Archivos para marzo, 2013

El sur de chile


Hay que sentir el viento zumbando en los oídos, amenazando con tirarte al suelo a cada paso, para entender la fuerza que tiene la naturaleza en este rincón del mundo. Hay que pararse a contemplar los grandes bloques blancos y azulados, todavía en sombras; escuchar el estruendo que provocan al romperse y ver cómo los hielos cambian de color y de forma a medida que reciben los rayos del sol. La emoción se convierte en sorpresa cuando, tras un traslado en avión desde Punta Arenas hasta Balmaceda, vía Puerto Montt, recorremos la región de Aisén a través de la Carretera Austral. Es la otra cara de la Patagonia chilena, la más desconocida. Comparte con Magallanes la baja densidad de población (entre ambas zonas apenas suman 220.000 habitantes en un espacio de 250.000 kilómetros cuadrados, equivalente a la mitad de España) y una naturaleza sin domesticar, pero el paisaje es completamente distinto. Lo que allí era pampa y horizonte infinito, en Aisén es puro bosque impenetrable que llega a las mismas orillas del océano Pacífico. La pluviosidad, que se cuenta entre las más elevadas del mundo, alimenta una selva eternamente umbría, alfombrada de enormes heléchos, quilas y nalcas, junto a los que crecen altos coigües, tepas, mañíos, canelos, arrayanes, cipreses y otras especies arbóreas. Tempestuosos ríos con aguas espesas de color turquesa bajan desde los glaciares atravesando el bosque. También hay lagos enormes -Vintter, General Carrera, Cochrane… y canales como el de Puyuhuapi, cuyo paisaje recuerda más a los fiordos de Noruega que a cualquiera que uno pueda imaginar en Chile.
Esta geografía tan tortuosa ha hecho prácticamente imposible la colonización de la zona hasta época bien reciente, y como consecuencia, ha ayudado a conservar intacta la naturaleza. La contrapartida es que ha mantenido aislados a sus escasos habitantes, obligados a efectuar largas travesías en barco o a caballo a través de Argentina para poder abastecerse. Por eso, la construcción de la Carretera Austral, cuyo primer tramo fue inaugurado en 1983, ha sido tan importante. Aunque se trata en realidad de un camino de ripio (tierra apisonada) equivalente a las pistas forestales españolas, para los aiseninos es una verdadera autopista, la vía que les ha puesto en comunicación con el mundo. En su largo trayecto -más de mil kilómetros entre Puerto Montt y Puerto Yungay- uno puede descubrir la emoción de la historia que se está haciendo; ver cómo a cada tramo abierto se abren nuevas expectativas para los colonos. Periódicamente, las obras de reparación o de mejora interrumpen nuestra marcha, siempre anunciadas con un cartel que termina por hacerse entrañable: “Señor usuario: su molestia es un pequeño sacrificio en beneficio de esta vía”. La cantidad de cruces y ramos de flores que jalonan los bordes del camino es un decorado llamativo que recuerda a los muertos en accidente. Parece increíble que habiendo tan poco tráfico -en cinco días apenas nos habremos cruzado con veinte o treinta vehículos- pueda haber tantos siniestros; una vez más, la Patagonia se muestra diferente.
Recorrer la zona de la Carretera Austral supone disfrutar de un espectáculo natural a cada paso. Como el valle del río Ibáñez, cubierto por la ceniza en 1991 por el volcán Hudson, creando un paisaje fantasmal donde los esqueletos retorcidos de los árboles emergen del agua como extrañas esculturas. O los miles de troncos renegridos, que no proceden de erupciones naturales, sino de los gigantescos incendios provocados por los colonos hacia 1940. En realidad, no trataban de causar un desastre ecológico, sino de habilitar tierra para el pastoreo. De hecho, los fuegos fueron auspiciados por la propia ley chilena, que recompensaba la roturación de los campos con títulos de propiedad. Pero muchos escaparon a todo control; los humos alcanzaron las costas del Atlántico, con consecuencias que pudieron ser catastróficas. Sin embargo, la fuerza del bosque patagónico es tan impresionante que el renoval ya está brotando por doquier, anunciando la recuperación del manto vegetal.

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Puerto natales y las llanuras patagónicas


En dirección hacia Puerto Natales, situado a 242 kilómetros al norte, se extienden las interminables llanuras esteparias. A medida que avanzamos por la carretera -asfaltada sólo en algunos tramos-, el paisaje empieza a parecerse al de la Patagonia que suelen describir los libros. Una región “de aire puro y espacios abiertos; de huesos pelados por los carroñeros, barrida por el viento, donde los hombres quedan reducidos a lo elemental y descamado”, según palabras del escritor inglés Bruce Chatwin. Me impresiona el cielo más que cualquier otra cosa, tan alto, con nubes siempre cambiantes, proyectando una luz mágica sobre los vastos páramos. Junto a la carretera proliferan los charcos y lagunas poblados de caiquenes, unos gansos salvajes omnipresentes en la Patagonia.

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Llegando a la patagonia


En Santiago, antes de partir hacia la Patagonia, el fotógrafo chileno Pablo Valenzuela, mi compañero de viaje, me preguntó cómo me imaginaba yo esa región que íbamos a recorrer durante tres semanas. A bote pronto le dije que en la imaginación geográfica de los españoles era, fundamentalmente, un lugar remoto. O más bien, el lugar remoto por antonomasia. Decir Patagonia es como decir Conchin-china, Pernambuco, Beluchistán o cualquier otro territorio de los que suelen identificarse con el fin del mundo. Luego, pensando despacio, traté de recomponer una imagen más completa, recordando lo que había leído en libros y reportajes. Era un collage formado por inmensos espacios desolados donde unos pocos pioneros luchaban por sobrevivir en condiciones adversas. Había frío, viento /nieve, plantas y animales fabulosos, y paisajes increíbles, casi inexplorados, que hacían del gran sur chileno el último espacio virgen del planeta. La visión resultaba estimulante pero algo tópica, y en el fondo me provocaba cierta desconfianza. Es difícil imaginar que en estos tiempos pueda haber sobre la tierra lugares tan puros, tan incontaminados como proclama la literatura al uso sobre la Patagonia. Cuesta creer que sea posible recorrer cientos de kilómetros sin ver una ciudad, una fábrica, un bloque de edificios de cemento, un complejo turístico… O que existan poblaciones cuyas primeras casas se levantaron en 1965, y cuyos fundadores no sólo no forman parte de los libros de historia, sino que están vivos y hasta se puede conversar con ellos.
En el vuelo que nos conduce desde Santiago a Punta Arenas, capital de la Región de Magallanes y Tierra del Fuego, ya se intuye que aquí las cosas tienen otra dimensión. Contemplar desde el aire la geografía chilena, con la presencia constante de los Andes y sus volcanes nevados a la izquierda (imprescindible pedir asiento de ventanilla, con vistas a la cordillera), es una de las experiencias más emocionantes que se pueden vivir a bordo de un avión. Si, además, uno tiene la suerte de sobrevolar el Campo de Hielo Sur en un día despejado, nunca podrá olvidar la visión de esa inmensa extensión de glaciares -la mayor masa de hielo del planeta tras la Antártida y Groenlandia- que parece no acabar nunca. Por otra parte, el avión es casi la única alternativa para acceder a la Región de Magallanes desde el centro del país. Las otras opciones -una travesía de varios días en barco o 3.212 kilómetros por carreteras de tierra a través de Argentina- son prácticamente inviables, salvo que se disponga de todo el tiempo del mundo.
Sin embargo, y pese a su aislamiento, Punta Arenas es todo menos un lugar incivilizado. Resulta una ciudad encantadora, con su puerto a orillas del estrecho de Magallanes y un cierto aire cosmopolita, donde se mezclan los palacetes decimonónicos y las casas de madera uni-familiares en un entramado de calles perfectamente rectas, al más puro estilo americano. Conversando con un periodista local, me informo de que su fisonomía se debe al aluvión de inmigrantes croatas (la mayoría), ingleses, alemanes, suizos, franceses y españoles que llegaron a partir de 1875, atraídos por las explotaciones ganaderas y por su animada actividad portuaria, ya que entonces el estrecho era paso obligado de los barcos que navegaban del Atlántico al Pacífico, o viceversa. Gracias a este impulso, la ciudad floreció de forma extraordinaria. Todavía están en pie la plaza, el teatro, el elegante cementerio, los museos y las grandes mansiones de los terratenientes estancieros, muchas de estilo francés. Como un pequeño París de 100.000 habitantes en el fin del mundo, Punta Arenas tiene el encanto de ser la última avanzadilla de la civilización urbana en cientos de kilómetros a la redonda. Más allá, todo es naturaleza en estado salvaje.

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San Luis en París


San Luis está hoy poblada de restaurantes encantadores, cafés, hoteles y puestos de helado.
En Los Vosgos se encuentra uno de los hoteles con mayor capacidad de seducción de la ciudad, el Pavillon de la Reine, donde dormir con complejo de conde sale por unos cuantos euros. Anticuarios, modistos, restauradores y propietarios de salones de té se reparten los soportales que parecen un hormiguero humano durante los fines de semana; para evitar incomodidades, mejor volver entre semana.
Avanzar por la Rué Francs-Bourgeois, en pleno barrio de Le Marais (cerquita de donde Gérard Dépardieu hizo de Cyrano de Bergerac y de la encantadora plazuela del Marché de Sainte-Catherine), para salir por una de las esquinas de la plaza es una de las sensaciones más placenteras que pueden vivirse en París.
También lo es cruzar el Sena por el Pont Marie y convertirse en un Robinson urbanita y burgués en la bucólica e impasible isla de San Luis. El amanecer en esta pequeña ínsula salpica de malvas y naranjas los muelles adoquinados que recorrían Camille Claudel y Baudelaire cuando vivían aquí. La gran escultora y amante de Rodin tenía su estudio en la isla, y el más maldito de los poetas malditos escribió en ella sus salvajes Flores del mal. Refugio tradicional de artistas, músicos, escritores y regios representantes de la alta política, la isla está hoy poblada de restaurantes encantadores, pequeños y caros hoteles, cafés y los puestos de Glaces Bertillon, los helados más famosos de la capital. Tal es así que puede decirse que es una diminuta ciudad dentro de la gran urbe.
París apaga sus días, nunca sus luces. La ciudad alarga su poética existencia por los muelles del Sena, entre las olitas de los bateaux-mouches y a la vera del Pensador de Rodin que, subido en su pedestal frente a la cúpula de los Inválidos, parece reflexionar antes de tomar la decisión más importante del mundo.

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La basílica de Saint Vincent de Paul


A los pies de la basílica de Saint-Vincent-de-Paul, unas escaleras conducen a los pequeños jardines que rodean la basílica, dedicada al santo fundador de la comunidad de las Hijas de la Caridad. Al fondo, el tráfico discurre por la plaza Franz Liszt y la calle Fenelon, a la derecha.

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La plaza del Marché Saint- Catherine


Desde el ángulo de la calle Carón, la plaza del Marché Sainte-Catherine es una isla de sosiego en el barrio de te Marais. Como está cortada al tráfico de automóviles, los restaurantes montan sus terrazas al aire libre en cuanto el tiempo lo permite. Pese a estar muy próximo a la ruidosa calle Saint-Antoine, el ambiente silencioso sólo es roto por las melodías de los grupos musicales callejeros. La plaza debe su nombre al antiguo priorato de Sainte-Catherine-du-Val-des Ecoliers, derribado en 1783 para abrir la citada vía.

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El barrio de Montmartre y su historia


Todavía quedan en pie algunos de los molinos de Montmartre:
El norte de París está dominado por la grandiosa cúpula blanca del Sacre-Coeur, reina perenne en la colina de Montmartre. Hay que acercarse a la Comuna Independiente de Montmartre al final de una tarde cualquiera entre semana, lejos de las hordas de turistas que cada sábado y cada domingo colapsan la Place du Tertre, ex universo mágico en el que los viejos y deliciosos émulos de los impresionistas dejaron paso hace años, muchos años, a vendedores de serigrafías de pintura naif fabricadas como rosquillas, y a caricaturistas de a menudo dudoso gusto y caché suntuoso.
Un poco apartado del mundanal ruido, el Museo de Montmartre ofrece un recorrido sentimental por aquella época dorada en que la colina atraía como un poderoso imán a los artistas del mundo entero.
Maurice Utrillo plasmó como nadie las borrosas tardes de la Butte Montmartre, de ese tejido abigarrado de calles y plazuelas con nombres como Rué des Saúles, Alameda de las Brumas, Rué Cortot o Rué Saint-Vincent. Hoy, todavía queda en pie alguno de los molinos de la Galette, cerca del Bateau-Lavoire de Picasso y del cabaret Le Lapin Ágil (El Conejo Ágil), casa de moral distraída y refugio recurrente para las inquietudes etílicas y sexuales de los habitantes de la colina a principios de siglo.
A Montmartre puede accederse a pie, serpentando por sus jardines, o en el encantador funicular que llega a la falda de la colina o, más prosaicamente, en un pequeño autobús llamado Montmartrebus, y que a la vuelta deja al viajero en pleno barrio de Pigalle. Donde, por cierto, la vida ya no es lo que era. El progreso ha traído los sex-shops y los peep-shows, shows-hard y demás variantes de espectáculos eróticos.
Abandonadas las alturas de la colina mágica y deslizándose hacia los alrededores del centro geográfico de París, los pies del visitante casi le obligarán a detenerse en la que muchos consideran invariablemente como la más parisiense de las plazas de París: la de los Vosgos. La que fuera antigua plaza Real convierte en puro ensueño algo tan frío como la simetría. Incrustada en el extremo este del barrio de Le Marais, a pocos minutos del Museo Picasso y casi a la sombra de La Bastilla, sus fastuosos pabellones de ladrillo rojo y tejados de pizarra son uno de los más codiciados objetos de deseo inmobiliario de la capital francesa.
No se sabe qué encierra más encanto, si los soportales de arcos redondeados, las mansardas (cubiertas de pendiente acentuada donde suelen abrirse buhardillas) que culminan cada pabellón, las cuatro fuentes de la plaza cuando se encienden sus luces a la caída de la noche, o la propia paz que se respira en el recinto, a pesar de estar junto a la Rué Saint Antoine, una de las principales arterias de esta zona de París. Aquí vivieron el cardenal Richelieu, Víctor Hugo (su casa, en el número 6, se puede visitar) y el ex superministro de Cultura francés, el socialista Jack Lang.

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París y sus calles famosas


París es un tarot gris, porque una especie imperceptible de destino aguarda a sus visitantes. En esa baraja donde apenas cabe el azar y donde, es bien sabido, todo ocurre porque ha de ocurrir, caben infinitas versiones del mismo mundo: entre los tejados aéreos y grises de Doisneau y las callejuelas empedradas y húmedas fotografiadas por Atget hay parecida distancia que entre el canal Saint-Martin, filmado por Carné, y los viejos cafés inmortalizados por Renoir.
París, el tarot, el octaedro que diría Julio Cortázar desde su tumba de Montparnasse, está escondido o puede estarlo, según acierte su peregrino a sepultar evidencias, a olvidar estereotipos estomagantes.
Contemplando de frente el universo poliédrico llamado París, según se mira hacia arriba a mano derecha, una mancha verde en forma de hígado y con un punto azulado en el centro aparece ante los ojos reivindicando los galones de parque más misterioso de la ciudad.
El jardín Buttes-Chaumont (las Colinas de Chaumont), creado por Napoleón III al igual que los grandes pulmones verdes de Bolonia y Yincennes, surge entre el cemento y el asfalto como un islote solitario, a pesar de estar enclavado junto a Belleville, uno de los barrios más bulliciosos de la ciudad, una especie de pequeño Magreb en medio de París. Buttes-Chaumont: sólo el nombre evoca la triste suerte de las legiones de suicidas que, a principios de siglo, elegían el leve puente colgante para poner fin a sus días. El templete de Sybille, una copia fiel del que existe en Roma, constituía su última visión de este mundo.
Muy cerca, levemente hacia el oeste, entre el gran estanque de La Villette y la populosa y multirracial plaza de la República, el canal Saint-Martin extiende su bucólica silueta acuática. Es el lugar en el que Marcel Carné situó su inolvidable película Hotel du Nord, una de las expresiones culturales de más intenso aroma francés. Son las mismas manzanas, los mismos tejados de latón y los mismos muelles diminutos que inspiraron a Georges Simenon, las verjas negras y las mismas compuertas ante las que permanecía extasiado durante horas Cortázar antes de volver sobre sus pasos, hacia su casita de la Rué Gay-Lussac, para retomar con la pluma sus cronopios y sus famas.

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La isla de Saint- Louis a orillas del Sena


De pastizal anegadizo a ejemplo arquitectónico:
Fotografiada desde el puerto des Célestins, la isla de Saint-Louis expone sus extraordinarias obras arquitectónicas del siglo XVIII a orillas del Sena. A la izquierda, el puente Sully, y a la derecha, en primer término, el Mane y detrás, el Louis Philippe, conectan sus calles con el resto de la ciudad. Cuando estos terrenos no eran más que un pastizal anegado por las crecidas del río, la isla era conocida como Nótre Dame. En el siglo XVII comenzó su urbanización y en 1726 fue rebautizada con su actual nombre.

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La plaza de los Vosgos en París


La plaza Real, un espacio cerrado y simétrico para el esparcimiento de los ciudadanos, nació en 1605, bajo el impulso de Enrique IV En 1800, el lugar fue rebautizado con su actual nombre, les Vosges, para honrar a la primera provincia francesa que pagó sus impuestos. Concebida como un cuadrado perfecto, cada lado posee nueve edificios que, a su vez, tienen cuatro soportales en el piso bajo y ocho ventanas distribuidas en el primero y segundo nivel. El lugar se ha convertido en una de las zonas más caras de París.

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