Fotos de iruya


Desde la austera tone de la iglesia, coronada por un techo turquesa, todos los domingos suenan las campanas que llaman a misa, y el eco que rebota en las laderas de los cerros les otorga una sonoridad de bronces antiguos. Entonces, las calles se llenan de mujeres que cargan sus guaguas (bebés) en las espaldas, hombres de manos ásperas, vie-¡ns que llevan en el rostro las mismas marcas que los cerros, el mismo color de arcilla resquebrajada por un sol bajo y caliente. Y muchos, muchísimos niños. Están por todas partes, los más pequeños andan en grupos y se acercan, curiosos, a los turistas. Hablan, preguntan, quieren aprender a sacar fotos. Los más grandes en cambio, caminan en silencio. Han aprendido de sus padres y abuelos a refugiarse en la timidez y el sigilo.
La primera semana de octubre, cuando se celebra la fiesta de la Virgen del Rosario, una procesión abigarrada recorre las calles. Abajo y en la página de enfrente: las calles, empinadas y cubiertas por piedras, se extinguen en las laderas de los cerros.

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