Archivos para diciembre, 2011

Vivir en Copenhague


Iconos urbanos.
En 2008, la revista inglesa Monocle eligió Copenhague como la mejor ciudad del mundo para vivir, entre las 25 seleccionadas. Por su calidad de vida, justamente, y por la cualidad friendly de su naturaleza urbana, por el culto a la bicicleta y la excelencia en el servicio de transportes públicos, por los muchos espacios verdes y la felicidad de sus habitantes. “Es una ciudad sin grietas”, subrayaba el magazine. Y además es segura. Como decía una diseñadora catalana, que todos los veranos se instala en Copenhague: “Es tan tranquila que si alguien coge salmonella, los diarios se la pasan hablando del tema durante semanas y semanas, porque aquí no-pasa-nada”. Al menos en los meses estivales, sí inspira a quedarse, a llenar las horas con un relax de caminatas enlazando museos, arquitecturas, monumentos, la tregua de la cerveza -elaborada ahí, donde la sirven- con un sandwich de arenque y cebolla, el relojeo de vitrinas en la peatonal Stroget, pastoreos sin prisas por la emergente Vesterbro, algo así como la zona palermitana fashion de Buenos Aires… En el centro, no hay calle que no guarde un motivo frente al cual detenerse para admirar la piedra labrada en profundidad, el hierro bellamente forjado, la madera tallada a niveles de preciosismos inverosímiles. Las fachadas, techos y portales son un tributo a la paciencia infinita de legiones de artesanos, cuyas vidas se esfumaron en horas de aplicada repetición de gestos sobre la materia, trabajándola hasta convertirla en una obra de arte, anónima e imperecedera. Torres severas, altas y flacas, una torneada en forma de colas de dragones que se enroscan hacia arriba, otra dorada a la que envuelve la serpentina de una escalera caracol exterior y así; las que se deslizan por las escaleras del patio de la municipalidad son una especie de saurios con extremidades superiores humanas y testuz de gallináceo, y hay cabezas de dragones coléricos en la explanada exterior de este edificio público. Para compensar tales alucinaciones fabulosas, está la perfección simétrica que la antigua Biblioteca Real muestra en el diseño de puertas, ventanas y tragaluces. Y está la grandeza del Palacio de Amalienborg, erigido durante el reinado de Federico V, en Frederikstaden, por el arquitecto N. Eigtved,
entre 1750 y 1768; son cuatro edificios de estilo rococó que su creador diseñó para diferentes familias nobles. Después de que las llamas devoraran el palacio real en 1794, todo el complejo pasó a ser residencia invernal de la realeza mayor, y sólo dos de ellos -los de Christian VII y VIII- se pueden visitar. El determinismo gana estas expresiones arquitectónicas
pretéritas, en las que también se apoya la monumentalidad de vanguardia de las estructuras actuales, como es el caso del ala nueva a la que se vincula la mentada Biblioteca, llamada “El Diamante Negro”. Es éste un inmenso “cubo” de muros transparentes e inclinados por el que se accede a las antiguas salas de los libros; dicho multiespacio cuenta con sala de arte, cafetería
y su inf altable terracita, una muy bien nutrida librería, baños públicos y dos computadoras -dos- a disposición de los usuarios para hacer libre uso de internet con wi-fi. Diseño de avanzada es el que ostenta la nueva Ópera Real Danesa, obra de Henning Larsen. El techo es como una inmensa mesada blanca, y es difícil sustraerse a la comparación con  la obra del portugués Alvaro Sissa, que embellece el paseo costero de Lisboa. Soberbia, la arquitectura de Larsen se impone desde 2005 a la vera del canal y frente a la residencia real de Amalienborg, en desafiante contrapunto de estilos.

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La sirena de dinamarca


Den Lille Havf me.
Mide un metro con 25 cm de alto y pesa 175 kg de bronce fundido. Está sentada sobre una roca, levemente replegada sobre sí misma y las piernas recogidas con la conclusión de sus pies en grácil cola. Es la sirenita de Copenhague, emplazada por las autoridades de la ciudad, no precisamente donde ahora se lave, sino más cerca de la costa. Entonces la gente podía ir y tocarla, sacarse fotos junto a ella y trepada a ella; tampoco era para que se le subieran encima. Pero si sólo fuera eso… Su creador, Edvard Eriksen, la concibió inspirándose en el cuento escrito por H. Christian Andersen, en 1837; el argumento es simple y recurrente: una sirena despierta el amor de un pescador, al que decide unirse después de renunciar a la inmortalidad. La mujer de Eriksen sirvió de modelo para esta escultura, encargada por el empresario cervecero Cari Jacobsen, que la donó a la ciudad. La instalaron un 23 de agosto de 1913 en el Parque Langelinie, en la bahía del puerto de Copenhague; desde entonces, es su símbolo. Y como tal, se convirtió, desde mediados del siglo pasado, en el blanco de múltiples agresiones y vehículo de protestas. La sirenita fue decapitada dos veces (un tercer ataque resultó fallido), desmembrada (le cortaron un brazo), arrancada de su pedestal con dinamita, pintada (de rojo, de verde, de rosa), disfrazada (con burka, con una sábana del Ku Klux Klan) y ridiculizada un 8 de agosto (día internacional de la mujer) con un consolador en la mano. Parecería que todo el candor y todo el romanticismo que su figura emana están llamados a despertar los peores sentimientos en esta sociedad librepensadora, correctísima, respetuosa de las leyes y obediente de las reglas de la convivencia. En mayo del año pasado, la escultura viajó a Shangai para presidir la Expo 2010 en el pabellón danés, y durante el tiempo que permaneció en China sólo cosechó elogios. Reivindicada (por ahora), volvió a sus pagos en noviembre.

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Los trenes en copenhague


En los 70, las líneas férreas trazaron una sólida trama de caminos de hierro. En el 92, el subte empezó a vibrar bajo los pies de los ciudadanos daneses. Un año después, surgía Orestad, flamante distrito en la isla Amager. Y con el cambio de milenio, Copenhague y Malmo (que venían comunicándose por ferry) quedaron más unidas que nunca gracias al largo puente de Oresund. Este nombre lo es también de la región que compromete el este de la isla Zealand y el oeste de Escania, en Suecia. Ambos países están condenados a entenderse.

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Historias de Dinamarca Copenhague


Agua e historia:
Hay un origen de leyenda en esta ciudad nórdica del sur escandinavo, un comienzo que se enlaza en la ira de un dios sueco; éste desafía a una bella diosa diciéndole que todo cuanto pueda arar en un plazo determinado será suyo. Ella acepta el reto y, haciendo uso de sus poderes, convierte a sus hijos en bueyes; con ellos va labrando la tierra a una velocidad prodigiosa, al punto de sacar al dios de sus casillas, quien, ante la astucia de su contrincante, toma un puñado de tierra para lanzarlo al mar con odio feroz. Son esos terrones desparramados frente a la costa sueca los que dieron forma a la geografía insular de Copenhague.
Suecia y Dinamarca han sido enemigas desde el orden celeste de la mitología que las gobierna, vecinas condenadas a entenderse con arremetidas mediante mucho más tremendas que la desatada por la ira de un dios envidioso. Desde el aire, la silueta de la pequeña Dinamarca se presenta desmembrada en islas de costas escabrosas. En su ciudad cabecera, Copenhague, se concentra el 20% de la población, con un millón 200 mil habitantes. El mar Báltico la roza y se deja abrazar a través de sus canales salobres. Copenhague se afirma sobre la costa este de la isla de Zealand y se extiende hacia la parte septentrional de la de Amager, ambas comunicadas por puentes y túneles. El punto de partida de esta particularidad es un pueblo de pescadores del año 800, pero su fundación sucedería unos 200 años más tarde, bajo el nombre de “Havn” (puerto) y el mandato del obispo Absalón, que oficiaba de tal en Roskilde, ciudad de catedrales. De Absalón nada más queda la memoria visible de una estatua tremenda, tan monumental como intimidante, pues el castillo de Havn que el prelado había hecho construir fue demolido por orden real en 1731-1732. La estratégica ubicación de Havn -en tanto que umbral del Báltico hacia el norte y a prudente distancia de Alemania por el sur (sólo 437 km la separan de Berlín)- fue su fortuna y también su desdicha, al convertirse en enclave comercial floreciente. A la denominación “Havn” le siguió la de “Kobmandshavn” (bahía de los mercaderes); el término derivó en el actual “Kobenhavn”, para designar a esta ciudad que es capital desde 1300. A despecho de las ambiciones pasadas, las hostilidades de sus vecinos, las varias invasiones inglesas, guerras, levantamientos, asedios, pestes e incendios devastadores que duraron días, la buena suerte económica se obstinó en acompañarla. Con Eric de Pomerania, en 1416 pasó a pertenecer a la corona danesa, la más antigua de Europa. En 1479, la ciudad estrenó universidad. La coronación de Cristian IV (1596) trajo aparejado un nuevo proyecto urbano, pues este rey quiso mejorarla y convertirla en un polo económico, religioso, militar y cultural de toda la región nórdica. De tal empuje emergió Christianshavn, distrito inspirado en la arquitectura de Amsterdam. Para mediados del siglo xix (1849), el país ya empezaba a regirse por una monarquía constitucional. A Copenhague le urgía expandirse, así que empezó a derribar las murallas que la circundaban; las áreas residenciales se agrandaron, los barrios de Norrebro, Vesterbro y Frederiksberg crecieron. ¿Y el siglo xx cambalache? Problemático y febril: II Guerra Mundial. Ocupación nazi. Hundimiento de barcos en el puerto para que los alemanes no pudieran usarlos. Bombardeos y más bombardeos.

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Como es la vida en copenague


En 2008, Copenhague fue elegida como la mejor ciudad del mundo para vivir. Por su cualidad friendly, el culto a la bicicleta, su belleza urbana, los muchos espacios verdes y la felicidad de sus habitantes.

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La historia de dinamarca


El caballo es una deidad en la mitología danesa, al que se le atribuye el lanzamiento de un icónico disco-de bronce y con una de sus caras dorada, que data del 1400 a. C-a través del también adorado sol.

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Viajar a dinamarca


Con el calor, el sentido de la vida se apodera de los espacios al aire libre en los países nórdicos. El largo sueño invernal se desintegra, devorado por la fuerza de los días que se van llenando de luz, hasta alcanzar su máxima expresión durante el solsticio de verano. E igual que en las eras lejanas de las grandes migraciones, hordas de seres rubios y rosados bajan hasta las costas danesas en busca de la redención solar. Dinamarca es a Escandinavia lo que Uruguay a esta parte de América del Sur. Y aunque Argentina no sea Suecia ni Brasil Noruega, valga la analogía para entender que aquel es el país más relajado de todos sus vecinos, el escenario donde más a gusto se sienten los nórdicos de arriba. El frío cede, y los suecos llegan desde Malmó con el principal objetivo de hartarse bebiendo durante el fin de semana a precios más razonables que en su país, donde los impuestos pesan demasiado sobre el alcohol. Llegan, toman hasta caerse y se vuelven a casa (o los devuelven) hechos un estropicio, pero contentos como chicos por la trasgresión cumplida. No hay mercados de productos frescos en Copenhague, así que hay que esperar al verano para beneficiarse de la aparición circunstancial de un puesto de fruta en la plaza Nytorv (por ejemplo), con pelones y otras delicias provenientes de las lejanas huertas del Mediterráneo, o uno de garrapiñadas de almendras (las verdaderas, únicas e insustituibles) a pasos de la Citadel (fortaleza de la zona portuaria). La energía, renacida, impregna el aire como el zumbido de un enjambre de abejas. Cualquier retazo verde da para un picnic al solcito; una muchedumbre silenciosa hace cola todas las horas de cada jornada estival para pagar su derecho de ingreso al Tivoli, uno de los parques de diversiones más antiguos que existe (éste es de 1830), donde además se celebran encuentros musicales multitudinarios; los bares y restaurantes de Nyhavn desbordan de turistas, y las embarcaciones que recorren la red de canales jamás salen con un asiento vacío, jamás. Hay en los días de agosto, benditos de tanta luminosidad, una insistencia de recién casados celebrando con sus invitados a cielo abierto, chinchín en copas flauta y la abundancia apilada sobre el mantel blanco en parvas de bocados suficientes para saciar diez bodas juntas. El verano danés resplandece desde las cinco de la mañana hasta las diez de la noche, y las calles de Copenhague son un fluir de centenares de bicicletas. La riish hour casi no registra ruido de motores ni bocinazos. mientras el paisaje urbano se transforma en un aleteo masivo de faldas y vestidos amplios, de sacos y botamangas flameantes; se ven muchas señoras de tailleur, tacos altos y maletín en banderola, pedaleando sin titubeos; madres con niños que los transportan en unos cajones profundos, acoplados a la bici; si hasta hay servicio de bici-taxi para borrachos… Todos sacan provecho del medio de transporte más ecológico que existe. Y donde las ruedas ya no pueden avanzar, allí se las deja para recuperarlas en el camino de regreso. O no, a juzgar por el número apabullante de velocípedos amontonados en los estacionamientos de las estaciones, con sus encajes de telarañas lacias. Será que el verano los cría, y luego el invierno los amontona… Quién sabe.

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Copenhague dinamarca


Con el calor, el sentido de la vida se apodera de los espacios al aire libre en los países nórdicos. El largo sueño invernal se desintegra, devorado por la fuerza de los días que se van llenando de luz, hasta alcanzar su máxima expresión durante el solsticio de verano. E igual que en las eras lejanas de las grandes migraciones, hordas de seres rubios y rosados bajan hasta las costas danesas en busca de la redención solar. Dinamarca es a Escandinavia lo que Uruguay a esta parte de América del Sur. Y aunque Argentina no sea Suecia ni Brasil Noruega, valga la analogía para entender que aquel es el país más relajado de todos sus vecinos, el escenario donde más a gusto se sienten los nórdicos de arriba y por lo tanto uno de sus destinos favoritos para sus viajes veraniegos. El frío cede, y los suecos llegan desde Malmó con el principal objetivo de hartarse bebiendo durante el fin de semana a precios más razonables que en su país, donde los impuestos pesan demasiado sobre el alcohol. Llegan, toman hasta caerse y se vuelven a casa (o los devuelven) hechos un estropicio, pero contentos como chicos por la trasgresión cumplida. No hay mercados de productos frescos en Copenhague, así que hay que esperar al verano para beneficiarse de la aparición circunstancial de un puesto de fruta en la plaza Nytorv (por ejemplo), con pelones y otras delicias provenientes de las lejanas huertas del Mediterráneo, o uno de garrapiñadas de almendras (las verdaderas, únicas e insustituibles) a pasos de la Citadel (fortaleza de la zona portuaria). A mediados de la primavera, comienzan a aparecer los tenderetes de los mercados de pulgas y antigüedades, como el que cada viernes y sábado se monta en Gammel Strand, en la franja medieval de la ciudad. Hay gente, mujeres sobre todo, acampando cerca del Teatro Real para comprar entradas al otro día; se juntan con sus mantas (porque la nocturnidad siempre arrima la fresca del Báltico), sillas y almohadas y toman el empedrado de la vía pública dispuestas a trasnochar al sereno.

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Castro district


CASTRO DISTRICT.
Un cartel de neón cala la palabra Castro en la oscuridad, y su suave luz colorada descubre la fachada del histórico teatro construido en 1922 por los hermanos Nasser. El viento implacable peina y despeina las banderas arco iris que decoran las casitas victorianas. En la puerta de la legendaria taberna Twin Peaks, una de las más fotografiadas por su ubicación, en la esquina de Castro y I7th Street, dos hombres charlan como buenas vecinas vestidos sólo con un gorro de lana. Nada más que un gorro. “Sí, somos nudistas”, asegura serio uno de ellos, cuya cara de irlandés mezclada con rasgos nórdicos no resulta casual en este contexto. Antes de que Castro se convirtiera en la capital gay del mundo, se llamaba Eureka Valley y lo habitaba una comunidad de irlandeses y escandinavos católicos de clase trabajadora. La reacción no se hizo esperar cuando, en 1963, se inauguró allí un bar gay. Pero con él llegaron nuevos vecinos: los hippies de Haight Ashbury, embanderados con los ideales del amor libre, y un considerable número de soldados expulsados del ejército, después de la II Guerra Mundial, por su condición homosexual. Los irlandeses se marcharon, el barrio pasó a llamarse Castro (por su calle principal y el emblemático teatro) y llegó Harvey Milk, un activista neoyorkino cuya carrera política fue representada por el magnífico Sean Penn en la película Milk. Su local de venta de cámaras fotográficas -en el número 575 de la calle Castro- se convirtió en el bunker desde donde promovió los derechos de los gays y su carrera política. La fortaleza de sus ideales  posicionó como el primer hombre ciertamente homosexual que fue elegido, 1 1977, para un cargo público en los stados Unidos como miembro de la Junta e Supervisores de San Francisco, ara comprender cómo Castro llegó a ser astro hay que ver la película. Además e mostrar rincones emblemáticos del arrio, lo más importante es que refleja i moral de la sociedad de entonces. Por n lado, el puritanismo recalcitrante, y or el otro, el nuevo orden emergente que Harvey Milk resume en la siguiente frase: Un homosexual con poder, eso sí que es temible”. Su conquista se llevó a cabo en un barrio con dos facetas: bajo el sol resplandecían las dulces casitas victorianas pintadas con colores pastel; a la luz de la luna -y del neón-sus calles se convertían en lienzos de expresión sin tapujos. Caminar Castro es como espiar escenas de película. Un barman con bigotes tupidos y chaleco de cuero le sirve un trago color criptonita a una pareja masculina que se besa hasta quedarse sin aire. En el restaurante, un joven le arrima una cucharada de sopa a su amado. Enfrente de la panadería cuyo toldo sentencia “horneado con amor, servido con orgullo”, un hombre mayor sale sonriente con una docena de facturas con forma de pene. Por histórico, por único y por vibrante, Castro es el territorio de San Francisco para entender que el sexo hace rato superó con creces la variable hétero.
Antes de decir adiós, pase por Twin Peaks. Alcanzar la cima de estas dos colinas -que no superan los 300 metros- implica contar con un auto… y una vez arriba, con un poco de suerte para que la niebla no cubra la ciudad. Entonces, el viaje tendrá un final feliz: la vista de Frisco desde ese alto.

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Haight-ashbury


EL FLOWER POWER DE HAIGHT-ASHBURY.
Entre el Golden Gate Park donde el Museo de De Young obliga a hacer una parada para apreciar el arte norteamericano de los siglos XVII a XXI- y Castro, se encuentra un barrio con personalidad e historia de petícula: Haight Ashbury. Su nombre deriva de la intersección de las calles Haight y Ashbury que, en 1960, fueron escenario del Flower Power norteamericano. Si bien ya no lo habitan los hippies de antaño, aún conserva algunos comercios que remiten a aquellas épocas, perfectamente retratadas en Pasaporte a ¡a locura (1968). Protagonizada por el entonces joven Jack Nicholson, la película dirigida por Richard Rush recorre los días en que la marihuana perfumaba las calles por las que circulaban camionetas grafiteadas y hombres y mujeres con cabelleras larguísimas, remeras batik y ropa que ahora es vintage. Hoy, una juventud abúlica que espera a Godot sentada en las veredas reemplazó la colorida presencia de los hippies. De ellos quedan las ideas, los coloridos murales, las calcomanías con el símbolo de la paz en las ventanas y las casas victorianas pintadas con tonos psicodélicos. Hay algunos locales dignos de ser visitados. La librería anarquista Bound TogetherBooh, donde se pueden encontrar desde biografías y libros sobre esta corriente política hasta panfletos, CD y poemas relacionados con la filosofía ácrata. Quienes quieran perderse en la historia de la moda pueden sumergirse en Retro City, una inmensa tienda vintage en la cual las prendas -en perfecto estado y a precios irrisorios- se despliegan en prolijos percheros organizados por década. La última parada es para Red Victorian. Este café “de la paz” y bed and breakfast, que fue lugar de intercambio de ideales en la mencionada década, sigue funcionando como punto de encuentro de librepensadores y soñadores de todas partes que discuten cómo mejorar el mundo café mediante.

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