Archivos para octubre, 2012

La filosofía del ártico


Llegar a entender a fondo a un pueblo como el esquimal, cuyo modo de vida es literalmente único en el mundo y que, con un mínimo de recursos materiales, ha llegado a conquistar al medio más inhóspito del planeta, es poco menos que imposible. Aun los que han pasado con ellos casi una vida —como los profesores Freuchen y Rasmussen— admiten que su conocimiento de la mentalidad de los esquimales es relativamente superficial. Es principalmente por la falta de comprensión que los esfuerzos del hombre blanco por querer moldear al esquimal a su imagen y semejanza han fracasado. No se puede cambiar lo que no se entiende.
Las creencias religiosas de los esquimales son congruentes con su habitat y su modo de vida: sólo temen a aquello que no pueden explicarse y, ante lo desconocido, acuden al angakok o sacerdote, quien sirve de intermediario entre ellos y los Espíritus de la Naturaleza. Para el forastero que llega al Ártico, lo más desconcertante es la filosofía de la muerte de los esquimales: el “más allá” de los que creen en él es vago y confuso en el mejor de los casos. Para ellos todo acaba con la muerte y, sin embargo, no le temen. Prueba de ello es su altísimo índice de suicidios, porque, según dicen, cuando uno se enferma o envejece, “vivir duele más que morir”. Al creerse llegados a este punto, hasta no hace mucho los ancianos de algunas tribus le pedían incluso al hijo mayor, o la hija favorita, que les diera muerte, y éstos generalmente accedían al ruego. El día señalado para la “liberación”, se daba una fiesta en la que todos bailaban y se divertían, incluyendo al que iba a morir. Llegado el momento cumbre, el angakok bailaba una danza
para alejar a los espíritus malignos y, acto seguido, entregaba al hijo elegido una soga hecha de piel de foca. El hijo frotaba con la soga la nariz del anciano en señal de cariño, le ataba la misma al cuello, y procedía a ahorcarlo con la ayuda de los presentes, quienes querían contribuir a que se cumpliera el deseo del anciano.
Esta costumbre resulta cruel y bárbara para todo el que no sea esquimal y, naturalmente, está prohibida por las leyes de los países que ejercen soberanía sobre los territorios en que viven aquéllos. En la actualidad, debido al aislamiento que los sigue caracterizando, es imposible determinar si se sigue practicando o no. Lo que sí es seguro es que los esquimales no entienden el motivo de la prohibición. Para ellos, cuando la vida activa y útil llega a su fin, debe terminar también la vida biológica, y no hay nada de reprochable en adelantar piadosamente lo inevitable.
Los esquimales creen que el ser humano tiene tres aspectos esenciales que son inseparables durante la vida: el cuerpo, el alma y el nombre propio. Y al parecer, creen también en alguna forma de reencarnación, pues cuando alguien muere, no se puede pronunciar su nombre mientras en su familia, o en otra conocida, no nazca un niño al que se le dé ese mismo nombre. Usan amuletos, pero no atribuyen poder alguno al amuleto en sí, sino a lo que representa: a muchos niños se les cuelga del cuello la pata de un cuervo porque se cree que, de ese modo, disfrutarán en el futuro de la suerte de esa ave. El interior de la mayoría de los hogares del Ártico se ve aún algo primitivo, pero ya se advierten las huellas del contacto con la cultura occidental, tales como las estufas, muebles, utensilios de cocina e incluso las ropas que se aprecian en las dos fotos de la izquierda. Algunos de los centros de distribución de abastecimientos están a meses de camino, por lo que el regreso de los que van “de compras” (foto de la derecha) constituye un verdadero acontecimiento que celebra toda la familia esquimal. Cuando los gobiernos danés, canadiense y norteamericano comenzaron a establecer estos puestos de distribución de suministros, experimentaron grandes dificultades, pues los esquimales no conocían el dinero y simplemente entraban al almacén y tomaban lo que necesitaban. La contratación de expertos en asuntos esquimales ayudó a resolver este problema. Actualmente, tanto en Alaska como en el Canadá y Groenlandia hay muchos que trabajan como operarios de equipos y maquinarias con cuya existencia no soñaban siquiera hace algunos años. Los cazadores esquimales ya no usan sus rústicos arpones de hueso o madera, sino proyectiles especiales disparados por cañones o por “rifles” de pesca submarina. Además, se han ido derrumbando verdaderas murallas de aislamiento. Se han construido carreteras y abierto caminos, y los radios transistores les permiten comunicarse con el resto del mundo. Este, por su parte, también ha podido aprender más sobre ese pueblo paradójico que es capaz de luchar cuerpo a cuerpo con el oso polar y, al propio tiempo, de tallar el marfil con tal delicadeza que muchas de sus piezas —algunas de las cuales datan de hace más de dos mil años— se exhiben en los museos de arte del mundo entero.

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Turismo con esquimales en el artico


La soledad es otra característica de la vida esquimal. No pueden construir pueblos ni caseríos, ya que en ninguna de las comarcas en que viven hay animales suficientes para alimentar y vestir siquiera a una comunidad pequeña. Viven tan aislados que, cuando andan persiguiendo un rebaño, pueden pasar meses sin tropezarse con otra familia, y si dos o tres familias han coincidido junto a una misma caleta para pasar un invierno, lo más probable es que no vuelvan a verse en años, o tai vez jamás. Se ha dicho con razón que a los esquimales no les pertenece ningún pedazo de tierra específico hasta que mueren. Consideran que la tierra, los bosques, las aguas y los animales son de todos y de ninguno, y sólo adquiere derechos sobre un tronco de árbol o una foca el primero que se los apropia. El robo es raro y, cuando ocurre, la pena consiste en descubrir y abochornar al culpable ante los demás. Sólo en casos extremos de asesinos o ladrones incorregibles se impone la pena de muerte, la cual es llevada a cabo por alguno de los cazadores, o mediante el compasivo método de darle de comer al delincuente un pedazo de carne envenenado.
Este amplio concepto de la propiedad dio lugar a serios problemas cuando los gobiernos de Dinamarca, Canadá y Estados Unidos comenzaron a enviar suministros al Ártico y a reglamentar su distribución a los esquimales. Estos acudían a los almacenes y tomaban lo que necesitaban con la mayor tranquilidad. No concebían la idea de pagar un precio por una mercancía. Sencillamente, no conocían el concepto del dinero.
Entre 1921 y 1950, el gobierno danés mantuvo en vigor en Groenlandia las llamadas leyes de Thule, cuya principal finalidad era proteger la fauna, ya que los esquimales, al aprender a usar armas de fuego, comenzaron a cazar indiscriminadamente. Fue posteriormente que los daneses orientaron su política hacia la civilización y modernización de las comunidades esquimales de Groenlandia, iniciándose así una etapa de notable progreso.

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Conociendo el pueblo esquimal


Físicamente, las facciones de los esquimales tienen más parecido con las de los asiáticos —y especialmente los mongoles— que con las de los indios americanos. Sin embargo, también hay diferencias importantes, sobre todo en lo que concierne a la estatura (la mayoría de los esquimales son más altos) y a la configuración del cráneo. Adivinando casi, sobre la base de los escasos datos de que disponen, muchos antropólogos han aventurado la opinión de que el pueblo esquimal se deriva de la raíz paleoasiática del norte de Siberia, cuyas tundras y bosques ocupó al terminar la última etapa de la Edad de Hielo. Freuchen, por ejemplo, afirma poseer datos biológicos y arqueológicos que indican que los esquimales en verdad vivieron en el norte asiático, del que fueron desplazados por otras tribus procedentes del sur, cruzando el estrecho de Behring hace unos seis mil años. Según él, algunos se quedaron en las costas de Alaska y en la Islas Aleutinas (al sur de aquella región), mientras que los más continuaron continente adentro hasta llegar a la zona boscosa que rodea a la Bahía de Hudson, en el norte del Canadá. Allí —prosigue Freuchen— chocaron con indios mucho más agresivos que ellos, quienes los empujaron de nuevo hacia el norte hasta hacerlos llegar a las costas del Océano Ártico. A lo largo de este período la cultura esquimal se fue desarrollando en torno a la caza de los mamíferos marinos y a la vez fueron perfilándose los distintos grupos actuales: esquimales del este en Groenlandia; del centro en el norte del Canadá; y del oeste en las regiones de Mackenzie y Alaska, así como en la de Yuit, en Siberia.

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