno de los edificios más notables de Punta Arenas. El centro de la capital de la Región de Magallanes destaca por los lujosos inmuebles que hicieron levantar los terratenientes ganaderos a finales del siglo XIX.

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