El descubridor de pompeya


El mejor alcalde de Pompeya:
En 1734, el infante Carlos, hijo menor de Felipe V de España, fue nombrado soberano de las Dos Sicillias. Cuando llegó a Napóles, el nuevo monarca compró la finca de recreo de Portici, donde habían sido recuperadas esculturas romanas. Un año después, un ingeniero militar de Zaragoza, Roque Joaquín de Alcubierre, enterado de los hallazgos, pidió su traslado para dirigir el yacimiento, que más tarde se identificaría como la antigua Herculano. Pero las dificultades para penetrar en esta antigua villa, cubierta por una densa capa de lava y los restos de dos ciudades más modernas que tomaron asiento en el mismo lugar, desviaron la atención en 1748 hacia otro foco. En principio se creyó que era Estabia, pero en 1763 el yacimiento fue identificado: se trataba de Pompeya. Alcubierre se hizo cargo de las excavaciones hasta 1780, pero Carlos siempre mostró un entusiasmo total por el proyecto arqueológico, el primero de la historia en utilizar un planteamiento sistematizador. La sensibilidad del monarca fue tal que cuando partió en 1759 hacia España para suceder a su padre, ya como Carlos III, depositó en el Museo Borbónico de Antigüedades de Herculano un preciado camafeo procedente de las excavaciones, en vez de conservarlo en su anillo. Llevado por la nostalgia de no seguir los trabajos in situ, encargó su supervisión a la persona de máxima confianza, su ministro Tanucci. Desde Madrid, el rey pedía que, mientras se vestía, le leyeran los informes semanales con los descubrimientos, a los que respondía con opiniones y órdenes. Pero la ansiedad no le dejaba tranquilo: llegó a solicitar bocetos y modelos en escayola de las esculturas de Herculano, Estabia y Pompeya, los yacimientos que financiaba.

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