Camino a iruya


Aunque no es mucha la gente que llega a Iruya, quienes lo hacen se enamoran para siempre del lugar. Y vuelven, todos vuelven.
El pueblo tiene música propia, hecha de silencio, de las campanas de la iglesia, del eco de los pasos sobre el empedrado, de los cascos de las muías y los burros.
Hasta la conshucción. hace sólo al «unos meses, de una moderna hostería que contrasta con las casas chatas de adobe que la rodean, no había mas infraestructura turística que la hospitalidad de algunos iruyanos que abrían sus puertas a los viajeros a cambio de cinco dólares por noche. Ni había mas restaurantes que los comedores modestos pero pulcros, con manteles de hule y pocas mesas, donde se sirven empanadas y humitas caseras, vino barato y cerveza. Los sábados por la noche, los pocos jóvenes del pueblo que no emigraron para buscar mejor suerte en las ciudades se sientan a beber y a esperar el paso de un tiempo que transcurre sin prisa, ajeno a los relojes y los horarios. Los ritmos tropicales que irrumpen en la calma desde alguna radio suenan como una nota discordante en el paisaje árido, más habituado a la melancólica sonoridad de los erkes y al sobresalto de los bombos. Pero el pueblo tiene otra música, hecha de silencio, de las campanas de la iglesia, del eco de los pasos sobre el empedrado, de los cascos de las muías y los burros.

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