Iruya salta


Iruya.
En el norte de salta a 2700 metros de altura un pueblo oculto tras una muralla de cerros conjuga la belleza del paisaje con la historia y los rituales de una cultura distinta.
En lruya hay un solo teléfono, pero nadie parece necesitarlo demasiado porque la cabina suele estar vacía. Una vez por día, la llegada desde Humahuaca de un colectivo polvoriento y cansino quiebra la plácida monotonía de las horas. Las noches son frías y silenciosas, por las mañanas un sol perezoso trepa las laderas de los cerros y, más tarde, cae en picada sobre las casas de adobe caldeando el aire quieto del mediodía. Las pircas (muros de piedra) que rodean y sostienen la explanada donde se encuentra la iglesia le dan al pueblo la apariencia de una sinuosa ciudad amurallada. Las calles, empinadas y cubiertas por piedras que se vuelven rosadas con la luz del amanecer, se extinguen en las laderas de los cerros.
Todo está cerca en lruya, y sin embargo los turistas, agobiados por la falta de oxígeno, suelen sentarse a recobrar fuerzas para repechar la cuesta que separa la plaza de la hostería. Es fácil reconocerlos, no sólo por las cámaras de fotos y el color de la piel, sino por la respiración agitada y un cansancio que no logra atenuar el gesto de asombro por tanta belleza escondida detrás de una muralla de cerros.
Por las mañanas un sol perezoso trepa las laderas de los cerros, y más tarde, cae en picada sobre las casas de adobe calderando el aire quieto del mediodía.

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