Platos tipicos de australia


“Lo mejor de la ciudad”, me explica Moore mientras nos paramos junto a una pila de ostiones en el mercado, “es la accesibilidad que tenemos a buena comida”. En Europa y en América, puedes comer comida de primera, pero tienes que pagar mucho por ella. Aquí, la comida cotidiana es de alta calidad; en vez de atún de lata tienes un trozo fresco de atún cola amarilla al carbón. Comer en Sidney se trata de calidad pura, de belleza natural y de claridad en el ambiente que en su conjunto resulta en excelente comida”.
Dicho lo anterior, después de días de interminables caminatas y comidas, aún tengo que toparme con una “mala” comida. Ya sea en Spice I Am, un restaurante tailandés que parece un hoyo en la pared en Surry Hills, donde me comí la mejor ensalada de papaya verde de mi vida, o en el espectacular Guillaume en Bennelong, donde el chef Guillaume Brafiimi sirve un carpaccio de venado de las granjas de Mandagery Creek y carne alimentada de pasto de Tasmania entre las costillas de ballena de la Opera House, siempre sentí que comí los ingredientes más frescos que la región puede ofrecer, preparados de manera suprema.
Pero ahora sé que el momento de sabor perfectamente local vendrá de un restaurante. (Y ciertamente no en Tetsuya, donde el maitre d’ regrets por tercera y última vez me dice que no hay lugar para un comensal solitario. No importa: Sidney no se trata de listas de espera y de exclusividad). Cuando el momento sucede, pasa al aire libre, en una especie de picnic improvisado. Estoy sentado junto a un puesto de ostiones en el muelle circular, con una docena de ostiones hábilmente abiertos en frente de mí, cada uno de ellos es pequeño, exquisitamente formado, su carne tiene tonos verdosos por el alga local que se infiltra en la concha. Junto al plato hay una copa de Riesling del valle Clare. Con la luz que se refleja del puente Harbour, el dorado vino parece brillar desde adentro.
Veo cómo los pequeños ferris cívicos hacen sus maniobras fuera de los muelles para llevar a los sydneysiders de vuelta a sus hogares en los suburbios al norte. Parece perfecto y lo es. Esto, después de todo, es donde Sidney comenzó.
Cuando los primeros pobladores británicos llegaron, hace dos siglos, encontraron pilas de conchas de cuatro pisos de altura, depositadas por siglos por los Eora, los australianos aborígenes que terminaron siendo los primeros habitantes de mucho tiempo de Sidney Exactamente aquí, justo en Bennelong Point, el pedazo de tierra donde yace la Opera House, sus arcos en forma de concha ahora brillan por la luz menguante.
La cremosidad metálica de los ostiones, cada uno de ellos con un toque que viene del mar Tasman, parece endulzar al vino seco, en sí mismo un producto puro de la tierra roja bañada por el sol del sur de Australia. Los sabores se mezclan en mi boca y algo de pronto golpea mi cabeza.
Sí. Éste es el sabor que he estado buscando. Nada de comida del desierto, nada de pays de carne, nada de los últimos brebajes de los chefs con tres gorros, tan deliciosos como pueden llegar a serlo. Para mí, el sabor que define a Sidney sólo puede ser ostiones y vino, mar y tierra, puro y simple.
Y es el recuerdo de este sabor que, si tengo suerte, algún día me traerá de vuelta.

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