Archivos para noviembre, 2012

La vida en un iglú


El iglú típico es de forma semiesférica (es decir, de media naranja) y tiene unos cuatro metros de diámetro y unos dos y medio de alto. Los esquimales lo construyen en muy breve tiempo, cortando el hielo en forma de cuñas que van colocando a lo largo de un círculo, disminuyendo el tamaño de las cuñas a medida que aumenta la altura del “edificio”. En lo alto del “techo”, en el punto que correspondería al tallo de la naranja, dejan una abertura para la ventilación y en el interior colocan una tarima que se extiende de extremo a extremo y que
así les hace las veces de cama.
Sólo después de la llegada del hombre blanco al Ártico pudieron contar los esquimales con vigas de madera y otros materiales que les facilitaron la construcción de viviendas más apropiadas. Actualmente, las casas de los esquimales son casi tan parecidas entre sí como los iglús, con la lógica excepción del tamaño, el cual varía de acuerdo al número de miembros con que cuenta la familia que las habita. La mayoría se construye frente al mar, sobre alguna elevación, para que puedan quedar algo enterradas en el suelo. En cada casa hay por lo menos dos lámparas de aceite de ballena colocadas sobre las tarimas laterales y, al lado de una de las lámparas, un gran pedazo de hielo metido en una bolsa de cuero, el cual al derretirse proporciona a los moradores agua para beber. En las paredes se introducen ganchos de hueso para colgar la ropa seca; y, sobre las lámparas, pendiente del techo, una especie de tendedero o bastidor, también de hueso, sobre el que se tiende la ropa mojada para que se seque. Del techo se cuelgan las cazuelas y demás utensilios de cocina, de modo que todo quede al alcance de la mano.
En este pequeño recinto, con las lámparas de aceite y sus propios cuerpos como únicas fuentes de calor, pasan los esquimales el invierno más crudo del planeta. Sin embargo, y por raro que parezca, todo indica que la temperatura no resulta demasiado baja para los esquimales en el interior de la casa, pues tanto los hombres como las mujeres andan desnudos en ella. En parte al menos, esta curiosa costumbre se debe a los piojos, los que son invulnerables al intenso frío del Ártico y constituyen una verdadera plaga. Como los esquimales no pueden bañarse debido a la virtual imposibilidad de calentar el agua en cantidades suficientes y, por lo general, cuentan con sólo una muda de ropa por persona, despojarse de ella constituye el único medio de librarse de estos molestos insectos.
La vida hogareña de los esquimales durante el invierno es de trabajo intenso. El hombre pasa buena parte del tiempo cazando y la mujer, por su parte, se dedica a confeccionar prendas de abrigo uniendo pieles con el ulo, una especie de cuchillo curvo que tiene un mango en el centro de la hoja. Esta labor la realiza con una destreza y perfección que envidiaría cualquier modista, ya que la rotura de una costura en una de estas prendas, si se produce a la intemperie, podría causar la muerte por congelación a quien la lleve puesta.
La otra obligación importante de las mujeres esquimales es la de estar al tanto de las lámparas para mantenerlas ardiendo, lo cual no resulta tan sencillo como pudiera parecer. Las lámparas se hacen martillando en una piedra blanda una concavidad en la que se coloca un trozo de grasa de ballena y, en medio de éste, una escobilla de hierba que funge de mecha. Lo difícil es controlar el nivel de grasa según va derritiéndose, lo cual se logra inclinando la piedra más o menos. Estas lámparas constituyen el símbolo del hogar para los esquimales y una mujer se considerará
mejor o peor esposa y ama de casa según el número de ellas que tenga a su cuidado y la eficiencia que demuestre en la tarea.

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La filosofía del Ártico


LA FILOSOFÍA DEL ÁRTICO.
Llegar a entender a fondo a un pueblo como el esquimal, cuyo modo de vida es literalmente único en el mundo y que, con un mínimo de recursos materiales, ha llegado a conquistar al medio más inhóspito del planeta, es poco menos que imposible. Aun los que han pasado con ellos casi una vida —como los profesores Freuchen y Rasmussen— admiten que su conocimiento de la mentalidad de los esquimales es relativamente superficial. Es principalmente por la falta de comprensión que los esfuerzos del hombre blanco por querer moldear al esquimal a su imagen y semejanza han fracasado. No se puede cambiar lo que no se entiende.
Las creencias religiosas de los esquimales son congruentes con su habitat y su modo de vida: sólo temen a aquello que no pueden explicarse y, ante lo desconocido, acuden al angakok o sacerdote, quien sirve de intermediario entre ellos y los Espíritus de la Naturaleza. Para el forastero que llega al Ártico, lo más desconcertante es la filosofía de la muerte de los esquimales: el “más allá” de los que creen en él es vago y confuso en el mejor de los casos. Para ellos todo acaba con la muerte y, sin embargo, no le temen. Prueba de ello es su altísimo índice de suicidios, porque, según dicen, cuando uno se enferma o envejece, “vivir duele más que morir”. Al creerse llegados a este punto, hasta no hace mucho los ancianos de algunas tribus le pedían incluso al hijo mayor, o la hija favorita, que les diera muerte, y éstos generalmente accedían al ruego. El día señalado para la “liberación”, se daba una fiesta en la que todos bailaban y se divertían, incluyendo al que iba a morir. Llegado el momento cumbre, el angakok bailaba una danza para alejar a los espíritus malignos y, acto seguido, entregaba al hijo elegido una soga hecha de piel de foca. El hijo frotaba con la soga la nariz del anciano en señal de cariño, le ataba la misma al cuello, y procedía a ahorcarlo con la ayuda de los presentes, quienes querían contribuir a que se cumpliera el deseo del anciano.
Esta costumbre resulta cruel y bárbara para todo el que no sea esquimal y, naturalmente, está prohibida por las leyes de los países que ejercen soberanía sobre los territorios en que viven aquéllos. En la actualidad, debido al aislamiento que los sigue caracterizando, es imposible determinar si se sigue practicando o no. Lo que sí es seguro es que los esquimales no entienden el motivo de la prohibición. Para ellos, cuando la vida activa y útil llega a su fin, debe terminar también la vida biológica, y no hay nada de reprochable en adelantar piadosamente lo inevitable.
Los esquimales creen que el ser humano tiene tres aspectos esenciales que son inseparables durante la vida: el cuerpo, el alma y el nombre propio. Y al parecer, creen también en alguna forma de reencarnación, pues cuando alguien muere, no se puede pronunciar su nombre mientras en su familia, o en otra conocida, no nazca un niño al que se le dé ese mismo nombre. Usan amuletos, pero no atribuyen poder alguno al amuleto en sí, sino a lo que representa: a muchos niños se les cuelga del cuello la pata de un cuervo porque se cree que, de ese modo, disfrutarán en el futuro de la suerte de esa ave. Con el progreso, los radios transistores y los rifles automáticos han encontrado su lugar en la sociedad esquimal. Pero en ella, las únicas propiedades que vale la pena defender hasta con la vida siguen siendo los perros huskies que tiran de los trineos; y para surcar las heladas aguas de las radas y caletas, el veloz kayak de cuero aún no ha encontrado rival. En cuanto a la benévola justicia esquimal, que se limita a abochornar al delincuente, la misma sigue vigente. En las escarpadas costas árticas y en las tundras heladas no hay aún cárceles. No puede haberlas… ni hacen falta.

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Historia y lugares de Puerto Rico


EL VIEJO SAN JUAN.
Al fundarse, la nueva capital contaba con unas ochenta casas, de las cuales sólo dos eran de manipostería. Las demás eran de madera, y en su mayoría tenían techos de hojas de palma. A los vecinos de Caparra que la ocuparon inicialmente se unieron algunos estancieros o colonos de la región oriental de la isla, que huían de los frecuentes ataques de los indios caribes, procedentes de Barlovento, en las Antillas Menores. En total, la población inicial de San Juan fue de unos 300 habitantes, quienes pronto comenzaron a construir la primera iglesia al oeste de la isleta, mientras que los frailes dominicos levantaban en una de sus colinas un monasterio que dedicarían a Santo Tomás de Aquino. El edificio más importante, sin embargo, lo era la Casa del Rey, sede de la administración de los servicios reales, de la fundición de oro y de la aduana, la cual tenía unos 28 metros de frente por once de fondo.
Entre las calamidades que asolaron a los primeros vecinos de San Juan figuraban los constantes ataques de los indios caribes, a los que pronto se añadieron las incursiones de piratas y corsarios. Así, en 1533 se inició la fortificación de la ciudad mediante la construcción de un pequeño fuerte, primeramente, y de otro mayor, más tarde. A este último se le conoció como La Fortaleza, siendo el mismo que casi tres siglos más tarde —en 1822— sería declarado residencia oficial del gobernador de Puerto Rico, jerarquía que hoy mantiene y que ha hecho de ella la mansión ejecutiva más antigua en uso continuo en todo el hemisferio occidental.
Y por esa misma época, se construyeron también otros dos emplazamientos militares: el Ca-ñuelo y el famoso Castillo del Morro (que domina la entrada de la bahía); pero la obra de fortificación de la ciudad no se completó hasta el siglo XIX, con los fuertes de San Antonio y de San Jerónimo del Boquerón. (Este ultimo fue restaurado en 1956 por el infatigable Instituto de Cultura Puertorriqueña y convertido en Museo de Historia Militar y Naval de Puerto Rico.)

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La historia y lugares de Puerto Rico


La existencia de Caparra como centro focal de la nueva colonia fue efímera. En 1511, Diego Colón, hijo del descubridor, ganó un litigio contra la corona española y adquirió por orden judicial todos los derechos y privilegios de su padre. Diego Colón reemplazó a Ovando como gobernador de La Española y, casi inmediatamente, surgió entre él y Ponce de León un violento conflicto de autoridad, entre otras razones porque Colón quería trasladar la capital puertorriqueña a un sitio distinto, mientras que Ponce se oponía a ello. Pero los propios vecinos de Caparra apoyaron la ¡dea del traslado, pues consideraban que el terreno pantanoso donde estaba enclavada era insalubre y, además, que dificultaba el comercio marítimo, ya que las naves tenían que fondear en una isleta que constituía el flanco norte de la bahía, siendo necesario transportar la carga desde allí hasta el desembarcadero, situado en la playa opuesta.
Al fin, los deseos de Diego Colón y los vecinos de Caparra prevalecieron. En julio de 1519 llegó a la capital el licenciado Rodrigo de Fi-gueroa con instrucciones superiores de mudarla ignorando la oposición de Ponce de León. Para la nueva sede se había elegido precisamente la isleta junto a la cual anclaban los buques mercantes, la que describió Figueroa como “el mejor asiento que en el mundo se puede buscar para una ciudad”. Sin embargo, el traslado en sí habría de demorar aún dos años más, llevándose a cabo en 1521. A la nueva ciudad se le bautizó con el nombre de San Juan, quedando desde entonces el de Puerto Rico para designar a la totalidad de la isla.

EL VIEJO SAN JUAN
Al fundarse, la nueva capital contaba con unas ochenta casas, de las cuales sólo dos eran de manipostería. Las demás eran de madera, y en su mayoría tenían techos de hojas de palma. A los vecinos de Caparra que la ocuparon inicialmente se unieron algunos estancieros o colonos de la región oriental de la isla, que huían de los frecuentes ataques de los indios caribes, procedentes de Barlovento, en las Antillas Menores. En total, la población inicial de San Juan fue de unos 300 habitantes, quienes pronto comenzaron a construir la primera iglesia al oeste de la isleta, mientras que los frailes dominicos levantaban en una de sus colinas un monasterio que dedicarían a Santo Tomás de Aquino. El edificio más importante, sin embargo, lo era la Casa del Rey, sede de la administración de los servicios reales, de la fundición de oro y de la aduana, la cual tenía unos 28 metros de frente por once de fondo.
Entre las calamidades que asolaron a los primeros vecinos de San Juan figuraban los constantes ataques de los indios caribes, a los que pronto se añadieron las incursiones de piratas y corsarios. Así, en 1533 se inició la fortificación de la ciudad mediante la construcción de un pequeño fuerte, primeramente, y de otro mayor, más tarde. A este último se le conoció como La Fortaleza, siendo el mismo que casi tres siglos más tarde —en 1822— sería declarado residencia oficial del gobernador de Puerto Rico, jerarquía que hoy mantiene y que ha hecho de ella la mansión ejecutiva más antigua en uso continuo en todo el hemisferio occidental.
Y por esa misma época, se construyeron también otros dos emplazamientos militares: el Ca-ñuelo y el famoso Castillo del Morro (que domina la entrada de la bahía); pero la obra de fortificación de la ciudad no se completó hasta el siglo XIX, con los fuertes de San Antonio y de San Jerónimo del Boquerón. (Este ultimo fue restaurado en 1956 por el infatigable Instituto de Cultura Puertorriqueña y convertido en Museo de Historia Militar y Naval de Puerto Rico.)

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Los indios en Puerto Rico


Cuando Colón llegó a las costas puertorriqueñas, las encontró habitadas por el mismo pueblo indio que predominaba en el resto de lo que él llamó las Indias occidentales: el taino, que llamaba Boriquén a la isla. Es de este nombre indígena que se deriva el de Borin-quen, por el que la conocen familiarmente sus nativos, y los gentilicios de borinqueño, boricua o bo-rincano que éstos se dan a sí mismos. Pero, según algunos arqueólogos y antropólogos, los tainos no fueron oriundos de la región. Hay incluso quien ha aventurado la teoría de que fueron el producto de la fusión de otros pueblos primitivos que llegaron a la zona del Caribe en etapas sucesivas: primeramente, distintas tribus procedentes de Norteamérica que pasaron de la Florida a las Islas Bahamas. de ellas, a las Antillas Mayores; luego, grupos originarios de América del Sur, principalmente arauacos y los feroces caníbales conocidos como caribes. Otros, en fin, basándose en evidencias arqueológicas de cierto peso, plantean la teoría de que los primitivos pobladores de Boriquén, si no eran de procedencia centroamericana, recibieron al menos una fuerte influencia de los pueblos de esa región.

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Un poco de historia de Puerto Rico


EL PAÑUELO DE COLON.
Cristóbal Colón descubrió a Puerto Rico en 1493, durante su segundo viaje, dándole por nombre San Juan Bautista en honor del precursor de Jesucristo quien, al ver entrar a éste en las aguas del Jordán, exclamó: “He aquí al Cordero de Dios, he aquí al que quita los pecados del mundo”. Por esta razón, los escudos de armas de la ciudad de San Juan, y el de toda la Isla — este último originalmente otorgado por el Rey Fernando el Católico en 1508— llevan aún en su centro a un cordero pascual.
Las crónicas de la época aseguran que cuando Colón le informó a Isabel la Católica haber descubierto la Isla, la soberana le pidió que se la describiera, a cuyo ruego respondió el Descubridor estrujando en sus manos un pañuelo, plegándole una esquina y colocándolo sobre la mesa. Sea o no verídica esta crónica que ha llegado hasta nuestros días, lo cierto es que la misma ilustra gráficamente los contornos geográficos de Puerto Rico: una isla montañosa de forma casi rectancular (salvo por su exremo sudoriental, que constituse la esquina plegada” del pañuelo). En extensión territorial (8.890 kilómetros cuadrados) es la cuarta y más pequeña de las Antillas Mayores, pero no por mucho margen, ya que Jamaica es mayor en sólo unos 2.000 kilómetros cuadrados. Con sus más de tres millones de habitantes —y sin contar a otros tantos puertorriqueños que residen en los Estados Unidos— es la más densamente poblada de las naciones del hemisferio americano, con excepción de la Isla Barbada.

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Conociendo la perla del caribe Puerto Rico


Para uno de sus hijos más destacados, el poeta José Gautier Benítez (1851- 1880), Puerto Rico es “La Perla de los Mares”. Para Rafael Hernández (1893-1965), el inmortal compositor que recogió en su música el alma de su pueblo, es “la reina del Edén”. Para los miles de turistas que visitan anualmente sus incomparables playas, la Isla es “uno de los pocos paraísos tropicales que quedan en el mundo”. Para los economistas, “un milagro en pleno desarrollo”. Y, para los radicales sociopolíticos, “uno de los últimos baluartes del colonialismo, una sociedad que se ha vuelto culturalmente híbrida y cuya identidad nacional no parece acabar de perfilarse”.
¡Perla, reina, paraíso y milagro es Puerto Rico hoy! Y si bien es cierto que en su paisaje urbano, y especialmente en el de San Juan —su ciudad capital, que ya casi alcanza el millón de habitantes—, se nota la huella de una profunda influencia cultural estadounidense, y en la manera de hablar de muchos de sus habitantes se advierte un peculiar repertorio de anglicismos castellanizados, no es menos cierto que el pueblo puertorriqueño, a lo largo de su historia, ha sabido combinar los diversos elementos étnicos y culturales que lo componen en una fórmula única que hace de él uno de los mejor diferenciados de la Tierra, con una identidad nacional perfectamente bien definida y un acendrado orgullo de su ancestro hispánico, celosamente preservado tanto a nivel gubernativo como en el hogar del más humilde jibarito o campesino. Y, para comprobarlo, nada mejor que hacer un recorrido en tiempo y espacio por la tierra que todos —aun los radicales— están de acuerdo en llamar La Isla del Encanto.

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El Zubi Zuri


El Zubi Zuri.
El puente Blanco (Zubi Zuri, en eus-kera), diseñado por Santiago Cala-travaen1997, es una estructura arqueada de casi 300 toneladas de peso y cuatro metros de ancho. Su pavimento está construido con vidrio.

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La sociedad artica


Como todos los pueblos que viven aislados del resto del mundo, los esquimales han adoptado códigos y valores morales propios que se transmiten de generación en generación y que se observan celosamente.
La familia, por ejemplo, presenta características que parecen totalmente contradictorias de acuerdo con nuestros patrones morales y que, sin embargo, no carecen de sentido si se tiene en cuenta el ambiente físico en que se desenvuelven los esquimales. Tanto el hombre como la mujer tienen una libertad casi absoluta para tener relaciones sexuales fuera del matrimonio. Pero a pesar de esto, la familia constituye un núcleo sólido y bien definido dentro de la sociedad esquimal, existiendo entre sus miembros una interdependencia completa. Y es que, para este pueblo, el matrimonio se basa en la necesidad mutua que tienen el hombre y la mujer en un medio tan hostil, más bien que en el amor como se le entiende en nuestra cultura. Ambos, en efecto, se reparten las labores necesarias para la subsistencia de los dos: ella moriría de hambre sin el producto de lo que él caza, y él perecería de frío sin las pieles que ella prepara, cose y conserva. Por ello, cuando la mujer muere, el hombre tiene que irse a vivir con otra pareja y entregarle todo lo que caza al dueño de la casa para que lo atienda la mujer de éste. Y si es la mujer la que queda viuda, tiene que vivir de la caridad de sus vecinos, ya que es creencia esquimal que los animales “se ofenden y se marchan si las mujeres tratan de cazarlos”, y por
tanto a éstas les está prohibido buscarse el sustento por sí solas, aun en los pocos casos en que les resulte materialmente posible hacerlo. Esta prohibición de que la mujer cace es tan severa que, cuando la mujer pierde a su marido durante un viaje, y no habiendo por los alrededores quien lo haga por ella, prefiere morir de hambre antes que desobedecerla.
Es lógico que entre seres que se necesitan mutuamente en una forma tan crítica, surja un afecto cálido y profundo, y todo indica que así ocurre en los matrimonios esquimales. Ahora bien, una cosa es el afecto y otra la fidelidad. En este sentido, los esquimales llegan al punto de considerar ridículo que un hombre sienta atracción por una sola mujer, mientras que para la mujer —y para su marido— es motivo de orgullo que aquélla sea deseada por muchos hombres.

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