La historia de Pompeya


Pompeya, Herculano, Estabia y Oplontis sólo conocieron del Vesubio su arrasador nacimiento. En realidad, las sacudidas que aquella fatídica mañana del 24 de agosto del año 79 anunciaban una de las peores tragedias del mundo antiguo procedían de la Somma, un volcán con 35.000 años de existencia. Al provocar la desaparición de las cuatro poblaciones clásicas, ponía fin a su vida y cedía el testigo al hijo que saldría de sus entrañas, el Vesubio. Este es el relato de los hechos. Como todos los veranos, una buena parte de los 20.000 habitantes de Pompeya -urbe comercial y propensa a las sensualidades dionisiacas- se ha trasladado hacia sus villas de campo para huir del calor que hace en la bahía de Ñapóles. NI las aguas del Samo, el río que rodeaba la ciudad hasta el advenimiento de la catástrofe, rebaja las temperaturas. En Miseno (ciudad del extremo septentrional de la bahía donde estaba radicada parte de la flota romana del Mediterráneo), el almirante Plinip el Viejo recibe a la una del mediodía el aviso de que una extraña nube negra se extiende por el horizonte. Su sobrino, Plinio el Joven, que se encuentra a escasa distancia de allí, en Baia, advierte la situación y observa detenidamente los acontecimientos. Las cartas que éste dirigirá luego a Tácito constituyen el vivo y fidedigno relato de la tragedia. La columna de cenizas y gases agranda su amenaza, adopta la forma de un tronco y después se metamorfosea en un vasto pino. La oscuridad se adueña del día acompañada por un atronador movimiento de tierras. Plinio el Viejo ordena a sus naves poner rumbo hacia las poblaciones al sur de la bahía. Al aproximarse a sus orillas, se desencadena la tempestad y tiene que refugiarse en Estabia, en una quebrada del golfo. Para entonces, arrecia una lluvia de cenizas y piedra pómez; las ciudades se ven invadidas por gases sulfurosos. Cae la noche y los habitantes que han decidido huir se acercan a las embarcaciones, pero es imposible partir. Plinio se refugia en una villa de Estabia y, como tantos, perece asfixiado por los gases. Quienes resisten a los efluvios venenosos, mueren sepultados bajo las nubes de cenizas ardientes, Durante tres días, la actividad es incesante. El volcán escupe en total tres kilómetros cúbicos de materiales. Pompeya, Oplontis y Estabia desaparecen del mapa. Herculano, al noroeste del Vesubio, parece escapar al castigo de la ceniza, pero una lluvia torrencial empuja desde el cráter una masa volcánica fluida. Pompeya quedó finalmente enterrada a cuatro metros de profundidad. Herculano, a 20.

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