Del crucero al monasterio del escorial


El Monasterio del Escorial, Aranjuez y Chinchón, en una recorrida por las afueras de la capital española.
Madrid no le es del todo fiel a la memoria, quizá por eso siempre vale otra vuelta. Entre quienes la conocieron durante el albor democrático de los 70 o durante su loca movida en los 80, no encaja del todo este ir y venir de jóvenes enconjuntados que parecen recién salidos de una vidriera, el crisol de etnias que se apiñan en cada boca de subte, esas miradas enfrascadas en coquetos anteojos de diseño que revisan las ofertas que les depara el invierno mientras recorren sus calles todavía decoradas con guardas luminosas y motivos navideños que firman Agatha Ruiz de La Prada y otros artistas de la pasarela. Pero esta Madrid pos-moderna convive y se abre hacia otra que allá por el XVI fue el corazón de un Imperio donde “el sol no se ponía”. Hasta que en 1561 Felipe II fijó su residencia aquí, el rey y su corte no habían tenido una sede fija (Toledo era la más habitual). Sin embargo, muy pronto el centro de la fiesta traspasó las fronteras de La Villa y los cortesanos madrileños buscaron en los prados y bosques de sus afueras un lugar para el recogimiento o la voluptuosidad de sus almas. De ahí que sea en estampas periféricas, lugares perfectos para una escapada, que se mantiene hasta hoy el reflejo de aquella ciudad imperial que atropello el tiempo.

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