Que visitar en montreal


Hay muchos lugares para jugar, como el Parque Jean-Drapeau, que se esparce por las islas de Notre-Dame y Sainte-Heléne y en donde puedes hacer patinaje en línea a lo largo de un circuito para carros de carrera o voleibol playero en la playa Jean-Drapeau. Existe incluso un pedazo de rápidos en el río, que incita a los intrépidos a traer sus tablas para surfear. Bajo el puente Jacques Cartier está lo que fue la primera cárcel de la ciudad, que después se convirtió en una cava pública.
Me encontré con Adam Gollner, un escritor local, en un café y centro de espectáculos llamado Casa del Popólo en el Boulevard St-Laurent. Gollner a menudo escribe sobre Montreal, pero esta noche daba una plática sobre su libro The Fruit Hunters. Antes de pasar por un coco de mar gigante de Seychelles, habló sobre los papeles de la selección natural y la selección humana en la evolución de la fruta. Me vi a mí mismo pensando en cómo las ciudades, también, son resultado de siglos de ensayo y autoselección. ¿Por qué Montreal se vuelve una ciudad de artes mientras Toronto se vuelve un centro de comercio? Parcialmente es circunstancial (hace frío aquí; es mejor que encuentres un hobby para enfrentar el invierno). Después le pregunté a Gollner por qué pensaba que la ciudad era tan propicia para las artes. “El atractivo de Montreal es que es el único lugar en el mundo occidental donde aún puedes ser bohemio”, dijo. “La región de Quebec se ha definido tradicionalmente a sí misma en oposición a las cosas. Tenemos esa resistencia indie-rock a la vida corporativa estadounidense, una resistencia reflejada en la idea que esto es una provincia francesa que ha luchado por el separatismo”. Además de este revoltijo es una repugnancia inglesa por parecer adoptar el éxito junto con lo que Gollner llama “el instinto nórdico de agruparse para pelear por los elementos”. Los primeros fundadores fueron “padres obesos que se engullían el mejor vino en el hinterland. Ésa fue la dinámica de Montreal desde el inicio: aunque estés en un lugar extraño, aún así vivirías bien. Puedes estar en quiebra, ser radical y de izquierda, pero aún así bebes Poire William al final de una fiesta y pisoteas tu sombrero, diciendo que si no protegemos la lengua francesa, nos convertiremos en Louisiana”.
Barry Lazar, periodista y cineasta que moderó la presentación de Gollner, acepta que existe algo juguetón en el aire de Montreal. En su caso, ese aire por un momento olía demasiado a carne ahumada, cuando estaba produciendo un documental en el Schwartz’s Deli, la venerable “charcuterie Hébraique” por el Boulevard St-Laurent, donde las carnes se convierten en tres grados de gordura y una salchicha de Francfort se considera una guarnición. “Estoy trabajando en un filme sobre un músico local de hip-hop klezmer llamado SoCalled”. Es común tener esta clase de conversación en Montreal. Tomé un taxi y me dirigí a Au Pied de Co-chon, un restaurante conocido por deliciosos platillos como foi-gras poutine, estofado de pata de puerco y pizza de tripas para reunir-me con Mike Boone, un columnista citadino veterano desgarbado de la Montreal Gazzet-te. Me dice que Montreal tiende a definirse en oposición a Toronto, un lugar del que Boone se burla con el chauvinismo típico local como “Cleveland con Medicare”. Sin embargo, son las luchas internas propias de Montreal y contradicciones, él arguye, lo que lo vuelve un lugar tan vivo y complaciente para vivir. Complaciente con una excepción.
“Hockey”, dice Boone. “Echado a perder por 24 copas Stanley, demandamos perfección o, como mínimo, maestría. El hockey es aquí la religión secular, una pasión que trasciende líneas lingüísticas, étnicas, demográficas y socioeconómicas para unir a todos los locales de Montreal”.
Al día siguiente caminé por la Rué de la Commune a lo largo del Río San Lorenzo, donde bicicletas rentadas te motivan a recorrer los caminos que se contorsionan por la íle Sainte-Héléne y la íle Notre-Dame y a lo largo de la isla. Desde esta parte del Viejo Montreal caminé hacia el centro comercial, pasando por la Plaza Victoria, donde una estatua de la reina inglesa (con apariencia estilizada yjoven) se encuentra frente a una reja florida de arte moderno hecha para el metro, un regalo de Francia. Al menos uno por ciento de los presupuestos de construcciones públicas nuevas en Montreal se deben gastar en arte público, por lo que siempre hay mucho que ver, incluso cuando los locales han huido de las frías calles por las catacumbas comerciales debajo de la ciudad. Y ningún edificio puede ser más alto que los ingresos brutos de la cumbre homónima de la ciudad, Mount Royal, que, con su parque, es un punto tanto comunitario como focal visual de la ciudad. El parque fue diseñado por Frederick Law Olmsted, quien vio aquí una oportunidad de hacer de la montaña urbana una parte central de las diversiones de la ciudad.
El sol ha salido. Esta es una ciudad caprichosa. Se me antojó caminar un rato antes de sentarme a beber café y platicar. Así que programé un encuentro con Dennis Trudeau, una personalidad de televisión desde hace mucho tiempo, comentador cultural y tipo elegante en todos los sentidos en un café en el área del estudiante. de St.-Denis. Ahí tomé una sinuosa ruta por el camino del vecindario Mile End, de tal forma que me pude detener en Fair-mont Bagels. Tal vez para compensar un invierno amargo, los citadinos prefieren sus bagels ligeramente dulces. Fairmont es conocido por sus pequeños bagels clásicos, pero también por el llamado “bozo”, que está retorcido y cubierto con ajonjolí y semillas de amapola. Me tomó la mayor parte de mi camino terminármelo.

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