Archivos para julio, 2012

Mezquita nakhoda


Los alminares y la cúpula de la gran Mezquita nakhoda emergen al fondo del bullicio. El tráfico, tanto rodado como peatonal, convierte el centro en una auténtica selva humana.

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La vida en calcuta india


Racimos de viajeros cuelgan de sus venta ñas destrozadas. Cada 20 metros parece inevitable una colisión frontal y, sin embargo, en el último momento siempre surge el milagro y los conductores se esquivan. Es el mismo prodigio que mantiene viva esta ciudad de once millones de habitantes, inicialmente concebida para 300.000. Es el milagro de la supervivencia. Esta urbe devastada se ha convertido en un laboratorio social. Dos tercios de la población viven en chabolas de hojalata y cartón, situadas en arrabales gigantescos que han ido creciendo como una mancha de aceite a partir del corazón de la ciudad colonial. Al igual que los hier-bajos, que crecen donde pueden, las in-fraviviendas surgen por doquier: debajo de los puentes, entre dos canalizaciones, contra un muro, en cualquier recodo. Sus ocupantes trabajan a destajo para conseguir un plato diario de arroz con lentejas, comprar la dote y casar a una hija o mantener al resto de la familia, que vive en alguna aldea remota. Todos forman parte de una subeconomía vigorosa y estructurada según el trabajo de cada cual. Así, la joven Gita Nasik, que antes se ganaba la vida como barrendera, recicla objetos de plástico que encuentra entre montañas de basura. Se muestra sonriente y contenta: -No es un mal trabajo. Me da para comer pescado una vez a la semana y además tengo esto… -dice orgullosa, mientras saca del escote del sari un papel que desdobla cuidadosamente, como si fuese su bien más preciado: el carné de afiliación al sindicato de “hurgadores de basura”. El documento, arrugado y sucio.

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El rio hooghly en calcuta


Por la mañana, muchos habitantes de Calcuta acuden a las orillas del Hooghly a lavarse los dientes en sus aguas embarradas.

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Turismo en Calcuta


Una capa de humo espeso flota sobre los tanques de combustible, las grúas, los techos de las fábricas… La enorme ciudad se desparrama alrededor de un ancho río marrón, el Hooghly, afluente del Ganges, donde están amarrados varios barcos. Parece que estamos en el norte de España, pero al escrutar el paisaje se descubren palmeras, campesinos arando su campo con una pareja de cebúes. También surge de entre la jungla el campanario de alguna iglesia. Es Calcuta, la urbe apocalíptica, la máxima pesadilla metropolitana, una ciudad tan monstruosa como atractiva.
Nadie está realmente preparado para la primera visita. Todo es tan tremendo que los cinco sentidos sufren un shock nada más llegar. En el taxi que lleva hacia el centro, y avanza estrepitosamente por una carretera bordeada de fosos y lagunas, el visitante entra en contacto con aquel tráfico terrorífico. Es una sinfonía de bocinazos, sonidos metálicos, estruendo y gritos. Tranvías que chirrían al tomar una curva, viejos taxis avanzando a bocinazos, ciclo-carritos y rick-shaws abriéndose paso entre la marejada de vehículos. Por todas partes surge gente caminando, cruzando, lavándose los dientes en las aceras con agua enfangada, durmiendo, discutiendo, negociando, gesticulando, defecando o simplemente preguntándose qué hacer. Los autobuses, cuyas carrocerías parecen haber sido martilleadas a conciencia, arrancan provocando una nube de humo y zigzaguean entre las vacas y los peatones.

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Turismo en sevilla


El mejor palacio para el mejor rey.

Cuando Alfonso X el Sabio entró en Sevilla, mandó reestructurar los suntuosos Alcázares legados por los vencidos: aquí arranca la cronología de uno de los edificios más fascinantes de la arquitectura andaluza. Fue el rey don Pedro quien, entre 1364 y 1366, ordenó la construcción de un palacio adosado al de su antepasado. Este será reformado siglos después por Isabel y Fernando y, luego, por los vastagos de la dinastía de los Austrias. El conjunto palatino de Pedro I, con la mejor fachada de todo el mudejar, fue organizado en torno a dos colosales patios: el de las Muñecas (de carácter privado) y el de las Doncellas (para fines protocolarios), con varias estancias a su alrededor. Ambos quedaron enmarcados entre un salón colosal, al que se dio el nombre de Embajadores. Los artistas que trabajaron allí fueron adoctrinados en una máxima: construir un palacio digno del mejor rey de la historia. En él se confunden estilos, cronologías y culturas: de pronto, al admirar sus juegos geométricos y naturalistas, uno cree pasear por los salones nazaries de la Alhambra.

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America colonial


A la conquista de Latinoamérica.

Cuando comienza el siglo XVI, el mudejar pasa a América para convertirse, cuantitativamente, en el arte más utilizado. Y lo hace a través de artesanos españoles -sobre todo, andaluces y extremeños-, que ante la demanda de los conquistadores, quieren repetir la imagen de sus tierras natales levantando iglesias cubiertas con armaduras de lacería, que recuerden las de Toledo, Sevilla, Córdoba o Granada. Así se aprecia en Tlaxcala (México), Bogotá (Colombia), Andahuailiyas (Perú), Quito (Ecuador), Potosí (Bolivia), Coro (Venezuela) o Guanabacoa (Cuba). Realizan también palacios con patios, fuentes y galerías, que logran frescor estival a semejanza de los del Guadalquivir o los cigarrales de Toledo.
Vayamos, pues, a América y observemos las casas señoriales de los comerciantes de La Habana, las de los humanistas de Tunja (Colombia) y las derivadas de las primeras viviendas domésticas de Lima (palacio de Torre Tagle). No debemos olvidarnos de Cartagena de Indias (Colombia), donde las viviendas responden a una tipología de patios y galerías que se repetirá en conventos, como el de San Francisco de Lima, con una excepcional techumbre de lazo. Políticamente, este arte mudejar se desarrolló con dos objetivos: la aculturación de los grupos indígenas con diversos grados de civilización y la ocupación territorial. El urbanismo y las obras institucionales son, entonces, mecanismos utilizados para crear la nueva imagen del territorio. Pero identificar el legado americano implica situar sus límites cronológicos y geográficos. La enorme extensión territorial, la poca densidad demográfica de muchas zonas y su marginalidad en el sistema político y económico de los virreinatos hicieron que buena parte del continente no se integrara hasta bien entrado el siglo XVIII e, incluso, después. Por ello, cuando hablamos de mudejar en América no nos referimos a todo el continente, sino a los territorios centrales de Nueva España y Perú. Los límites cronológicos son los años correspondientes a la organización y apropiación del territorio: desde la Conquista hasta las primeras décadas del siglo XVII.

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Las calles de calcuta en la india


Sus calles son un muestrario de situaciones límite. Pero en medio de la miseria más extrema surgen ejemplos de dedicación, inteligencia e imaginación que ponen luz a tanta oscuridad. Entonces, Calcuta, la puerta trasera del infierno, se convierte en la ciudad de la esperanza.

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Museos en madrid


De museos.
Madrid cuenta con dos sucursales imprescindibles para los amantes del mudejar. El Instituto de Valencia de Don Juan guarda telas, cerámica y mobiliario en un edificio de gran interés (Fortuny, 43. Para concertar visita: S 91 308 18 48. Actualmente está en obras y no abre hasta marzo). Otra importante colección de piezas se exhibe en el Museo Arqueológico Nacional, en Madrid (Serrano, 13. S 91 577 79 12). Las más valiosas son dos sillerías de coro y varias puertas. tos decorativos de los edificios. Algunos ejemplos son el Hospital Real, los palacios de la Madraza y del Marqués de Zenete, la Casa de los Tiros, las iglesias de San José, Santa Ana y San Gil o San Miguel Bajo y el monasterio de Santa Isabel la Real. Lo mismo sucede en la provincia, bajo la sombra septentrional de Sierra Nevada. Por ejemplo, la iglesia de la fortaleza de La Calahorra, así como las de los pueblos de Lanteira, Jerez del Marquesado y Guadix lucen espléndidos artesonados de limas ricamente decorados con lacerías. Aquí también abundaron los trabajos donde el ladrillo, la cerámica, el yeso y el arco de herradura constituían un lenguaje de gran valor estético.
En la Axarquía malagueña
encontramos un puñado de pueblos blancos que se recuestan sobre la feracidad de las sierras de Alhama, Tejeda y Almijara. Fueron los últimos poblados habitados por moriscos, antes de decretarse, en el siglo XVII, su definitiva expulsión. El trazado de las calles, la irregularidad y asimetría de sus plazas, la personalidad de sus pretéritas viviendas están llamadas a mostrar al viajero el carácter más íntimo del que hicieron gala los últimos mudejares. Las iglesias son un buen ejemplo de esta personalidad. Hace poco concluyeron las obras del alminar de la iglesia de Corumbela, dentro del término municipal de Sayalonga. Con esta restauración se cierra un triángulo isósceles que tiene sus otros dos vértices en las cercanas poblaciones de Salares y Árchez. Los alminares (o campanarios, por hablar con eufemismos) son filigranas hilvanadas desde el talento y la constancia. Por estos lugares, al igual que en Alhama de Granada, Antequera o
cualquier otra población derramada sobre los pliegues de la Subbética, abundan los templos cuyas techumbres proponen un complicadísimo juego geométrico. Algo parecido ocurre en la onubense sierra de Aracena. Aquí, los topónimos nuevamente evidencian el pasado árabe de esta comarca, que compartió similares designios con los pueblos que alfombran el sur extremeño. Casi todas las iglesias poseen algún elemento que las hace mudejares, como atestiguan las de Aroche, Cala, Cumbres Mayores, Zufre, Higueras de la Sierra o Cortegana. Los estilos, es verdad, terminan por confundir al espectador, pero basta con prestar un mínimo de atención para intuir entre los ábsides, las columnas, las techumbres, las naves altas y los campanarios la Inspiración de los herederos de al-Anda-lus. Hay, sobre todo, una iglesia en el pueblo de Hinojales, perdido entre las fronteras que desdibujan Andalucía y Extremadura, sumamente extraña y original. Tiene tres naves, planta románica (la mayor rareza que uno puede encontrar por estos territorios del sur), pinturas murales y una techumbre con la impronta inconfundible de los alarifes mudejares. Tanta huella dejó el arte mestizo en Andalucía y otras regiones españolas que a principios del siglo XX muchos edificios recuperaron sus materiales y decoración en estaciones de ferrocarril, palacios civiles, iglesias, plazas de toros y pabellones públicos. Este estilo recibirá el nombre de neomudéjar.

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Sinagogas historicas en españa


Sinagogas a la manera islámica.

Dos de los monumentos mudejares más hermosos de Toledo fueron proyectados para la comunidad hebrea: las sinagogas del Tránsito y Santa María la Blanca. La primera fue mandada construir por Samuel Leví en 1357. Con la expulsión de los judíos, el templo fue confiado a la Orden de Alcántara, bajo la advocación de Nuestra Señora del Tránsito. Se trata de un edificio de una sola nave cubierta por un inenarrable alfarje. Los muros están aderezados con atauriques, donde se intercalan máximas talmúdicas y armas de Castilla. La parte alta fue recorrida por arquerías ciegas y balcones desde los que las mujeres asistían al culto. Santa María la Blanca fue financiada porYosef Ben Susán a finales del siglo XII y sacralizada por san Vicente Ferrer para el culto cristiano en 1411. El templo tiene planta de salón y cinco naves de alturas decrecientes, lo que le da una gran teatralidad, reforzada por arquerías de herradura sostenidas sobre pilares octogonales; las últimas restauraciones han dejado a la vista el ladrillo de los fustes. En los muros proliferan las albanegas, arquerías ciegas y atauriques de estilo andaluz.

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La ciudad de toledo


Ciudad de Toledo.
En la villa del Tajo, el cambio de gobiernos, símbolos y religiones no trajo consigo tragedias. Cuando, en 1085, el rey Alfonso VI entra por la puerta Vieja de Bisagra, encuentra una ciudad próspera, y pide que nada cambie. En ella establecerá la Corte e invitará a sus subditos a seguir con sus mismos menesteres y oficios. Los musulmanes serán los sometidos, pero a cambio de un tributo y obediencia conservarán el monopolio de la construcción y la artesanía. El arte hispanomusulmán prima por encima de cualquier otro en Toledo: es la gran meca mudejar. Algunos historiadores han hablado de un estilo típicamente toledano, heredero del sincretismo califal, al-mohade y nazarí. Desde el siglo XII hasta el XVI, ese arte se mezcló en un alarde de promiscuidad con los cristianos. Incluso los retoques que se Introdujeron en los viejos templos islámicos reflejaban ese corte único e intransferible que tanto han pontificado investigadores y críticos.
La mezquita del Cristo.
de la Luz es un buen ejemplo. Fechada en el mágico año de 999, recibió un ábside mudejar a mitad del XII que en absoluto rompió su unidad de conjunto. Con el paso de los años, los alarifes fueron demandados para levantar sinagogas, iglesias y palacios de la nobleza. En la iglesia de Santiago del Arrabal,
próxima a la puerta Nueva de Bisagra, se alza un campanario que parece un alminar, pero no lo es: los artistas proyectaron un templo de estructura gótica y cruz latina a la que adornaron con sus máximas estéticas. Los arcos de herradura prollfe-ran por sus tres ábsides, al igual que en los templos de San Bartolomé, San Vicente o el Cristo de la Vega. El convento de Santa Clara, remodelado a lo largo de los tiempos, guarda una joya de la arquitectura mudejar: el patio de los Naranjos, una evocación de las estancias privadas, silenciosas y áulicas del al-Andalus califal. Sus arcos de herradura cierran una amena galería, soleada y grácil, desde la que se accede a otras dependencias y salones.

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